25 libros Lo que debo recordar de 2023

22/12/23

01) "Pequeñas desgracias sin importancia" (Miriam Toews, 2022)
02) "Cualquier verano es un final" (Ray Loriga, 2023)
03) "The young team" (Graeme Armstrong, 2022)
04) "La soledad de los números primos" (Paolo Giordano, 2008)
05) "Sing backwards and weep" (Mark Lanegan, 2022)
06) "En la orilla" (Rafael Chirbes, 2013)
07) "Ya sentarás cabeza" (Ignacio Peyró, 2020)
08) "Material de construcción" (Eider Rodríguez, 2023)
09) "Irse" (Esmeralda Berbel, 2018)
10) "Mirafiori" (Manuel Jabois, 2023)
11) "Una película para cada año de tu vida" (Alejandro G. Calvo, 2023)
12) "Auambabuluba balambambú" (Nik Cohn, 1969)
13) "No todo el mundo" (Marta Jiménez Serrano, 2023)
14) "Vuelos separados" (Andre Dubus, 2021)
15) "Una semana en el motor de un autobús" (Nando Cruz, 2011)
16) "Clavícula" (Marta Sanz, 2017)
17) "Aniquilación" (Michel Houellebecq, 2022)
18) "Aquí vivía yo" (Joan Vich Montaner, 2022)
19) "La verdad sobre el amor" (José María Conget, 2023)
20) "Autorretrato con radiador" (Christian Bobin, 2006)
21) "El suplicio de las moscas" (Elías Canetti, 1994)
22) "El adversario" (Emmanuel Carrère, 2000)
23) "Primera persona del singular" (Haruki Murakami, 2020)
24) "El bello verano" (Cesare Pavese, 1949)
25) "Un día en la vida" (Pau Roca, 2023)

Ilustración "Los cazadores de libros" (The book hunters) (1909)

"Un chaval del barrio" (Bobby Gillespie) A los que leen. Capítulo XXXII

24/9/22

Publicado previamente en la página 31 canciones

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Un concierto de rock en directo debe ser un asalto a los sentidos, un ataque al alma a cargo de un comando, una verdadera descarga de energía. Tienes que salir enarbolando todas tus armas. Llévalo al escenario. Eleva al público. Haz que te sigan. Haz que sea hermoso y entretenido y, al mismo tiempo, mortal. Da el 100% cada vez que salgas a tocar. Los fans están deseando verte, y tú a cambio tienes que darlo todo. Como dijo una vez Robert Young: "Tío, cuando salimos al escenario es una guerra entre nosotros y el público".
Esta frase de Bobby Gillespie puede considerarse toda una declaración de intenciones y una explicación muy certera de lo que viví la noche del 5 de agosto de 2000 en el festival de Benicàssim, en el que podría considerar uno de los mejores conciertos de mi vida. La energía descargada desde el escenario por el grupo Primal Scream, que presentaban su mejor disco, "Exterminator", sumada a la energía interior que llevaba yo, hicieran que esa noche desplegara una explosión de sensaciones que nunca he podido olvidar. Después (y alguna vez antes, también) comprobé que los directos de Primal Scream siempre han estado entre los mejores del mundo.

"Un chaval del barrio" (Editorial Contra), libro escrito por Gillespie, es otro tratado de memorias de una estrella de la música, pero en este caso de esos pocos, como "Postales negras" de Dean Wareham por ejemplo, que se devoran con tremenda avidez (algo tendrá que ver, seguro, la excelente traducción de Ibon Errazkin). Abarca desde sus orígenes infantiles hasta 1991, con treinta años, fecha de la publicación de su exitoso disco "Screamadelica".

Los bloques protagonistas este libro se dividen en cuatro partes. La primera su nacimiento, sus padres, su infancia y adolescencia. La segunda, la efervescente época punk en la que se sumergió con pasión, a la que sigue la subsiguiente era post-punk y su ingreso como batería en los Jesus & Mary Chain y posterior debut de Primal Scream (la parte más atractiva del libro, a mi modo de ver), para terminar con Madchester, el acid house, la creación de "Screamadelica" y el éxtasis, droga que, junto a unas cuantas otras que circulan como el agua por estas páginas, es otra de las protagonistas del libro.

Primal Scream fueron, y todavía son, un grupo totalmente ecléctico. Por sus discos hemos escuchado pop C-86, rock bluesero, electrónica acid, góspel, ambient, rock and roll clásico, dub, krautrock, noise, experimentación variada, tecnorock y un largo etcétera. Ser fans de todos sus discos no es fácil, y sin embargo se adivina lo que es ante todo Bobby Gillespie: un coleccionista apasionado y obsesivo de discos de todos los tiempos y todos los estilos, un erudito musical que despliega todo su conocimiento y talento en sus creaciones discográficas, pasión que se puede ver reflejada en esta lista, una selección personal de entre las muchas más de doscientas canciones y grupos que pueblan este interesantísimo libro, y que abarca, como se puede ver, todas las décadas y diferentes visiones de la música.

Para el que no acierte a verlo en el presente, el futuro sin duda confirmará con rotundidad que Bobby Gillespie ha sido uno de los genios musicales de nuestro tiempo. x Fernando López Mateo

"Endlove" (Patricia Blanco Embid) A los que leen. Capítulo XXXI

3/6/22

Último viernes de mayo en Le Petit Coin, rinconcito de microclima artístico y cultural desde cuyos techos y paredes llueve literalmente poesía, desde cuyos muebles germinan libros y fantasía. Copas de cava se llenan y rellenan, brindando por la presentación de EndLove, primer libro de la filóloga y docente zaragozana Patricia Blanco Embid. Editado por la editorial granadina Esdrújula, su portada de claro influjo grosziano promete una obra intensa, perturbadora, rebosante de emociones ambiguas, difíciles de perfilar pero indelebles física y anímicamente.

Muy influenciada por “Rayuela” de Cortázar, Patricia no ha dejado escapar su homenaje al escritor argentino en la arbitraria distribución de sus textos, de la cual nos avisa en la bitácora que inicia el libro. Lectura libre, a capricho, al igual que irrumpe el amor, y se va… De ello tratan estas bocanadas de sudor y estupor, de pasiones y estragos producidos por el barrunto del fraude y la extinción del amor. El fuego, el ardor, las cenizas, el cuerpo y el ánimo arrasados son una constante en la voz de estos escritos.

Patricia es una mujer viajera, lectora, melómana, inquieta y sensible ante cualquier atisbo de cultura. En este libro nos regala trocitos de ciudades, canciones, lenguas, películas… Europa, huellas y guiños a sus innumerables variantes artísticas acarician las páginas de EndLove, como los dedos de esa mujer que recorre la salada piel broncínea de su amante, rotundo y cincelado con músculos de estatua griega.

EndLove muestra todo lo que suponen las fases de agonía, muerte y duelo del amor. El amor que ya empieza a morir cuando nace, la fatalidad de saber que la montaña rusa de atracción y lujuria siempre terminará en vía muerta. El desapasionamiento, el vacío, el asco, la rabia, la indiferencia, la soledad deseada, son algunas de las vivencias que explora la autora a través de preguntas retóricas, principios filosóficos, axiomas, colores, pecados… intentando buscar una explicación a lo inexplicable.

El pasado se resiste a caducar y se convierte en un eterno clásico en un presente en decadencia, aunque también hay ciertos momentos para la auto-reconstrucción y el optimismo. EndLove, el fin del amor, imbatible como el amor mismo; perenne como el mármol del Pentélico. Endlove, el fin de los amores eróticos y un maravilloso inicio editorial, fruto del amor sin fin de Patricia por las letras. x Asun No

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Permanentemente Ana Curra A los que leen. Capítulo XXX

10/1/22

A los 16 años clavé en la pared de mi habitación adolescente una foto en blanco y negro de Parálisis Permanente recortada del periódico. Aparte de las canciones y la atmósfera lúgubre de un grupo irrepetible, me fascinaba Eduardo Benavente, su silueta, su actitud, su sobria palidez… y el magnetismo y belleza punk de Ana Curra. Una pareja que para mí significaba una atractiva alternativa juvenil, a pesar de que Eduardo acababa de fallecer.

Con el libro de la periodista zaragozana Sara Morales, "Conversaciones con Ana Curra", he vuelto a poner al día aquella intacta, y ahora acrecentada, fascinación. A ritmo de preguntas y respuestas, en diez sesiones llevadas a cabo hace ahora un año, con Filomena incluida, Ana Curra narra las vivencias que le señalaron los caminos para llegar a ser quien quiso ser.

