28/2/26
El dolor por la muerte de un ser querido, cuando llega, no es en absoluto como esperamos que sea. No fue lo que sentí al morir mis padres: mi padre murió cuando le quedaban pocos días para cumplir ochenta y cinco años, y mi madre a falta de un mes para los noventa y uno, los dos después de varios años de ir perdiendo salud. Lo que yo sentí en ambos casos fue tristeza, soledad (esa soledad del hijo abandonado a la edad que sea), pesar por el tiempo pasado, por las cosas nunca dichas, por mi incapacidad para compartir o incluso para admitir de ninguna forma real, al final, el dolor, la impotencia y la humillación física que los dos experimentaron. Yo entendí que las muertes de ambos eran inevitables.
Llevaba mi vida entera esperando aquellas muertes (temiéndolas, teniéndoles terror, imaginándomelas). Cuando por fin tuvieron lugar, se quedaron a cierta distancia, separadas de la cotidianidad de mi vida.
Durante ese período indeterminado que denominamos duelo, es como si estuviéramos en un submarino, en silencio sobre el lecho oceánico, sintiendo las cargas de profundidad, a veces cercanas y a veces lejanas, que nos azotan con recuerdos».
Melanie Klein hizo una valoración similar: «La persona que experimenta el duelo está de hecho enferma, pero como su estado mental es tan común y nos resulta tan natural, al duelo no lo denominamos enfermedad. […] Para expresar con mayor exactitud mi conclusión: debo decir que durante el duelo el sujeto atraviesa un estado maníaco-depresivo modificado y transitorio y lo supera».
Las reacciones inmediatas más frecuentes a la muerte son el shock, el no sentir nada y la incredulidad: «En un plano subjetivo, los supervivientes pueden sentir que están envueltos en un capullo o en una manta; ante los demás dan la impresión de estar llevándolo con entereza. Como la realidad de la muerte todavía no ha penetrado en la conciencia, puede parecer que los supervivientes están asimilando muy bien la pérdida».
La autocompasión siempre ha sido el más común y el más universalmente repudiado de nuestros defectos de carácter, y su potencial pestilente para la destrucción nunca se cuestiona.
Siempre nos imaginábamos que sabíamos todo lo que el otro pensaba, hasta cuando no necesariamente queríamos saberlo, pero con el tiempo he llegado a darme cuenta de que la verdad es que no sabíamos ni una minúscula fracción de lo que había que saber.
Somos seres mortales imperfectos, conscientes de esa mortalidad incluso cuando la apartamos a empujones, decepcionados por nuestra misma complejidad, tan incorporada que cuando lloramos a nuestros seres queridos también nos estamos llorando a nosotros mismos, para bien o para mal. A quienes éramos. A quienes ya no somos. Y a quienes no seremos definitivamente un día.














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