16/2/26
"Fractal" (Andrés Trapiello) 3.ª parte. Libro 3 (2001-2006)
Él decía, ánimo, esto no es nada. Y llenaba alegremente los volantes para el ecógrafo y el hematólogo. Cumplimentaba aquellas papeletas como si fuesen una quiniela. Todos los síntomas que tenía al entrar desaparecieron como por ensalmo al salir. Creo que el miedo es con toda probabilidad un eminente terapeuta en algunas dolencias menores.
El escepticismo es óseo y el entusiasmo una víscera. Con el tiempo solo queda el esqueleto.
No hay alegría elevada que no sobrevuele una melancolía de fondo, una tristeza propia.
Se me había olvidado contar que también atardece delante del hotel, como un pase privado de la más grandiosa película de cinemascope. Y esa tarde el atardecer se anunciaba en los carteles como de una extraordinaria belleza, que invitaba a quedarse tranquilo, en silencio, viendo la única película del mundo que todos podemos ver en versión original y sin subtítulos.
Los maestros no están vivos ni muertos: están presentes.
No se sabe el valor real de una cosa hasta que no se la ha visto en un cajón de mudanzas. Y en ese caso, siempre suele valer la mitad de lo que se creía.
Tan malo como resignarse es no aprender a resignarse.
Comprende uno perfectamente a los ricos: lo primero que les inculcan a sus hijos es que hablar de dinero es una falta de educación, no hay modo de cogerlo sin que te manche un poco: bien porque no te ha costado nada ganarlo, lo que quiere decir que se lo has quitado a otro con engaño o por fuerza, bien porque te ha costado demasiado ganarlo, y en ese caso te has quitado a ti mismo algo que no se puede comprar con dinero: la vida.
La felicidad consiste en aceptar nuestra infelicidad endémica, como acepta y llega a olvidar un reumático sus pequeños dolores de huesos, vivir con ellos como con el aire que se respira.
Me fijo entonces en la casa de RG. y veo sus ventanas, foscas y sin vida, y me acuerdo de él. Me digo, se está muriendo lejos de aquí, y aquí, a mi lado, conmigo. Lo que me muero yo es la parte de su muerte en mí.
«Sin pena ni gloria» debería ser nuestro lema, el de todos aquellos a los que la falta de gloria no causa pena.
Cuando me di cuenta estaba llorando. Últimamente lloro sin darme cuenta. Era gratitud y dolor al mismo tiempo, dicha y angustia. La dicha de vivir aquel instante y la angustia de perderlo cuando llegaba.
Los locos tienen algo que nos admira a todos en lo más profundo, algo en lo que nos sentimos hermanados con ellos, por ridículos y desaforados que puedan parecernos, acaso el saber que todos tenemos la puerta de la locura ahí, y que si no la abrimos nosotros, vendrá alguien del otro lado, le pegará una patada y hará saltar por los aires la cerradura.
La naturalidad es ya una forma de extremismo en un mundo tan complaciente con el artificio...














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