"Una cierta edad" (Marcos Ordóñez) Subrayadas (208)

5/1/26

Junio. Dejo la música puesta para que se ventile la casa.

Las fotos de infancia espolean la memoria, como lo hace una canción, un sabor o un perfume, pero provocan una considerable sensación de irrealidad. ¿Quién era ese niño que ni siquiera se me parece (salvo por las orejotas)? ¿Existió realmente?

Intento animarle y me dice, casi en un susurro: «No insistas, de verdad. Yo ya tengo un pie en el otro lado». Quedamos en silencio, porque no sé qué contestar a eso. Al cabo de un rato me dice, con una voz algo más alta y muy serena: «Aunque a veces pienso que no sé si me estoy muriendo o si estoy renaciendo. Me pasan cosas muy raras que no acabo de entender, ¿sabes? Salgo a la calle y veo la luz en un árbol y pienso: ¡Qué luces tan bonitas tiene la vida! He visto mil veces ese árbol y de golpe…». Otro silencio. «¡Me he perdido tantas cosas!».

Toda vida es una sucesión de vidas breves, como bien contó Onetti: por eso nos cuesta siempre reconocernos en las viejas fotos. El problema con las vidas breves es que cuando te parece que ya comprendes el libro de instrucciones de una, llega la siguiente y te pilla siempre sin manual. O al revés: que cuando crees haber aprendido el funcionamiento de la máquina, un tropiezo de raíces muy lejanas te hace ver que no has cambiado tanto como creías. La vida te pone siempre en tu sitio: el de un aprendiz. Ahí está la gracia, aunque a veces maldita la gracia que tiene.

Un anhelo: sentirme «sumido en la levedad de los días», como dice un personaje de James Salter. Pero nunca son leves: o llegan cargados o los cargo yo. Hay que buscar la levedad como un agua de oro.

Buscamos preocuparnos por una menudencia o por algo que aún no ha sucedido para esquivar lo que realmente nos preocupa.

Talento en el metro: «La pornografía desconcierta a la juventud. Acabarán creyendo que si llamas a un fontanero llegará a los cinco minutos».

Lo primero que se advierte en la obra de James Salter es que ese hombre ha vivido atentamente y cree en la literatura como una forma de atrapar y recuperar la vida: «Solo las cosas conservadas por escrito», dice, «tienen alguna posibilidad de ser reales».

He recordado un viejo adagio irlandés: «Lo consiguieron porque no sabían que era imposible».

De repente
una serie de cosas hermosas e importantes
parece que hayan dejado de tener sentido
y caen como hojas.
No te confundas: no hay «de repente».
Para que caigan las hojas
alguien ha dado muchos golpes de hacha en el tronco.
Habrá que replantar.

No hay que olvidar esa frase (muy repetida, por otra parte) según la cual no recuerdas un hecho «desnudo», cosa imposible, sino que lo que te vuelve es cómo lo recordaste la última vez. Y la imagen de esa última vez puede modificarse por nuevos datos, nuevos testimonios, o un cambio personal.

Terry Gilliam: «La gente joven ya no vive el momento porque está siempre en modo multitarea. Son como una neurona: su trabajo es recibir información y pasar esa información a otro rápidamente, sin pensar. Tal vez esto construya un gran cerebro global, pero no construye una vida».

Pasa con un libro, una película, una función grabada, una música, pasa con tantas cosas: el pasado no deja de moverse. Pero ¿cómo pudo gustarme eso?, te dices. El repentino golpe de tristeza, el fastidio de volver a algo que te enamoró hace mucho tiempo, cuarenta años atrás, y descubrir que no, que ya no monta.

Un reencuentro. A media cena caes en la cuenta de que no estás hablando con la persona que tienes delante, sino que te emperras —espejismos de la cierta edad— en seguir creyendo que es quien era entonces.

Cuando escribes sobre el pasado, lo importante no son los hechos sino los sentimientos.

No creo que haya más tontos que antes. Simplemente tienen más altavoces, están mejor organizados y más dispuestos a rasgarse las vestiduras por las mayores memeces, como corresponde a su naturaleza. Luego ven que la memez funciona y la elevan a categoría de razón.

La gata Rosalía es caprichosa, maniática, misantrópica, siempre perdida en extrañas cavilaciones, atenta a las señales más marcianas, capaz de trepar y perderse por altos alambres invisibles y de ocultarse durante horas en rincones secretos, pasando del juego afable al zarpazo inesperado. O sea, que nos parecemos muchísimo.

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