Sus influencias tempranas son numerosas y variadas, propio de una persona rebosante de inquietud y curiosidad. La estética siniestra e inquietante de los colegios de monjas donde abundaban las hagiografías repletas de milagros y levitaciones de santas; su pueblo, El Escorial, con su telúrico monasterio, o la vidente Amparo luciendo estigmas y llagas, dejando olor a rosas a su paso. Su amplia cultura musical, debida a su formación clásica en el conservatorio, y a los variopintos discos de sus hermanos, a quienes acompañaba a ver conciertos desde muy joven.

La horrible experiencia con su primer novio y el consiguiente primer viaje a Londres junto a su traslado a Madrid para estudiar farmacia supusieron un punto de inflexión en su vida. Ahora comenzaría a forjarse la figura de Ana Curra, a la que esperaba la diversión, la amistad, el amor, el dolor y el vacío, sentimientos que siempre le sirvieron para aprender y reconstruirse.

Ana Curra relata una época frenética y frívola, el paso por diferentes grupos, el trasiego de gente sin ninguna idea de música entre distintas formaciones, el ambiente provocador de la “movida”, el descaro, el ansia de ser feliz y el apoyo fundamental de los bares y salas de conciertos del momento. Ana Curra se emociona, ríe y llora respondiendo a las preguntas de Sara.

Especialmente valiosas son las sesiones dedicadas al nacimiento, vida y desaparición de Alaska y los Pegamoides, Parálisis Permanente o Los Seres Vacíos. Y, sobre todo, las palabras y el amor que derrama sobre los hombres de su vida, Eduardo Benavente, Alberto García-Alix (imprescindibles sus rotundas fotos), El Ángel y César Scappa. Todos ellos abordaron a Ana Curra atrapados por su fuerte magnetismo, a pesar de que ella prefería quedarse siempre en segunda línea, rehuyendo la notoriedad.

Las maravillosas fotografías incluidas en el libro, su estética punk y su tendencia a la oscuridad, las calles en las que vivió, sus músicos predilectos (Siouxsie, Killing Joke, la Velvet, Bowie, Iggy Pop), su discografía, las referencias literarias y cinematográficas, los viajes, los bares, los amigos… Lo que complementa y enriquece una vida. O la magulla, ya que también hay espacio para la pésima relación con la familia de Eduardo Benavente, las malas prácticas de las casas discográficas, las pérdidas o sus años de adicción a la heroína.

Ana Curra renace una y otra vez. Autora de himnos esenciales como “Quiero ser santa”, “Nacidos para dominar” o “Unidos”, colaboradora en La Edad de Oro, profesora de piano, dueña de una trayectoria honesta y coherente con su personalidad y respetada por ello. Aquí está. Requerida y versionada por jóvenes generaciones de músicos, apoyando diversas actividades culturales e inmersa en nuevos proyectos.

Aún conservo esa foto borrosa como una reliquia de aquellos años en los que casi todo estaba por descubrir. Ahora que ya casi todo está descubierto, conservaré y mostraré este libro. Permanentemente. Como un estigma más de mi adolescencia. x Asun No

"Tan poca vida" (Hanya Yanagihara) Subrayadas (121)

27/11/20

¿Qué era la felicidad sino un lujo, un estado imposible de alcanzar, en parte por lo difícil que resultaba expresarla? No recordaba haber sido capaz de definir la felicidad en su niñez; solo había habido miseria y miedo o ausencia de miseria y miedo, y eso último era todo lo que necesitaba o quería.

Yo nunca he sido, y sé que tú tampoco, de esas personas que creen que el amor que se siente por un hijo es superior, más significativo, trascendente y grandioso que cualquier otro. No lo sentí antes de que naciera Jacob y no lo sentí después. Pero es cierto que es un amor singular, porque no se fundamenta en la atracción física, el placer o el intelecto, sino en el miedo. Nunca has experimentado miedo hasta que tienes un hijo, y tal vez eso es lo que nos induce a creer que es grandioso, porque el miedo lo es.

Cuando tenían veinte años había períodos en que miraba a sus amigos y le invadía una alegría tan profunda y pura que deseaba que el mundo se detuviera, que ninguno de ellos truncara ese momento en que todo estaba en equilibrio y el afecto que sentía por ellos era perfecto. Pero, claro está, no era posible; todo cambiaba enseguida y el momendo se desvanecía en silencio.

En realidad los dos sabían la razón por la que seguían yendo a esas fiestas: porque se habían convertido en una de las pocas ocasiones en que estaban los cuatro juntos y eran la única oportunidad para forjar nuevos recuerdos que los cuatro pudieran compartir, para mantener viva la amistad al dejar caer puñados de leña menuda sobre un fuego que apenas ardía. Era la forma que tenían de fingir que todo seguía como siempre.

La persistente nostalgia lo deprimía y hacía que se sintiera viejo: pensaba que los años más gloriosos, en los que todo parecía pintado con colores fosforescentes, habían quedado atrás. Entonces todos eran mucho más divertidos. ¿Qué había ocurrido?
Suponía que eran los años. Y con ellos el empleo, el dinero, los hijos. Todo lo que anunciaba la muerte, lo que aseguraba la preeminencia, lo que consolaba y proporcionaba sentido y contenido. La marcha hacia delante, dictada por la biología y las convenciones, que ni la mente más irreverente era capaz de resistir.

Y si nos ponemos filosóficos, como hoy, podemos afirmar que la vida en sí misma es el axioma del conjunto vacío. Empieza en cero y termina en cero. Sabemos que ambos estados existen, pero no seremos conscientes ni de una experiencia ni de la otra: son estados que constituyen una parte necesaria de la vida aun cuando no pueden ser experimentados como vida. Asumimos el concepto de la nada, pero no podemos demostrarlo. Sin embargo debe existir. De modo que prefiero pensar que Walter, lejos de morir, ha demostrado en sí mismo el axioma del conjunto vacío, ha verificado el concepto del cero. No se me ocurre qué podría haberle hecho más feliz.

Se preocupaba porque estar vivo significaba preocuparse, porque la vida era aterradora y una incógnita. La vida le apremiaría y él tendría que tratar de responder, como los demás. Todos buscaban consuelo en algo que solo les pertenecía a ellos, algo para ahuyentar la aterradora enormidad y la inverosimilitud del mundo, el implacable paso de los minutos, de las horas, de los días.

"El hombre que tiembla" (Andrea Pomella) Subrayadas (116)

11/9/20

Una de las mayores cualidades de las canciones, el motivo por el que la música es tan importante en nuestras vidas es que, a veces, sucede que un disco, una voz, una melodía, y nuestra percepción, nuestro carácter, nuestro sentido de la vida o el sentimiento que nos invade en un momento exacto de nuestra existencia, se disponen sobre el mismo eje. Como cuando el Sol, la Tierra y la Luna están perfectamente alineados y vivimos la experiencia de un eclipse total: nos encontramos en un cono de sombra que nos aparta de todo lo demás, de la realidad tal y como la conocemos, y nos sentimos dejados de lado por un misterio mayor.

En su obra más famosa -El suicidio-, Émile Durkheim recalcó que el suicidio no es nunca un acto individual, sino que es siempre un hecho social, pues una de sus causas fundamentales es la falta de integración del individuo en la sociedad. Es posible, pues, que recurrir a la violencia contra sí mismo, más que al grado de aflicción que atormenta al suicida, esté relacionado con el nivel de desconexión social que sufre. En otras palabras: cuanto mayor es la distancia que creemos ver entre nosotros mismos y la colectividad que nos sirve de referencia, es más probable que nos detestemos hasta tal punto de llegar a considerarnos objeto del violento de los sacrificios.

Es una paradoja, pero la categoría de solitario de la que formo parte encuentra la razón de su misantropía cuando está con otros y, por ello, en el propio espíritu de contradicción.

De repente, siento la angustia remontar hasta la cumbre del pensamiento. Me veo viejo, en lucha con los achaques de la edad, con mi mujer enferma, mi hijo fuera de casa quién sabe dónde, en un apartamento plúmbeo, una vida plana, sin esperas pero con tantas rendiciones, días que pasan, cuestas que se vuelven cada vez más empinadas. Me veo atrapado allí.

El mundo me parte el corazón. Es esta la verdad, el último grado al que soy capaz de reducir la realidad. La pregunta que me hago ahora no es "¿por qué estoy deprimido?" sino "¿cómo es posible que no estéis todos deprimidos?".

La depresión es, simplificando mucho, la fatiga de ser uno mismo.

La raza humana progresa gracias a la incapacidad que tenemos los viejos a la hora de entender a los jóvenes.

Yo soy siempre mi principal obstáculo. Soy víctima de una actitud demasiado analítica. El cálculo, en mi caso, anula la voluntad. Medir la complejidad de todo, de lo más insignificante a lo más importante, es la causa de que aparezcan en mí la aversión y el terror.

