"El celo" (Sabina Urraca) Subrayadas (218)

16/5/26

Piensa en los dos diazepanes que se ha dejado a sí misma como premio sobre la cómoda, en el lugar exacto donde estaría la tele en un salón normal. Su ocio es esa suspensión de la vida.

Cerró los ojos y se recordó tres meses antes, aún viviendo en la planta de arriba de la casa, tumbada sobre una manta de cuadros, disciplinándose para hacer algo que no quería hacer y que ya había hecho otras veces: ceder su cuerpo como quien va al dentista y abre la boca y baja la lengua, y no la cierra aunque le duela la mandíbula, aunque le parezca que se le van a rajar las comisuras.

A veces Mecha intenta explicarse reciclando malamente el lenguaje del grupo de terapia. Mezcla palabras. Dice alineada en lugar de alienada. Aunque quizá sea igual. ¿No es lo mismo vivir controladas por una fuerza superior a ellas que formar fila sin salirse ni un paso de la línea? Mecha, corazón siempre a punto de salirse del pecho, nube de humo, ojos como dos puñaladas que se derraman, dice síndrome de estrés posdramático en lugar de síndrome de estrés postraumático. Pero también la Humana cede paso a esa palabra en su cabeza.

El amor, inmenso poltergeist.

¿Tú sabes que no se puede obligar a ser feliz a alguien que no puede?

Había un perro guardián en las obras de Las Aguas que tiraba y tiraba, fiero, bestial, ladrando como un cancerbero. Los niños se acercaban disfrutando del terror. Un día, en uno de los tirones, la cadena se rompió. Silencio sepulcral, la mano de Piti apretando su brazo. Entonces el perro empezó a lloriquear. Se volvía hacia la atadura rota, temblando. No sabía vivir suelto, el cambio de las dimensiones del mundo lo aterraba.

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