Morrissey. Pleitesía al ídolo vesánico Riguroso directo

15/3/26

"Me gustaría que la vida fuese regulable como el agua caliente de mi baño. Me gustaría desaparecer, perder la consciencia. Porque la juventud es una niebla que, cuando se disipa, te deja tirado en medio de un paisaje extraño. Allí es donde me encuentro". Esta frase de Óscar Sipán se pudo leer aquí mismo en 2010, hace dieciséis años, y ya entonces me representaba. Allí me encontraba entonces, en un paisaje extraño. Y tanto tiempo después, el extraño paisaje se ha hecho más desértico, más intransitable, irrespirable, inhabitable, casi irreconocible del todo.

Fui uno de aquellos que en 2004 insultaron y odiaron -momentáneamente- a Morrissey cuando en el FIB, visualizando en el peregrinaje de acceso al recinto las bombillas rojas que configuraban su nombre sobre el escenario, escucharon que no se iba a presentar al evento. También fui de los que se lo perdonaron y volvió en 2006 al mismo escenario. Durante muchos, muchísimos años, Morrissey se ha ganado a pulso el ser considerado un ser despreciable, egocéntrico, faltón, vesánico, de ideología sospechosa, irrespetuoso con sus seguidores cancelando conciertos una y otra vez por los motivos más estrambóticos. Y sin embargo, su sólida e inquebrantable masa de fans -construida gracias a los cuatro discos con The Smiths, y a los primeros en solitario que abarcan su período 1988-1994- le ha pasado por alto todo una y otra vez y se ha postrado a sus pies olvidando al instante las ofensas.


Ahora estamos en 2026, y en un giro también extraño del destino, Morrissey estaba programado para actuar en Zaragoza. Un amigo, o ese en el que una autobiografía que no será escrita aparecería en capítulo aparte como "el amigo que camina a tu lado toda la vida", me sacó del pozo de la apatía y me arrastró a ver al ídolo -aquel al que en su día compraba todos sus discos, y también camisetas, libros con las letras de las canciones y hasta calendarios con doce imágenes de su entonces joven figura-, al mito personal que sin embargo hoy ya no tiene la fuerza suficiente como para sacarme del cenagal de la desidia para acudir a verle. Por eso mi amigo acude al rescate (nunca se lo podré agradecer suficiente) y me lleva al reencuentro, a la comunión, a la celebración del pasado, a la ¿despedida también? de alguien que me encendió de joven la llama del corazón y la mantuvo viva durante tantos años.

Con una previa que solo ahondaba en el cachondeo y la falta de respeto total (ganada a pulso) de si se celebraría o no el evento, pues se había suspendido el de dos días antes en Valencia, el concierto se dibujaba solo como una vía directa al pasado y a la nostalgia, independientemente de lo que se viera y escuchara. Sonaron cinco canciones de los Smiths, y no faltaron las mejores canciones de su carrera en solitario, pero por momentos, lo de menos era la canción que sonase porque todo se desarrolló en un estado de flotación límbica en donde, llevada en volandas por una banda que sonó espectacular, la voz de Morrissey, totalmente única e inconfundible entre todas todavía hoy, me envolvió y me trasladó a un encuentro en la tercera fase, o cuarta, en donde el tiempo se detenía y podías estar en cualquier momento de hace veinte, treinta y hasta cuarenta años, cuando por primera vez sonó en el tocadiscos la primera canción del primer disco, "Reel around the fountain", y en cierta manera, todo cambiara para siempre en mi brújula musical.

Cada vez resulta más difícil zafarse de la tristeza, con todos sus tentáculos, la tristeza por el pasado perdido, la tristeza por la fea realidad del inevitable deterioro, la tristeza de pensar que algo no volverá a pasar o que es muy posible que no vuelvas a ver a alguien tan esquivo como Morrissey, pero ahí quedarán los momentos, las sensaciones y un puñado de imágenes y recuerdos que desde hoy procederán a tergiversarse y deformarse cada día que pase para su correspondiente magnificación y gloria. Pero sí, gracias a mi amigo, hoy volví a ver a aquella estrella personal que me guió y acompañó mi vida con canciones que nunca me han dejado, ni me dejarán, de tan adentro que perviven.

Habiendo alcanzando cotas de emoción interna que uno ya casi no recordaba, la despedida apoteósica de la noche no podía haber sido otra: la luz que nunca se apaga.

Foto: Heraldo de Aragón

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