Había una vez... Sr. Chinarro A los que leen. Capítulo XXIX

27/7/20

'Sigo componiendo y haciendo canciones, y las hay mejores y peores, antes y después. Hacer diez canciones buenas en un período de dos años es algo tremendamente dificil. Una vez Fernández Mallo se preguntaba en un Rockdelux por qué el primer disco de las bandas suele ser el mejor. Pues porque es un recopilatorio de muchos años. Luego para el segundo se tiene un año, año y medio para prepararlo, y en ese tiempo es muy difícil. Hay canciones que son verdaderos rompecabezas que se tardan décadas en completar: letras, melodías y trozos de ideas sueltas que no dan para tres minutos y medio. Hasta que un día las cosas se enlazan unas con otras, como si fueran átomos formando moléculas. Y mientras tanto están en tu cabeza, dando por culo. Siempre me quedaré con la duda «Si hubiera estudiado armonía... o si hubiera ido al conservatorio...», seguro que sabría enlazarlas de un modo más racional. Pero no sé si así seguiría la magia que a veces sale, no sé si la magia es también aquí solo desconocimiento'.
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Al contrario que otros libros biográficos, autobiográficos o de entrevistas, que se suelen recomendar tanto a seguidores del artista como a potenciales descubridores y nuevos adeptos, "Había una vez... Sr. Chinarro. Conversaciones con Antonio Luque" es, claramente, un libro solo para fans. Difícilmente un no chinarrista saldrá orientado dentro de este laberinto críptico de frases, discos, músicos, excomponentes y referencias endógenas indies.
Para el chinarrista, por supuesto, es todo un filón de anécdotas, informaciones privilegiadas, curiosidades, aclaraciones y, sobre todo, una incitación absoluta a volver a poner sobre la mesa enormes canciones que en su día -y hasta hoy- se hicieron fieles acompañantes y emblemas de una época. También es un recordatorio de los desastrosos conciertos suyos que pude ver en su día en varios lugares, y los muy buenos que he podido ver en tiempos más recientes.

En definitiva, leer este libro ha sido volver a traer al presente a un músico, un grupo, unas letras, unas canciones que han sido compañeras activas desde el año 1993: por tanto, de media vida. Y ahí sigue. Ahí está Sr. Chinarro con más de veinte discos, una cifra que muy pocos de su generación, o ninguno, pueden igualar.
Igual que hay un tifón para cada isla exótica, hay una canción de Sr. Chinarro para cada estado de ánimo y momento del día. Chinarrista forever. x Fernando SoYoung

Me han dicho que caíste

20/7/20


Llegué tarde a Marsé.

Me hubiera gustado leerle en la adolescencia; cómo le habría disfrutado entonces…, pero mis escritores preferidos en aquella época, Baroja y Galdós, tampoco le eran unos extraños. Realismo social, caracteres miserables y desesperados tirados por los barrizales del atraso. Nadie en el Silos nos habló nunca de Marsé, aunque un día, durante una clase de COU, giré la cabeza y, en el pupitre de detrás, Chusé Izuel leía con diecisiete años un libro naranja de la colección Club Bruguera: “Si te dicen que caí”.

Me sirvió de indiscutible referencia pero conocí antes las novelas de Marsé por el cine que por sus páginas, a las que me adherí desordenadamente tiempo después: “El embrujo de Shanghai”, “Últimas tardes con Teresa”, “Si te dicen que caí”, “La oscura historia de la prima Montse”, “El amante bilingüe”, “Un día volveré”, “Rabos de lagartija”…

No pude evitar ligar el Guinardó de los 40-50 al barrio de Las Fuentes de los 70, a las impresiones que me causaron ciertas personas y situaciones que por allí deambulaban en mi infancia. Barrios orillados y marginales salpicados de personajes apabullados por las secuelas de nuestra historia, por décadas de franquismo y humillación.

El Pijoaparte o nuestro quinqui de pantalón de campana, robando radiocassettes de los coches, que nunca conoció a su Teresa. Los matones de penumbra o el exlegionario reconvertido a equilibrista, "El hombre foca", que con un tablón alzado en su barbilla cantaba “Mañana por la mañana te espero Juana en el café; te juro que tengo, Juana, ganas de verte la punta el pie”.

Calles embarradas de farolas rotas. El olor a basura quemada de los solares del Carmelo era el mismo que hedía en las chabolas de gitanos de los descampados de Torrerramona. Sus charnegos, nuestros sorianos. Sus policías perdonavidas, nuestro vecino facha, borracho y putero que nos amenazaba con pegarnos cuatro tiros con la pistola que conservaba de sus tiempos en la División Azul. La vieja enlutada y encorvada que contaba agazapada en los portales la calderilla de las limosnas. Historia social contemporánea de tapa blanda.

Hace ya tiempo que me fijé en el parecido físico y, en algunos aspectos, literario de Juan Marsé con Raymond Carver, aunque son hijos de distintas circunstancias. Facciones anchas, rudas, mirada directa y severa, cazadoras de piel, tipos genuinos como sus desesperanzados personajes, resignados a tropezar constantemente con sus propias vidas.

Encerrada con mi propio Marsé, todavía me quedan algunos de sus libros por leer, pero ya son pocos, muy pocos.

(A mi madre, que falleció el mes pasado también a los 87 años).
x Asun No.

"A propósito de nada" (Woody Allen) A los que leen. Capítulo XXVIII

19/6/20

Se diría que uno de los objetivos de Woody Allen al escribir este libro ha sido desmitificarse a sí mismo. Decepcionarnos a los que le admiramos dejándonos claro que él no es ese intelectual genialoide de gustos inmaculados, no es el gurú del cine y la escritura del siglo XX que muchos creemos que es. Y a mí, aunque lo intenta concienzudamente, no me convence de ello. Alguien que idolatra a Tennessee Williams e Ingmar Bergman no puede ser un botarate.

Otro de los objetivos, está claro, era aclarar, dando su versión de los hechos, todo el asunto del supuesto abuso de su hija menor, hecho que nunca fue probado. A ello dedica un enorme puñado de páginas que, si bien al parecer era lo que muchos de los potenciales compradores del libro querían leer, a mí me cansa sobremanera debido al sinfín de nombres y situaciones detalladas. Pero es comprensible, una vivencia de este calibre podría hundirle la vida a cualquiera, y esto, al fin y al cabo, es una biografía, no un desglose de chistes y películas.

Por lo demás, "A propósito de nada" es lo que se podía esperar. Que era mucho. Un libro escrito con humor e ironía por todas partes, y en donde el autor cuenta anécdotas, pinceladas más bien, de todas sus películas. 84 años tiene ya Woody Allen, un director que ha hecho casi una película por año sin recibir ni una sola imposición de la industria, creando un estilo absolutamente propio y personal. Fue, es y será uno de los más grandes del cine. x Fernando SoYoung

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Puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que mis padres jamás vieron ninguna obra de teatro ni visitaron ninguna galería de arte ni leyeron ningún libro. 

Me las arreglé para terminar siendo inquieto, temeroso, siempre con los nervios destrozados, con la compostura pendiendo de un hilo, misántropo, claustrofóbico, aislado, amargado, cargado de un pesimismo implacable.

Dada mi opinión totalmente deprimente sobre la condición humana y lo dolorosamente absurda que esta es, ¿por qué seguir adelante? Finalmente no logré encontrar ninguna razón lógica para explicarlo y llegué a la conclusión de que, sencillamente, los seres humanos estamos programados para resistirnos a la muerte. La sangre es más fuerte que el cerebro.

"Qué tal Pussycat?" había sido un gran éxito; me dijeron que se había convertido en la comedia más taquillera hasta el momento. La correlación entre las películas malas y el éxito de taquilla es un enigma que la física aún no ha logrado dilucidar.

Era evidente que tenía ojo artístico. Se nota por la manera en que se viste, que marca tendencia si uno piensa que prenderse la garra de un mono muerto con un alfiler en la solapa del jersey es chic. Digamos que Keaton siempre se ha ataviado con una cierta imaginación excéntrica, como si su asistente de compras fuera Buñuel.
En poco tiempo ella se vino a vivir conmigo, primero a mi viejo apartamento, luego a un hotel, mientras yo esperaba que terminaran las reformas del ático. Quería una barra, aunque no bebo, y dos licoreras para poder ofrecerles whisky escocés o brandi a amigos que tampoco beben.

Trato de no mirar nunca atrás. No me apetece vivir en el pasado. No guardo recuerdos, ni fotos de mis películas, ni pósteres, ni órdenes de rodaje u hojas de llamado, nada. Para mí, cuando una película está terminada, está terminada. No intentes seguir sacándole provecho, pasa a otra cosa. Mi trabajo con "Annie Hall" estaba concluido, había quedado en el pasado, y en el momento en que se entregaron los Oscar, yo ya estaba pensando en cualquier otra cosa.

