1/2/26
Los remordimientos y la contención llegan con la decrepitud, como el egoísmo, cuando se habita el reverso de la vida y se entiende que casi nada feo existe que no nos termine por alcanzar.
Estaba muy nerviosa, y a la vez quería que el tiempo se parase y aquella tarde no acabase nunca. Era muy propio de mí estar pensando en el final de algo hermoso que casi ni había empezado.
El póster de Siouxsie de detrás de la puerta de mi habitación me animaba a ser menos piadosa, más egoísta, oscura y peligrosa. Morrissey, que también me guardaba el sueño en aquella puerta, era Marcabrú y yo, Leonor de Aquitania, él cantaba mis anhelos y mis amores imposibles, le amaba con la distancia que las damas imponían a los trovadores, me hacía vivir otras vidas, me ayudaba a escapar.
Dios casi nunca está cuando se le espera porque es oscuridad, tuvo que crear la luz voceando en el abismo para poder ver algo más que a sí mismo y su tiniebla.
A los hombres les enseñan a hablar, no a conversar.
Con las hebras de su cabello entre las manos me imaginaba un pasado en el que mi madre me trenzaba el pelo o me lo recogía. Me parecía que cuando las madres peinaban a las hijas se transmitía un amor intangible y una belleza sin palabras que no podía darse de otra forma. Como una prenda tejida por dedos torcidos de abuela lleva consigo la fragancia del tiempo y de los cuidados.
Existen pocas fuerzas en el universo más poderosas que la inercia.
La casa no estaba del todo limpia pero solo acumulaba polvo, que es el aliento del tiempo depositándose sobre nuestras cosas para que recordemos que sigue corriendo.
La ausencia de defensas, la muerte, es una cosa simple y sin nada destacable, la materia cambia a un estado de mediocridad cuando el alma cierra las calderas de la pasión, de la angustia, del amor o de la ansiedad y abandona la carne.














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