Crossings (II) Encuentros (14)

17/2/08



Cuentan que el sol, amén de otras saludables virtudes, ayuda a sintetizar la vitamina D, matiza depresiones incipientes y limpia impurezas cutáneas. Si además aderezas todo ello con las positivas implicaciones estéticas que supone el bronceado que te proporciona y lo que significa para alguien que ha sufrido un síndrome de Peter Pan, no bien curado del todo, el seguir los dictados de la letra de una canción devenida himno (….“turn our golden faces into the sun”….) ….. pues eso. Así que aquel día, y como solía hacer en las poco frecuentes ocasiones en las que durante el largo invierno boreal el mencionado astro rey tenía a bien presentarse, decidí retrasar un poco mi vuelta a casa dispuesto a beneficiarme de tanto parabién poniéndome un rato – sin connotaciones- cara al sol.

Había gente en el parque y ningún banco libre, si bien pronto me fijé en un solitario abuelete que me llamó la atención. Conforme me iba acercando a él con la intención de sentarme a su lado, poco a poco y a la vez que comenzaba a asomar una socarrona sonrisa en mi boca, me daba cuenta de lo mucho que me recordaba a mí mismo el hombrecico: tomaba el sol sin disimulo, con los ojos cerrados, el rostro apuntando hacia el cielo con expresión displicente y los brazos abiertos apoyados en el respaldo del banco. No se dio cuenta –o eso me pareció- cuando invadí parte de su imaginaria tumbona. Saqué mi MP3 (ó 4, de verdad no sé lo que es, en realidad) y me dispuse a imitarle sin recato. Antonio Vega, cantando como sólo él sabe, decía que creía “en los fantasmas de algún extraño lugar” pero apenas podía concentrarme; con recurrencia apartaba mis ojos de la luz directa del sol y me volvía subrepticiamente hacia mi compañero de sesión de rayos UVA naturales. El caso era que, fijándome bien, el tío debía de ser octogenario con bastante probabilidad y lo cierto es que apenas podía contener la risotada porque el hecho era que su pose era prácticamente calcada a la que la gente que me conocía solía utilizar para imitarme con sorna. Mientras le escrutaba -pelo escaso y ralo, arrugas, lunares sospechosos, nariz y orejas grandes, y demás vestigios de otros tiempos- no podía evitar preguntarme por él: ¿cómo habría sido su vida?, ¿sería nostálgico?, ¿habría sido atractivo?, ¿cómo rellenaría su tedio ahora?, ¿seguiría con ganas de vivir?, ¿tendría alguna inquietud?, ¿estaría preparado para afrontar una muerte cercana?, ¿continuaría con deseo sexual?........Y así indefinidamente. Y sin poder imaginar siquiera la premura con la que iba a encontrar la clave para la respuesta a todas esas inquisiciones vi cómo, de repente, el viejo abría los ojos y se levantaba con la intención de abandonar el lugar. Me sorprendí a mí mismo deseándole, en voz alta y con una leve sonrisa, que le fuera bien. Fue entonces cuando, con extraordinaria parsimonia, el presunto octogenario se volvió hacia mí y, también con una extraña sonrisa que heló literalmente la que yo todavía mantenía, se dirigió hacia mí con una voz que me resultó incomprensiblemente familiar:
- En ese caso te irá a bien a ti también. Te veo en cuarenta años.

Mientras lo veía alejarse, con paso lento pero todavía digno, Antonio Vega terminaba su canción. “Quizá –me dije, petrificado, perplejo, más fuera que dentro de este mundo- he abusado de esta canción y sea hora de reemplazarla”.

Todavía hoy, cada día soleado, continúo acudiendo –desesperado- hasta ese banco en el parque sin saber exactamente si voy buscando un vetusto personaje o un complicado espejo en el que encontrar respuestas imposibles.
x Atreyu

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