He ahí otro dato sobre mi supuesta inteligencia: mi absoluta falta de curiosidad. No tengo ningún deseo de ver el Taj Mahal, la Muralla China y el Gran Cañón. No quiero visitar las pirámides ni pasearme por la Ciudad Prohibida.

Yo nunca iba al campamento, lo odiaba, y lo intenté solo una vez durante un día. Te lo vendían como si fuera Shangri-La, por lo que me apunté comoo monitor junior, tomé el tren hacia el norte, evalué la situación instantáneamente y llamé a mi padre para que viniera a recogerme.

Con los años, mis seres queridos me han dicho que soy una persona crónicamente insatisfecha, y es cierto que siempre prefiero estar donde no estoy.

Jamás pensé que tener hijos biológicos sería un favor para ellos, traer niños a este mundo. Sófocles decía que no haber nacido puede ser la mayor de las bendiciones.

Yo no duraría una semana en un campo de concentración sin mi esponja de baño. Soon-Yi, por el contrario, en dos días tendría a la Gestapo llevándole el desayuno a la cama.

Yo veía la vida como trágica o cómica dependiendo del nivel de azúcar en la sangre, pero siempre la consideré un sinsentido. Me sentía como un trágico encerrado en el cuerpo de un monologuista humorístico.

A mí me parece que la única esperanza de la humanidad reside en la magia. Siempre he detestado la realidad, pero es el único sitio donde se consiguen alitas de pollo.

Ser misántropo tiene su lado bueno: la gente nunca te desilusiona.

No creo en un más allá y realmente no veo qué importancia pueda tener que la gente me recuerde como un cineasta o como un pedófilo o que no me recuerde en absoluto. Lo único que pido es que esparzan mis cenizas cerca de una farmacia.

Trabajo todo el día o, si no, al menos una parte de cada día de la semana. No porque sea un adicto al trabajo, sino porque eso me evita tener que enfrentarme al mundo, uno de los escenarios que menos me gustan.

Cuando por fin termina el rodaje, las personas con las que has trabajado tan intensamente, día y noche, durante meses, se van cada una por su lado, y todas se sienten tristes y vacías y se prometen amor eterno y manifiestan grandes deseos de volver a trabajar juntas. Por lo general yo me despido del reparto con un apretón de manos en lugar del más vistoso beso en la mejilla o el presuntuoso beso en ambas mejillas que se estila en el extranjero. A la mañana siguiente, toda esa emoción e intimidad se han evaporado y algunos ya han comenzado a hablar mal de los otros.

Realizar películas me gusta, pero si no hiciera ninguna más, no me molestaría. Me contento con escribir obras de teatro. Si nadie quiere producirlas, me contento con escribir libros. Si nadie quiere publicarlos, me contento con escribir para mí, confiado en que, si están bien escritos, algún día se descubrirán y se leerán; y si están mal escritos, lo mejor es que no los lea nadie. Para mí es completamente irrelevante lo que ocurra con mi obra cuando yo no esté. Sospecho que después de mi muerte casi nada me pondrá nervioso, ni siquiera ese ruido irritante que hacen los vecinos con su soplador de hojas.

"Rewind" (Juan Tallón) Subrayadas (114)

29/3/20

La vida sigue caminos que no existen hasta que los tomas.

Tiendo a creer que, en último término, el ser humano añora la belleza. Las personas a quienes quiere, los sitios en los que fue feliz, los amigos que le hicieron la vida más fácil, los objetos que lo consuelan, las redes de seguridad, la fuerza invisible de las expectativas son belleza, y su ausencia prolongada se vuelve insoportable para los sentimientos.

Un pensamiento tristísimo, pero verdadero, me aplastó: solo tenía veinte años, pero ya había dejado atrás mis mejores días.

Fue uno de esos momentos en los que uno desea sinceramente no morir sino estar muerto ya, para sortear el sufrimiento y no hacer frente a los cientos de instantes desgarradores que le esperan en las próximas horas, días, semanas.

Hay cosas que a menudo no van como a uno le gustaría, pero el temor a caer en lo desconocido te instala en una suerte de miseria cómoda.
Me parecía que en mi vida se destaparía  al día siguiente un follón tremendo, y esa pereza podía más que el respiro que al fin me concedería un divorcio.

Ser solitario y estar sola son quizá las ideas más opuestas que existen.

Perseguía su destino no tanto fuera de casa como dentro. Lo que uno era capaz de hacer al regresar al hogar, y no al partir, daba la medida según él de la clase de persona que era.

Parecía  que otra vez íbamos a engendrar ilusiones por las cosas simples, que, en realidad, son las ilusiones más difíciles de poner en práctica.

El horror a perder algo es infinitamente peor que saber que nunca tendrás algo que deseas muchísimo.

Qué clase de suicida pensaba, en el instante decisivo, cuando se necesita todo el valor y la inconsciencia, en la impresión que causará en las personas que lo van a encontrar muerto, sin ropa. En ese instante, como si se ajustase algo que estaba suelto, salí de la bañera y desenchufé el secador.

Hacer las cosas por primera vez es uno de esos asombros fascinantes que en ocasiones depara la vida. Nada es igual al esplendor de los comienzos.

"Los errantes" (Olga Tokarczuk) Subrayadas (113)

15/3/20

No se explicaba cómo era posible que los años hubiesen pasado por su vida campo a través, livianos y efímeros, sin dejar huella.

Borro de mis mapas todo lo que me hiere. Los lugares donde tropecé, caí, fui golpeada, humillada, ofendida, ya no aparecen, han dejado de existir.
De este modo borré unas cuantas grandes urbes y toda una provincia. Quizá llegue el día en que borre un país entero.

La noche no termina nunca, extiende siempre su poder sobre alguna parte del mundo.

Desde que cumple los treinta, el ser humano empieza a encogerse poco a poco.

Claro que se acuerda de aquella noche de junio: con la edad la memoria empieza a abrir poco a poco sus abismos holográficos, un día tira del siguiente, como con una cuerda, y de este emergen horas y minutos. Las imágenes estáticas se ponen en movimiento, primero despacio, repitiendo una y otra vez los mismos momentos, y todo recuerda a la labor de sacar esqueletos antiguos de la arena: primero se ve un solo hueso, pero el pincel no tarda en descubrir otros; finalmente sale a la luz toda la compleja estructura: las articulaciones, las conexiones, la construcción en la que se apoya el cuerpo del tiempo.

Le sorprendía que las personas tuviesen esa tendencia a visitar los lugares de su juventud por voluntad propia. ¿Qué buscarían, de qué se cerciorarían: de que habían vuelto a pisarlos? ¿De si habían hecho bien en abandonarlos? Tal vez las empujaba la esperanza de que el recuerdo exacto de los lugares de antaño funcionara como una cremallera, creando una sutura metálica que, diente tras diente, uniera el pasado y el futuro en una superficie estable.

En los últimos años se dio cuenta de que, pura y simplemente, bastaba con ser una mujer de mediana edad, sin ningún rasgo distintivo, para volverse invisible en el acto. No solo para los hombres, también para las mujeres, porque estas ya no la consideraban una rival en competición alguna. Una sensación nueva y sorprendente: notaba cómo las miradas de la gente se deslizaban por su cara, sus mejillas y su nariz sin siquiera rozarlas. Esas miradas atravesaban su cuerpo y la gente debía de ver a través de él anuncios, paisajes urbanos, horarios de transporte público. Estaba claro, se había vuelto transparente, y pensó que en el fondo la invisibilidad no era mala, que ofrecía grandes posibilidades; solo tenía que aprender a aprovecharlas. En una situación dramática nadie la recordaría, los testigos declararían: «una mujer como tantas...», «había alguien más por ahí...». Los hombres son más implacables en estos asuntos que las mujeres, que a veces se fijan en un pendiente; ellos, en cambio, no ocultan nada: su mirada no dura más que un segundo. De cuando en cuando algún niño, por una razón inexplicable, clavaba la vista en sus ojos, examinaba su rostro con meticulosa indiferencia para, a continuación, volver la cara hacia... el futuro.

Al pasar por estas ciudades, ya sé que finalmente tendré que detenerme en alguna por más tiempo, tal vez incluso instalarme. Las sopeso en la cabeza, las comparo y evalúo, y siempre me da la impresión de que cada una de ellas está o demasiado lejos o demasiado cerca. De manera que todo parece confirmar la existencia de un punto fijo en torno al cual realizo mis circunvalaciones. Demasiado lejos ¿de qué? Demasiado cerca ¿de qué?

