Pastor belga Encuentros (30)

22/5/09

Aquella tarde de diciembre, como todas desde hacía 23, quedó con ella para pasear a su pastor belga color claro. En aquella ocasión llevaba en el bolsillo de aquel abrigo -que le quedaba tan grande y que se lo ponía sólo porque ella le dijo que le quedaba bien- un regalo. Oficialmente sin motivo, porque sí. En realidad, un paso más para demostrar que él no pensaba en otra cosa que no fuera ella. Pero aquella tarde, el trayecto habitual cambió, alargándose por la Ciudad Universitaria. -Mejor, pensó, más tiempo juntos para saborear las mieles del triunfo tras entregarle su artesanal detalle infalible. Pero antes de aquel planificado momento que con tanta ilusión esperaba, ella le participó que había quedado con Lorenzo, sin especificar nada más. No dijo mi amigo Lorenzo, mi hermano Lorenzo o mi vecino con perro Lorenzo. Dijo sólo Lorenzo. Primer pinchazo en alguna indefinida parte del cuerpo. Al llegar al edificio de Medicina apareció. Anduvieron los tres largo rato, incluso se hizo de noche, esperando y esperando a que se fuera el último invitado en llegar para darle a ella el regalo. Pero no se iba nunca. Y llegado un momento, de repente ya todo estuvo claro: el que sobraba era él, y cuando por fin se dio cuenta de ello con claridad meridiana fue consciente de cómo la humillación, el desprecio, el desamor y la pena le caían encima como de un contenedor de plomo candente. Esperó a doblar la esquina de la calle Arzobispo Apaolaza para romper a sollozar con una mezcla de rabia y tristeza. Demasiado inexperto -supo después- para caer en la cuenta de su ceguera, de que había sido utilizado por alguien a quien creía amar, de forma precoz e ignorante, para recapturar a un despistado Lorenzo que empezaba a mirar a otras.

Muchos años después, aquella lección -junto con algunas otras- le sirvió para saber que para conocer de cerca las excelencias del amor hay que ser bien pisoteado primero por el desamor, pero también que siempre creemos ser conocedores de las verdades en el momento presente y nunca en el pasado aunque éste en realidad también fuera presente en su momento. Y lo mejor fue que aquel tiempo dedicado a trabajadas recopilaciones en cassette, a regalos varios baratos, a inocentes poemas nunca entregados de amor-obsesión adolescente (que no es tan distinto al adulto muchas veces), aquellos encuentros que fueron el blanco más luminoso primero y el negro más abismal después, nadie se los pudo quitar jamás, aunque contraviniera una de sus máximas de cabecera, la de que para ser feliz, entre otras muchas cosas, es imprescindible tener mala memoria.
¿Que si volvió a verla?. Sí, nueve años después, pero decidió no acercarse y no añadir ningún encuentro fugaz y banal a su breve historia. x Rubén Aliaga

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