22/10/26
Son seres que dejan pocas huellas tras de sí. Personas casi anónimas. Nunca se alejan de ciertas calles de París, de ciertos paisajes de suburbio donde descubrí, por casualidad, que habían vivido. Lo que se sabe de ellas se resume en una simple dirección. Y esta precisión topográfica contrasta con todo lo que se ignorará para siempre de su vida… ese vacío, ese bloque de desconocimiento y silencio.
La noche cae pronto y es preferible: borra el tono gris y la monotonía de estos días de lluvia en los que uno se pregunta si existe verdaderamente el día o si se trata más bien de un estado intermedio, una suerte de eclipse sombrío, que se prolonga hasta primeras horas de la tarde.
Josette Delimal tenía veintiún años. Claudette Bloch la había conocido en la prisión preventiva de la Prefectura de policía antes de que ambas fueran internadas en Tourelles, el mismo día. Según su testimonio, Josette Delimal «había sobrellevado una vida muy dura antes de la guerra y no había hecho acopio de la energía que se extrae de los recuerdos felices. Se hallaba completamente hundida. Yo la animaba cuanto podía […]. Cuando nos condujeron al dormitorio y nos asignaron una cama, pedí con insistencia que no nos separasen. No nos separamos hasta que nos llevaron a Auschwitz, donde el tifus se la llevó pronto». Esto es lo poco que sé de Josette Delimal. Me gustaría saber más.














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