Lo que no se recuerda, es que nunca existió.

"La última juerga" (J.A. Mañas) Subrayadas (111)

16/2/20

En el pasillo, un enfermo camina trabajosamente y arrastra su botellita de suero. El pijama se le abre por el culo. En cuanto dejas que te ingresen y empiezas a pasearte con las nalgas al aire, pierdes cualquier atisbo de dignidad.

Si soy sincero, nunca he entendido cómo nadie se puede atrever a juzgar. Y menos después de años con la cabeza metida en libros. Si hay alguien que precisamente no está capacitado para entender la vida, eso es un juez.

Es alucinante lo rápido que pasa la vida. Lo grande que parece el mundo de joven, ¿verdad? Piensas que te lo vas a comer, que te sobra tiempo, que puedes hacer ocho mil cosas diferentes, experimentarlo todo. Y lo minúsculo que resulta a toro pasado. Al final es él quien te acaba comiendo a ti. Sin darnos cuenta nos hemos plantado en el medio siglo. Somos prácticamente unos viejos.

Se puede juzgar a un hombre por su pareja. Es su autoestima. La imagen de su yo profundo.

El primer síntoma es que algunos empiezan a decirte que te ven cada día más joven. Es la manera sutil de darte a entender lo contrario. A partir de una edad, alrededor solo ves calvas. Se acabaron las melenas, los flequillos. Y los abdómenes mejor lo obviamos... Pero lo peor, como comprobamos pronto todos, ocurre de puertas adentro.

En la sociedad actual la gente de mi edad somos como replicantes. El tiempo lima las aristas. Todos nos conformamos con lo mismo.

Cuando miras la realidad con un prisma ideológico no ves las cosas como son sino como te gustaría que fuesen.

Siempre me ha gustado la noche. Es el momento en que, una vez deshechos los vínculos con el mundo y liberado de compromisos, puedes ser tú mismo. No hay ni que pensar. Basta con respirar hondo y todo se vuelve tolerable. La música, las luces y el alcohol ayudan a que la imaginación difumine los contornos y a poco que te dejes llevar, se desdibujan las cosas. El mundo se hace brumoso y sugerente.

Hace tiempo que aprendí que quien se opone a la realidad acaba deformado por ella. Por eso es preferible ignorarla.

"En el café de la juventud perdida" (Patrick Modiano) Subrayadas (110)

4/2/20

Hay electricidad en el aire de París en los atardeceres de octubre, a la hora en que va cayendo la noche. Incluso cuando llueve. No me entra melancolía a esa hora, ni tengo la sensación de que el tiempo huye. Sino de que todo es posible.

Vivimos a merced de ciertos silencios. Sabemos mucho unos de otros. Así que hacemos por no encontrarnos. Lo mejor, por supuesto, es perderse de vista definitivamente.

No envejecemos. Con el paso de los años, muchas personas y muchas cosas acaban por parecernos tan cómicas e irrisorias que las miramos con ojos de niño.

Alguien me afirmó con mucho aplomo que lo único que no se puede recordar es el timbre de las voces.

Estaba aún en ese momento en que la juventud puede con todo. Nada -ni las noches de insomnio, ni la nieve, como decía ella- le dejaba huella alguna.

Aquella inscripción en la pared cochambrosa de la calle Mazarine, que leía cada vez que iba al colegio: NO TRABAJÉIS NUNCA.

A veces, nos acordamos de algunos episodios de nuestras vidas y necesitamos pruebas para tener la completa seguridad de que no lo hemos soñado.

Estaba empezando el verano; pronto nos iríamos. ¿Adónde? Aún no lo sabíamos. Quizá a Mallorca; o a México. Quizá a Londres o a Roma. Los lugares no tenían ya importancia alguna. Se confundían unos con otros. La única meta de nuestro viaje era ir AL CORAZÓN DEL VERANO, a ese sitio en que el tiempo se detiene y las agujas del reloj marcan para siempre la misma hora: mediodía.

Cuando de verdad queremos a una persona, hay que aceptar la parte de misterio que hay en ella... Porque por eso es por lo que la queremos.

Las personas desaparecen un buen día y te das cuenta de que no sabías nada de ellas, ni siquiera su auténtica identidad.

"Los asquerosos" (Santiago Lorenzo) Subrayadas (109)

19/1/20


Puntilloso para todo, era el único pavo que he conocido que cuando citaba una película en un mail se tomaba la molestia de escribir el título en cursiva. De ahí en adelante, y en materia de rigores, todo para arriba.

Lo bueno no era que con tantas horas por delante pudiera hacer lo que le saliera de los cojones. Lo bueno era que no paraban de salirle cosas de los cojones todo el día. Sin esta fase 2, el pobre canelo que solo reúna la 1 acabará colgándose por el cuello tras el primer trimestre, ahogado por la frustración de haber esperado siempre a que llegue el tiempo para sí y encontrándose con la olla de cagarros especiados que se va a comer cuando mire el reloj y sea todavía por la mañana (les ocurre a muchos jubilados).

Nada de su plena tranquilidad tenía que ver con las personas, sino con la ausencia de ellas.

La cosa era vivir arrinconado, sin más palabras ni pautas que las propias. Todas las deudas son con la gente. No hay gente, no hay deudas. Solo las que tiene uno consigo mismo. Y ese deudor no se escapará.

No hay mejor avalista para la saciedad que la desnecesidad, palabra que tuvo que inventarse para denominar la falta de hambres en la que cada vez estaba más asentado. A eso opositaba: al cortocircuito de los menesteres. Entre ellos, el sexual.

Los tanques en los que venían en convoy no pequeño diríanse antes adquiridos con el dividendo del pelotazo, la recalificación o el trafullo en la suspensión de pagos que con las rentas del talento. Les tiraba la ostentación, esa forma que tienen los advenedizos y los acomplejados de expresar su confusa relación con su dinero.

El miedo al silencio es de gente acobardada ante sí misma.

Llamaban "cariño" a todo el mundo, marca de quien ofrece un afecto devaluado por exceso de oferta verbal. Hablaban muy adscritos a fórmulas predeterminadas. "Recargar las pilas", "planes con niños", "escapada", tufihuelas así. Decían "divina de la muerte", "momentazo", paquetillos verbales a base de fraseo prestado, botes de caca semántica consensuada que se recambia década a década, pero constituyendo siempre la señal oral del lerdo.

Estaba la cuñada chorraboba que se las daba de independiente porque salía a pasear sola. Volvía siempre con una foto de ella ante el paraje deshabitado, que enseñaba a todos. La titulaba con variaciones del lema DESCONECTANDO DEL MUNDO y la colgaba en Internet. Con lo que se conectaba a millones de mundianos. Menudeaban mucho entre los mochufas estas incongruencias de desvaídos colegiados.

Ser católico para no cumplir, profesar la fe de Roma y vivir en pecado mortal. Era una de estas incoherencias en lo trascendente de las que se nutre el chapapote de imbecilidad destilada en el que uno tiene la impresión de navegar cuando se cruza con los apostólicos de boquilla.

Minucias del trato como no recibir el "gracias" de un viandante a quien cedió el paso, o la expresión agria del pastelero de abajo de casa, que nunca llevó en la jeta el dulzor de sus recetas, le parecían desaires y desafíos causantes de mosqueos de varias horas.

Lo imagino mirando la lluvia, pensando en que esa será el agua a la que la gente se refiera cuando, dentro de mucho tiempo, alguien diga lo de "ya ha llovido desde entonces".

"Infelices" (Javier Peña) Subrayadas (108)

21/12/19

"Siempre he pensado que no es más listo el que más habla: suele ocurrir lo contrario. ¡Y qué aburridos son todos! Me asusta pensar que llegue el día en que pueda aburrir a alguien tanto como ellos me aburren a mí".

"La verbosidad es enemiga del intelecto, y sin embargo en mi entorno los que más hablan coinciden con los de carrera más exitosa, los más valorados por los jefes".

"¿Hay alguien que escriba que no lo haga sobre su vida? ¿Hay alguien que sea capaz de hacer tabla rasa y escribir como si no viviera en este mundo?".

"Asume el sexo a cambio de compañía, como en una transacción comercial, un intercambio de favores, el fundamento de las relaciones humanas, eso que algunas parejas llaman amor, y otras, simplemente, pareja".

"Hay dos tipos de personas: las que fingen ser felices y las que no se molestan en fingir".

"Al igual que el matrimonio o el adulterio, la fidelidad es una convención extendida por el judeocristianismo con el objeto de asegurar la herencia en la familia y no repartirla con los hijos que las mujeres concibieran con otros hombres y, por lo tanto, tres mil años después, ha perdido su sentido".
"A ella la fidelidad le provocaba escepticismo, a mí la infidelidad me generaba pereza. La pereza de la mentira, la coartada, la culpa, el borrado de huellas, olores y manchas, el vaciado de registros en el historial de los dispositivos electrónicos".

