"Oxígeno" (Marta Jiménez Serrano) Subrayadas (234)

16/10/26

Finalmente concertamos una cita, dos, tres, cuatro, y visitamos pisos que tienen moho en las juntas de la ducha, o que llaman habitación a un espacio sin ventanas, o que tienen el baño dentro de la cocina o que dan por completo a un patio interior, y por esos pisos nos piden 1.050 euros al mes, más la fianza, más un aval, más tres meses de depósito, más el último ejercicio fiscal, más nuestra nómina (¿nuestra qué?), y eso sería todo.

Intuía que era mejor no preguntar, y cuando es mejor no preguntar es que hay algo que saber.

Por las noches me acuesto en el cuarto que comparto con mi hermana y, cuando compruebo que su respiración es regular, la respiración de alguien que duerme, dejo caer una lágrima. Hay que estar sola para llorar, porque de lo contrario se preocupan las abuelas, y los abuelos, y los hermanos, y las fichas de dominó van cayendo en fila hasta la última, todas planas y derrotadas sobre la mesa. Me tiembla la barbilla, la aprieto y miro al techo con los ojos muy abiertos.

Hay quien piensa que el avión se va a caer. Yo no necesito el avión. A mí me basta con el ventilador de techo. Cuando se caiga, ¿me dará tiempo a apartarme? ¿Pararán las aspas de dar vueltas durante la caída y sufriré solamente el impacto del ventilador? ¿O seguirán las aspas dando vueltas a toda velocidad y me cortarán en dos? En dos no, qué exagerada. Quizá solo una oreja. La nariz desviada. Bueno, sin una oreja se puede vivir. Y entonces, cuando compruebo que el accidente no será mortal, me duermo.

He aquí una frase extraña: supe qué es estar muriéndose. Nos preguntamos cómo será morirse, como si morir fuera una sola cosa, pero hay muchos modos de morir. Por intoxicación de monóxido de carbono, si tengo que ser honesta, no se muere mal. Simplemente, iba dejando de sentir el cuerpo. Del síncope no puedo contar nada, lo que sí puedo contar es ese estado extraño en el que notaba que me iba, ese umbral en el que todavía oía el mundo pero sentía cómo iba dejando de escucharlo. Pensaba que se apagaba el mundo, pero la que me apagaba era yo.

La vida y la muerte cuando se desean están muy lejos y cuando no se desean son tan probables que asusta.

Ocultamos los defectos y las discrepancias para que nos quieran, y yo jugué sobre seguro: confesé mis pecados cuando ya era demasiado tarde, cuando él seguía fingiendo que no me quería del todo pero en realidad me quería ya mucho.

Para ser un nuevo tú tienes que traicionar al anterior.

Hoy sé que todo lo que se guarda sale por otro lado, en forma de úlcera, de ansiedad, de urticaria, de sobrepeso, de tic, de insomnio, de vómito, de adicción, de parálisis, de libro.

Nunca lo comprendí demasiado, pero ahora comprendo aún menos el carpe diem. Por supuesto que no tenemos que vivir como si nos fuéramos a morir mañana, eso es una fantasía absurda que nos pinta a todos urgentemente felices. ¿Cómo sería tu última cena ideal? No te lo preguntes: en tu última cena estarás inapetente. La única lógica posible es la de vivir como si no nos fuéramos a morir nunca, o por lo menos como si nos fuéramos a morir un día muy, muy lejano.

Damos muchísimos rodeos para ignorar lo que tenemos delante de los ojos, y el psicólogo se dedica a ponérnoslo delante una y otra vez, a pesar de nuestros rodeos, una y otra vez hasta que un día, al fin, nos chocamos.

Saco a colación aquellos versos de Alejandra Pizarnik:
Me dicen
tienes la vida por delante
pero yo miro
y no veo nada.


Cada uno de nosotros solo morirá una vez en la vida, y cualquier aproximación nunca será un aprendizaje.

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