"Los diarios de Emilio Renzi" (Ricardo Piglia) Subrayadas (219)

28/5/26

Mi abuelo, dijo Renzi, abandonó el campo y vino a vivir con nosotros a Adrogué cuando murió mi abuela Rosa. Dejó sin cambiar la hoja del almanaque en el 3 de febrero de 1943, como si el tiempo se hubiera detenido la tarde de la muerte. Y el aterrador calendario, con el bloc de los números fijo en esa fecha, estuvo en casa durante años.

La experiencia, se había dado cuenta, es una multiplicación microscópica de pequeños acontecimientos que se repiten y se expanden, sin conexión, dispersos, en fuga. Su vida, había comprendido ahora, estaba dividida en secuencias lineales, series abiertas que se remontaban al pasado remoto: incidentes mínimos, estar solo en un cuarto de hotel, ver su cara en un fotomatón, subir a un taxi, besar a una mujer, levantar la vista de la página y mirar por la ventana, ¿cuántas veces?

A veces, los momentos perfectos tienen por testigo sólo a quien los vive. Podemos llamar a ese murmullo —ilusorio, ideal, incierto— la historia personal.

Ella se fue a fin de mes y antes de irse me dijo que me quería, que habíamos pasado unos días inolvidables. Y después, con un gesto encantador, se sacó el flequillo de los ojos y me dijo que iba a Buenos Aires a casarse. Quedé fulminado. Se casa pronto y vino a Mar del Plata a buscar una aventura para sus últimos días de soltera. Vos no sabés cómo me llamo ni quién soy, vos me dijiste que te llamas Emilio y que sos escritor. Uno miente cuando está apasionado y vive una aventura de corta vida. Me quedé seco. Se fue el lunes y no me dejó que fuera a despedirla a la estación. Se reía como si todo fuera muy divertido. Te voy a extrañar, dijo, y no te voy a olvidar. Mentía. Pero no me importa, las mentiras, me dijo, hacen más llevadera la vida.

Ya no pienso en ella. Paso la mañana en la playa y la tarde en la biblioteca pública, revisando viejos números de la revista Martín Fierro. Me conformo pensando que dentro de un mes, dentro de un año todo esto que parece insuperable será —apenas— un recuerdo. Pensamientos compensatorios, coartadas.

La vida es una cadena de encuentros casuales pero tratamos de explicarnos a nosotros mismos como si hubiéramos elegido desde el comienzo. Caminos que «parecen» casuales pero son el resultado de toda una manera de vivir.

Cuando quiero tranquilizarme me refugio en el futuro: dentro de diez años me voy a reír de todo esto.

Para pensar hay que dejar de tomar decisiones. Hay que forzar la inteligencia en el ejercicio inútil del pensamiento puro. La indecisión ya es una enfermedad del pensamiento. Y ése es el origen de la filosofía.

La soledad es un momento amable si hay alguien en la periferia, la única soledad insoportable es la de no «contar» para nadie. Para mí, el solitario no es Robinson Crusoe sino alguien en medio de la multitud a quien nadie conoce.

Lo único que me hace seguir anotando los días en estos cuadernos es el intento de encontrar un sentido que quiebre la opacidad de las horas sin huellas.

Me miro la cara en el espejo mientras me afeito, es el primer chiste del día.

Vivir en la incoherencia es algo que debemos envidiarle a los locos.

El sufrimiento escapa al saber en tanto es vivido por uno a pesar del conocimiento, que no puede transformarlo ni evitar que suceda. Una frase de Sartre puede ligarse a esto que digo: «La conciencia no es conocimiento de las ideas, sino conocimiento práctico de las cosas. No basta conocer la causa de una pasión para suprimirla; hay que vivirla, hay que oponerle otras pasiones, hay que combatirla con tenacidad».

Obsesión secreta, pasión solitaria, el suicidio es un vicio del pensamiento, manía del intelectual que piensa demasiado, que está condenado a pensar.

Mi historia se resume así: ahora me escapo, después veremos.

Es absurda esta especie de necesidad de que los días pasen, indefinidos, a la espera. Supongo que nunca me detuve a pensar que estos días son en realidad lo que tengo y que daré cualquier cosa por ellos en el futuro.

¿Qué importa? Todo tiene el mismo fin. Esforzarse para demostrarse a sí mismo y a los demás que uno tiene talento. ¿Por qué? ¿Para qué?

Bella frase de Marx: «La muerte, esa revancha de la especie sobre el individuo».

Es imposible vivir sin ilusiones, pero hay que saber que las ilusiones son historias imaginarias que uno se cuenta a sí mismo.

No se trata de fomentar el autocontrol, sino de controlar el descontrol.

Un hombre que le cuenta a otro sus aventuras amorosas es un tarado, y si encima es el padre de uno, esa estupidez infantil se convierte en algo siniestro.

El tiempo vivido se embellece justamente porque está en el pasado. Estos días oscuros se verán luminosos cuando la distancia me permita observarlos como si fueran un paisaje.

Estos días que ahora se arrastran lentamente, y que tanto cuesta soportar, serán solamente una nostalgia melancólica. El enamorado se entrega al alivio del tiempo que pasa, única compensación frente a la pérdida.

Hace falta mucho coraje para retirarse antes de que suenen los avisos de incendio.

En el diario de Pavese el «tema» parece ser la imposibilidad de suicidarse («Nunca podré hacerlo, es más difícil que un asesinato»). R. Akutagawa: «¿No querrá alguien apretarme el cuello, calladamente, mientras yo duermo?».

Todos, decía mi abuelo, somos muertos con permiso.

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