"No tenía ni ganas ni ánimos de iniciar lo que yo llamo el cortejo de los feos, una técnica reservada a los hombres por los que una mujer nunca se va a morir de deseo".

"Únicamente quien ha quedado para follar por Internet entiende por completo la tristeza precoito".

"Las pequeñas mentiras son el cemento que construye cualquier biografía".

"Las relaciones amorosas son en esencia una matemática del poder. El poder lo representan los pesos que cada miembro de la pareja coloca en su plato de la báscula: belleza, atractivo, simpatía, confianza, autoestima, seguridad, inteligencia, dinero, desparpajo, elocuencia, cultura, estatus, relaciones sociales, destreza sexual, desinhibición, aptitud manipulativa, bienes inmuebles, buen gusto... La lista es infinita".

"¿Quién dice que una persona sea una persona? Una persona es diez personas, veinte, a lo largo de su vida".

"Decía un escritor checo que cagar es la mejor prueba de que Dios no existe porque ningún dios habría creado una vida en la que fuera necesario cagar".

"Comenzaba a adivinar por qué la infidelidad es algo más complicado que la satisfacción del deseo, más complejo que el episodio aislado con el que te engañas a ti mismo más que a tu pareja, ni siquiera una sucesión de episodios aislados; la infidelidad es un virus adictivo y aniquilador que lo infecta todo".

"Un tenemos que hablar es la muerte en diferido".

"La gran baza del mentiroso es la pereza de los demás. Nadie se molesta en comprobar las mentiras aunque no crean ni la primera palabra".

"Hay quien dice que dejar es más difícil que ser dejado. Lo dicen personas hermosas como ella a las que no han dejado nunca. Cuando vimos juntos El verdugo, ella sentía compasión por el personaje de Nino Manfredi, el ejecutor, y tuve que recordarle que había un tipo al que le iban a estrujar el gaznate. Qué sentimiento tan humano ese de compadecer a quien menos compasión necesita".

"Los amigos de verdad no pueden serlo toda la vida, porque cuando existen amor y amistad, existen celos, envidia y dolor. No quiere que nunca seamos tan indiferentes para ella como un amigo de toda la vida".

"La vida es solo eso. La espera por algo que está por llegar".
"La vida es solo prólogo, el primer capítulo nunca se va a presentar".

Las mañanas y las tardes de Brett Anderson A los que leen. Capítulo XXVII

10/12/19

Ya son unos cuantos los libros autobiográficos de estrellas del pop que me han enganchado, cada uno a su estilo y manera. Mark Oliver Everett, Dean Wareham, Laurence Tolhurst, Stuart Murdoch, Kim Gordon, Bernard Sumner... Difícilmente un fan de un grupo o artista se puede resistir a conocer los entresijos, interioridades, conflictos y disección de discos y canciones, a conocer en definitiva el devenir personal y artístico que dio pie y condicionó la música con la que luego ha podido apasionarse en mayor o menor medida.

Por tanto, que Brett Anderson, hipocentro de un grupo -Suede- que fue mi favorito absoluto en no pocos años de mi juventud, decidiera escribir parte de su biografía en dos libros,  fue una noticia emocionante y  que hacía, por supuesto, su lectura totalmente imprescindible.

El primer capítulo de la segunda parte, "Tardes de persianas bajadas", se titula "El libro que dije que no escribiría". Es decir, el libro que escriben todos los músicos y que todos sus seguidores esperan leer, a saber, aquel donde hablan de todas las interioridades de la industria musical, incluidos cotilleos sobre relaciones entre todas las partes, otros músicos, productores, anécdotas de conciertos y festivales, vida en la carretera, desparrames nocturnos... es decir, toda la vida al límite que siempre suponemos que viven los grupos de pop. Pues sí, Brett lo ha escrito también, pero a su manera. Con su estilo -bastante bien contado-, sin profundizar en lo anecdótico ni en lo "amarillo" y siendo bastante autocrítico.

"Mañanas negras como el carbón", la primera parte, nos cuenta su vida desde la infancia hasta el comienzo de la andadura de Suede. Aquí describe sus años jóvenes en Haywards Heath, donde abunda la pobreza, la falta de horizonte de futuro, inadaptación, relaciones complicadas con el padre, un relato bastante común entre los jóvenes de los ochenta en la Gran Bretaña thatcheriana. Y es interesante como lanzadera para lo que vendrá después, lo que todos queríamos leer, los detalles, triunfantes y escabrosos, de su banda Suede.

"Tardes de persianas bajadas" es por tanto el filón (que por supuesto podría haberlo sido más, si Brett Anderson hubiera querido detallar mucho más sus vivencias) que los incondicionales de Suede esperábamos. Imposible no leer con máxima avidez los comienzos (de los conciertos para cuatro gatos a las portadas del NME y Melody Maker), su exitoso debut discográfico. Más interés cuando llegan las dolorosas desavenencias con Bernard Butler y su posterior abandono del grupo en la época del enorme "Dog Man Star", el subidón comercial con su renacimiento en "Coming up", y a partir de aquí, la caída en los infiernos de las drogas que dio lugar a dos discos decepcionantes ("Head music" y "A new morning" y a su triste desaparición como grupo.

Y ahí acaba el relato, un relato que no me extrañaría que tuviera una tercera parte para hablar de su resurreción discográfica y como grupo en 2013 que ha dado lugar a tres nuevos discos de Suede. Pero esa será otra historia, que difícilmente será tan atractiva como este "Tardes de persianas bajadas", una recomendación ferviente para todo aquel que en algún momento de los años noventa quedara atrapado en la fascinación que ejercieron aquellos tres magníficos discos y en el carisma inagotable de esa fiera escénica que siempre ha sido Brett Anderson. x Fernando SoYoung

"Lluvia fina" (Luis Landero) Subrayadas (106)

13/10/19

Siempre ha intuido que los relatos no son inofensivos, y menos aún cuando se entrelazan como en una rebatiña de perros donde todos se disputan a dentelladas los magros huesos de la verdad.

No hay nadie que no se lleve un secreto a la tumba, y no hay mayor gloria para un secreto que morir sin haber sido desvelado. La sinceridad, llevada al fanatismo, solo puede conducir a la destrucción.  Y, además, ¿para qué remover ahora el pasado? Las aguas del pasado siempre bajan turbias y, lo que es peor, enturbian también las del presente.

Casi todos los episodios de la infancia son casi siempre una construcción hecha con evocaciones posteriores, con retoques, con supresiones y añadidos, con intercalados imaginarios e incluso oníricos, con secretos intereses espurios, hasta que al fin el adulto sella el relato definitivo del niño que fue, y esa última versión pasa a ser ya tan verdadera, y tan emotivamente verdadera, como si fuese una evidencia.

Todo lo que yo digo sobre la felicidad cabe en tres principios, a cuál más simple: vivir en el presente, valerte solo de ti mismo para ser feliz, y permanecer impasible ante la adversidad.

La vida se resuelve siempre en fracaso. Siempre, sin excepciones. Porque siempre, al final, todos envejecen, mueren y no cumplen sus sueños.

Casi sin saberlo, sin haber leído aún a los filósofos que serían luego sus maestros, empezó a descubrir los placeres del escepticismo y la dulce gravedad del estoico.

"Y aún en el caso de que, resignados a nuestra suerte, vencido el deseo, consigamos un remanso de paz, de poco nos vale, porque entonces comparece ante nosotros la melancolía y, con ella, el tedio de vivir".

Las relaciones sentimentales, por muy fuertes que sean, siempre tienen algún punto frágil. De pronto hacen crac, y ya está, se rompen para siempre. Es como los flechazos amorosos, pero al revés.

Todos tenemos dentro un montón de palabras que son como fieras enjauladas y hambrientas que están rabiando por salir a la luz.

La vida era breve, y no merecía la pena atarse a proyectos largos y laboriosos, cuando las pequeñas tareas diarias ya eran bastante para darle algún sentido al tedioso absurdo de existir.

Todos cuantos se sienten fracasados por no cumplir sus sueños es porque antes no tomaron la precaución elemental de no dejarse embaucar por los sueños.

El verdadero amor nunca acaba bien, porque su realidad no es de este mundo.

Todo cuanto se dice queda ya dicho para siempre.

Lo que el olvido destruye, a veces la memoria lo va reconstruyendo y acrecentando con noticias aportadas por la imaginación y la nostalgia, de modo que entonces se da la paradoja de que, cuanto mayor es el olvido, más rico y detallado es también el recuerdo.

