"300 razones" (Sarah Manguso) Subrayadas (215)

16/4/26

En las reuniones del claustro me sentaba al lado de gente que había vendido dos millones de copias de sus libros. El éxito parecía tan cerca, al alcance de la mano. En los bancos del metro me sentaba al lado de gente que tenía gangrena, que se estaba muriendo, pero nunca se me ocurrió pensar que iba a pillar lo que ellos tenían.

La oscuridad lo posee todo, pero el sol sale lo bastante a menudo como para que creamos que el universo es mitad oscuridad, mitad luz.

Imaginaos un almacén cerrado repleto de todas las partituras viejas que tuve que rendir para profesores de música y directores de coros, papeles abandonados sin usar durante décadas, amarilleando, con anotaciones a lápiz, páginas contenedoras de tanta alegría que a veces me dejaban muda de la emoción. Nadie que las recoja podrá saber nunca cómo me salvaron la vida, una y otra vez.

El problema de permitir que te vean en tu peor momento no es que se acuerden, es que te acordarás tú.

Cuando perdí la esperanza de superar mis miedos, dejaron de ser una carga. La esperanza era lo que los convertía en una carga.

A la gente interesante no le interesa parecer interesante.

Es preferible imaginarte que los demás te odian a aceptar tu insignificancia.

¿Qué es más emocionante que una aventura? Saber que el otro está dispuesto a tener una aventura.

Hubo algunos a los que quise tanto antes de tenerlos que toda la experiencia de tenerlos fue el luto por mi antigua hambre.

Nos escondemos a simple vista, en nuestros cuerpos.

No hay recuerdos, solo artefactos históricos. Y todos mienten.

Verdaderamente, hay dos clases de personas: tú y todas los demás.

Respetad al artista con un solo éxito no por ese único éxito, sino por todos los días que habrá sufrido después, intentando conseguir otro.

La preocupación es la impaciencia por el próximo horror.

El fracaso es una buena preparación para el éxito, que llega como una sorpresa agradable, pero el éxito es una mala preparación para el fracaso.

Solía perseguir las cosas habituales -sexo, drogas, barrios peligrosos- para disfrutar de la sensación de desperdiciar mi vida, del peligro tentador. La maternidad por fin ha satisfecho esa hambre. Es una autodestrucción que no se acaba nunca y que no nota nadie.

Miro a la gente joven y me maravillo de su ignorancia de lo que está por venir, y la gente mayor me mira a mí.

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