"Diarios 1984-1989" (Sándor Márai). 2.ª parte Subrayadas (105)

6/10/19

El escritor Sándor Márai nació en Hungría en el año 1900. Entre 1986 y 1987 mueren su mujer, su hijo y sus tres hermanos. Su diario de los años 1984-1989 lo escribió a máquina, pero la última nota (de 15 de enero de 1989: "Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora") está escrita a mano. En la última carta enviada a su editor, István Vörösváry, escribe lo siguiente: "Lo siento mucho, ya no puedo más. La debilidad no desaparece y, de seguir así, pronto tendrán que ingresarme. Quisiera evitarlo. Gracias por vuestra amistad. Cuidaos mucho. Os deseo todo lo mejor. Sándar Márai.". Se suicidó el 21 de febrero de un disparo en la cabeza. Conforme a su testamento, sus cenizas fueron esparcidas en el mar.
Están son, en dos partes, algunos de los apuntes de su diario.

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1986

Situaciones de los exiliados. Después de la muerte de L. ha comenzado para mí una nueva etapa en este aspecto. Hay gente que siente la necesidad de llamar la atención casi en un grado patológico, que quiere ver y oír su nombre a toda costa y donde sea. En mi caso, lo patológico son las ganas de desaparecer. No leer mi nombre, no dar noticia alguna, desvanecerme.

Llegan sin cesar las facturas desorbitadas del hospital, de los laboratorios, de los médicos. Una cama en una habitación doble, trescientos dólares diarios. Y también de las medicinas. Si L. viviera, no soportaría ver las facturas. A mí me traen sin cuidado, el dinero ahorrado es para eso. Sin embargo, el robo descarado ejercido por la medicina y sus compañías es asqueroso. No caer en mano de éstos, escapar.

Hace dos semanas fui a una tienda del otro extremo de la ciudad para comprarme un arma de fuego, pero el formulario de la policía no había llegado hasta ahora. Ahora vuelvo y el vendedor me entrega la pistola, empaquetada con esmero, además de cincuenta balas. Cuando le advierto que no voy a necesitar tanta munición, él se encoge de hombros y contesta con indiferencia que eso nunca se sabe. En el establecimiento se exponen toda clase de armas de fuego, escopetas de caza, fusiles ametralladores. Los pocos compradores, la mayoría chavales con cazadoras de cuero, deambulan mirando las armas. En América todos los ciudadanos tienen derecho a ir armados. Vuelvo a casa en taxi; el chófer me pregunta qué he comprado y asiente al saber que se trata de un revólver. «Siempre viene bien», me dice. Es la primera vez desde hace meses que siento algo parecido a la tranquilidad. No tengo planes de suicidio, pero si el envejecimiento, la debilitación, la pérdida de mis capacidades avanzan al mismo ritmo, es bueno saber que podré acabar con ese humillante deterioro en cualquier momento, y no tendré que temer lo peor: terminar en uno de esos vertederos institucionales, en un hospital o una residencia de ancianos. Sin embargo, hay que tener suerte incluso para eso, porque la apoplejía puede impedir la huida.

¿La quería? No lo sé. ¿Puede uno querer a sus piernas, a sus pensamientos? Simplemente, nada tiene sentido sin piernas o sin pensamientos. Sin ella nada tiene sentido. No sé si la quería. Era algo diferente. Tampoco quiero a mis riñones o a mi páncreas. Simplemente forman parte de mí, corno ella formaba parte de mí.

No quiero morir, todavía no. Pero he dejado el revólver en el cajón de la mesita de noche para tenerlo a mano si llega el momento en que desee morir. Aunque cabe la posibilidad que al final ocurra de otra manera. Todo es siempre de otra manera.

Me conforta pensar que en San Diego tengo un revólver en el cajón de la mesita de noche. No es la «desesperanza» lo que me insta a pensar en ello, sino la idea de que es la única vía, la única manera de huir de una situación vergonzosa. Esa situación vergonzosa es la vida, esta ilusión grotesca.

LXXXVI. — Por la mañana el teléfono suena varias veces, durante largo rato. No cojo el auricular. Hay algo impertinente en vivir más de la cuenta. Es como cuando los anfitriones intercambian una mirada disimulada preguntándose cuándo se marcharán los invitados.

1987

La vejez. El viejo tiene que decidir cómo gestionar la soledad. ¿Qyé es más adecuado: ser solitario a solas o vivir solo en compañía? Hace más de un año que vivo en la soledad solitaria. No es fácil, tampoco lo considero auténtica «vida», pero es más tolerable que la soledad acompañada.

Para mí es un puñetazo en el pecho, un insulto. Todo lo que se cuenta de la muerte es mentira. La realidad es un insulto, y el pacto en su contra es un engaño. Detesto a los curas y las fábulas de las religiones.

Me repugnan esas mentiras sobre la muerte. La vida eterna. La vida después de la muerte. Condena, esferas, cielos e infierno. Sólo son mentiras, repugnantes, estúpidas, lloronas. La realidad es una burla obscena, es la muerte.

1988

A veces resuena el eco del verso de Babits: «Tal vez no sea gran cosa la muerte.» Es posible. Acaso estaba en lo cierto, teniendo en cuenta que todo el mundo ha pasado por ello y nadie ha presentado una queja a posteriori.

La Asociación de Escritores, etc., me invitan a volver a casa, quieren convertirme en un monumento nacional. Se proponen reeditar toda mi obra, publicarla encuadernada en piel, incluyéndome a mí. El destino común de los monumentos es que sus pies queden cubiertos de meadas de perro.

A veces resuena el eco de las palabras de aquel obispo moribundo: «No me despido, sólo os adelanto.»

Vida social. Vienen a verme curiosos que me miran como si fuera un perro políglota en un teatro de variedades. La vejez convertida en espectáculo. «Mirad —dicen—, todavía no se babea; todavía sabe hablar, sabe contar hasta tres, ¡y a su edad! Es un milagro.» Se asoman al pozo de la vejez. Todavía no saben que el viejo prefiere la soledad porque es lo único que no le aburre.

"El arte de llevar gabardina" (Sergi Pàmies) Subrayadas (104)

23/9/19

Las parejas que se separan no deberían esperar a la decadencia del aburrimiento ni a la tentación del engaño. En el momento de plenitud, cuando el amor se propulsa gracias a las afinidades y al entusiasmo, deberían ser lo suficientemente generosas para abandonar y, con la satisfacción del trabajo bien hecho, consensuar un punto final que no deshonrara los días vividos.

A los aburridos no nos aburre aburrirnos.

Ningún recuerdo tiene el magnetismo de lo que le ofrece el presente.

Y pese a que me había preparado para ese encuentro con las manos sudadas y un nudo de expectativas en el estómago, me sentí definitivamente aliviado, quizá porque entonces ya sabía que las admiraciones que se construyen en la infancia y la adolescencia nunca se ven confirmadas por la realidad (con la excepción de Johan Cruyff, naturalmente; solemos decir que es mejor no conocer a nuestros mitos porque siempre nos defraudan, pero se trata de una presunción que no tiene en cuenta hasta qué punto nosotros los defraudamos a ellos).

En bicicleta, las ciudades parecen más amables y los turistas menos bárbaros y si hay parques siempre apetece detenerse, apearse de la bicicleta y dejarla descansar como a un caballo exhausto.

También recuerdo que cada noche, después de cenar, salía a pasear hasta el Café Einstein. Allí leía los periódicos europeos con pose de escritor introvertido y me hacía el interesante cada vez que entraba una mujer acostumbrada a que cuando entraba en un café los hombres se hicieran los interesantes.

En contextos distintos a los habituales, a todos nos incomoda mostrarnos tal como somos delante de nuestra gente.

La nostalgia es arqueología: investiga vestigios y los interpreta. Pero, en vez de aplicar un método científico, se alimenta de una modalidad tendenciosa de memoria.

Tu padre no era un hombre de largas conversaciones, pero sabía instalarse en silencios que reconfortaban porque, justo cuando empezabas a sospechar que quizás resultaba extraño callar durante tanto rato, sonreía y soltaba alguna frase de escaso significado pero efectos perdurables como, por ejemplo, «iQué vida más perra!». Es el secreto de los que hablan poco: cada una de sus palabras adquiere categoría de memorable.

Y a menudo sentías la tentación de regodearte en una pena impostada por la cultura del dolor, agravada por la dramaturgia de las ausencias que nosotros mismos hemos propiciado -porque la consecuencia de no haber sabido hacer feliz a alguien tiene que ser, por justicia prosaica, la soledad, sentenciabas-.

"Diarios 1984-1989" (Sándor Márai). 1.ª parte Subrayadas (103)

11/9/19

El escritor Sándor Márai nació en Hungría en el año 1900. Entre 1986 y 1987 mueren su mujer, su hijo y sus tres hermanos. Su diario de los años 1984-1989 lo escribió a máquina, pero la última nota (de 15 de enero de 1989: "Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora") está escrita a mano. En la última carta enviada a su editor, István Vörösváry, escribe lo siguiente: "Lo siento mucho, ya no puedo más. La debilidad no desaparece y, de seguir así, pronto tendrán que ingresarme. Quisiera evitarlo. Gracias por vuestra amistad. Cuidaos mucho. Os deseo todo lo mejor. Sándar Márai.". Se suicidó el 21 de febrero de un disparo en la cabeza. Conforme a su testamento, sus cenizas fueron esparcidas en el mar.
Están son, en dos partes, algunos de los apuntes de su diario.

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1984

Gran cansancio. Vitamina C en cantidades ingentes. Lectura: poemas, historia de la literatura húngara. Quietud si pienso en la muerte. Inquietud si pienso en el morir.

Hoy en día, el escritor que intenta crear algo diferente de lo que la industria de consumo produce para alimentar a los lectores es como el cojo que anda con prótesis, pero de todas formas intenta presentarse a una carrera de cien metros.

El comunismo es una tragedia, pero el enemigo real son siempre los hipócritas mezquinos, disfrazados de «nacionalistas»: la derecha.

Una revista católica de Hungría (su existencia se debe a razones tácticas) publica los diarios de Gyórgy Rónay, un poeta y esteta fallecido recientemente que se consideraba católico a ultranza. El autor se declara con insistencia creyente incondicional: cree en todo lo que la religión afirma, cree a toda costa... Este poeta honrado, culto y de gran talento es sin duda sincero cuando afirma que «cree»; sin embargo, esta fe llorona, espasmódica y vocinglera podría considerarse eso que suele denominarse una «huida hacia delante». Tamaño fervor sólo puede apuntar a una necesidad de escapar de algo. Por ejemplo, del miedo a la muerte. No confío en esta fe, en la insistencia lastimera de que existe la Providencia, de que sólo existe la Providencia... Muy de mayor he llegado a no creer en nada, aunque tampoco descarto nada. Espero que el universo obedezca a una conciencia, aunque eso es sólo una esperanza, y acaso no del todo sincera. Toda religiosidad sectaria y fundamentalista me evoca las palabras de Gide, quien escribió: «Paul Claudel piensa que se puede llegar al cielo en coche-cama.»

Una agenda antigua. Sólo encuentro la dirección de tres personas vivas, los demás se marcharon sin dejar dirección, están muertos.

Siento una flojedad como la que se experimenta antes de la muerte, cuando uno ya ni protesta. Todavía puedo andar, pero sólo con la ayuda de un bastón. Sin embargo, sigo escribiendo y pensando, aunque también con bastón.

Se debate sobre la relación proporcional entre los rasgos heredados y los adquiridos. Los partidarios del determinismo biológico insisten en que el ochenta por ciento de las características y capacidades humanas son congénitas y sólo el veinte se aprende del entorno, la educación o las experiencias. Los incondicionales de la cultura lo niegan; si bien la personalidad radica únicamente en los genes, el entorno forma lo demás. Acaso tengan razón los primeros, porque el ser humano no sólo hereda y transmite el estímulo para desarrollar sus capacidades, sino también la similitud física y las características orgánicas. Por otra parte, cabe considerar que el ser humano es fenómeno y acción: hereda una manera de ser que luego va conformando.

Todas las noches, antes de apagar la luz, saboreo una copa de Marco Aurelio (en francés), la meditación del Libro IV: «Bien ne vient du néant, comme rien ne retourne au néant» [Nada viene de la nada, como tampoco nada desemboca en lo que no es]. Perfecto. Sin embargo, hay una sola cosa -la conciencia- que viene de la Nada y después de darse una vuelta, regresa a la Nada.

En el ADN, los cromosomas forman una especie de hilo enroscado sobre sí mismo; hay más de mil o diez mil genes en la milésima parte de un milímetro. Como agnóstico, debo preguntarme por qué usa la naturaleza tales medios infinitamente complejos para crear.

Karinthy pensaba: «Ya que no puedo decírselo a nadie / se lo diré a todos.» En medio de este sinsentido vocinglero que es el eco de las masas, prefiero lo siguiente: «No puedo decírselo a todos, pues no se lo diré a nadie.»

Vivimos día a día, tambaleándonos, a tientas a orillas del Pacífico. Leer constituye un esfuerzo vano, escribir ya es simplemente un acto compulsivo. Todos los que me importaban están muertos, masacrados.

Si la muerte nos llegara a la vez, juntos, sería el mayor regalo para los dos. Este año se han ido los últimos conocidos que me quedaban. No me opongo al hecho de irme, sólo me inquieta el modo. No queda más que confiar en el destino. Hemos vivido ya una vida entera.

Lecturas en las últimas semanas: Aristóteles, el capítulo sobre el alma en la edición completa inglesa en dos volúmenes. No creía en la existencia separada del alma; el cuerpo y el alma sólo son imaginables juntos; si el cuerpo desaparece, el alma se desvanecerá.

1985

La vida es casual, no tiene sentido ni utilidad alguna. La muerte es la consecuencia inevitable de la casualidad, y tampoco tiene sentido ni utilidad.

Para Schopenhauer, los «bípedos» —excepto él mismo y tal vez Kant— eran parásitos mezquinos, bestiales, codiciosos e ignorantes. Y la gran mayoría sin duda lo es. Sin embargo, parece olvidar que no es la mayoría la que cuenta, sino siempre y en todos los tiempos aquellos pocos que son diferentes.

Hoy hace ochenta y cinco años que vi la luz de este planeta. En semejante fecha el ser humano piensa en la muerte de manera diferente de como lo ha hecho en los ochenta y cinco años precedentes. El hombre siempre es consciente de la muerte, considera que ésta forma parte natural del argumento incomprensible y complejo de la existencia, pero sólo de una forma intelectual. Después viene un periodo en el que uno asume que morirá. No es un sentimiento trágico, sino más bien un sosiego, como lo que se experimenta cuando se llega a comprender un misterio tras muchas cavilaciones.

Llevo tres semanas cuidando a L. día y noche. En la habitación del enfermo, como en la cárcel, el tiempo no existe. Día y noche, horas y minutos se funden en una sola línea. La enfermedad es volumen, como el tiempo.

¿Qué puede aportarme la vejez, aparte de la mera existencia? Nada. Comprendo a los que anticipan su fin.

En general los mamíferos piensan que la propiedad privada es un derecho natural.

Me gustaría sentir nostalgia por algo... por un paisaje, por un viaje, por una ciudad, por alguien. Pero ya no puedo permitirme el lujo de ser nostálgico. ¡Me basta con ser!

A veces pongo la radio y sale un locutor de un evento deportivo, vociferando atropelladamente quién, cuánto y dónde ha saltado alguien o ha marcado un tanto. Eso es lo que escuchan las masas. Las emisiones deportivas son la arteriosclerosis absoluta de una civilización.

Pero todo eso carece de importancia, puesto que ya no queda esperanza alguna. Aunque a veces los dioses descargan un golpe, tiembla la tierra, se desbordan las aguas, caen relámpagos, eso es sólo un interludio ocasional. Lo constante es la mezquindad, la avaricia, la vanidad, la malicia, la crueldad humana. Estoy cansado, ya no rechazo la muerte. No la deseo, pero tampoco la rechazo.

En los pasillos del hospital y por las puertas abiertas de las habitaciones se hace patente la existencia del orco. Lo que Esquilo le contó a Ulises sobre el orco. Ancianos en sillas de ruedas, atados con una correa por la cintura, caídos hacia delante, con la lengua fuera. La gran prueba de la vida no es la muerte, sino el morir. Sin embargo, hay algo obsceno en la enfermedad y la muerte. El reverso de lo corporal es lascivo y abominable.

No resulta fácil comprender el hecho de que en la vida el mayor misterio no es la muerte, sino el morir. Y todo ars moriendi es fantasmagórico, tal arte no existe. La enfermera dice que su madre, que tiene noventa y siete años, se ha quedado ciega, pero «lo hace todo sola, a tientas». El horizonte humano no tiene limites.

Venimos de la nada y desaparecemos en la nada; lo demás son fantasmagorías infantiles. Lo que ocurre mientras dura es a veces maravilloso, pero inexcusablemente inútil y absurdo. Aunque lo he sabido desde siempre, durante esta noche en el hospital de San Diego he llegado a conformarme con ello. Si estuviéramos en casa acabaría con los dos. Aquí no puedo hacerlo. Tal vez sea pura cobardía.