Crossings (V) Encuentros (42)

20/1/11

‘La sala se llenó, por ver tu última actuación’
Bíceps, ‘Muñeco de ficción’


Unos suaves golpes volvieron a sonar en la puerta de su camerino y, como en las anteriores ocasiones, apenas insistieron. La persona que ocupaba el habitáculo lo agradeció en silencio sin dejar de mirar en ningún momento, absorta, casi hipnotizada, el pequeño monitor de circuito cerrado de televisión que le devolvía las imágenes de lo que ocurría en la sala donde, hacía un rato, había abandonado su concierto ante el estupor del personal. Sólo de vez en cuando desviaba la mirada y sus ojos se posaban en la botella de whisky que descansaba, sin abrir, encima de la mesa, junto a varios tiros pulcramente preparados, también sin tocar. Necesitaba pensar, necesitaba digerir lo que acababa de acontecer y volver a tomar una decisión que iba –no le cabía duda- a marcar el rumbo de su vida en uno u otro sentido.

No habían pasado ni tres horas desde que, mirando fijamente su botella y aderezos, había tomado una primera e insólita decisión. No recordaba un solo día, un solo concierto, en el que no hubiera subido al escenario empujado por sus efluvios, animado por sus efectos y desbocado por sus consecuencias. Lo que había empezado, de forma tan común, como una simple ayuda para controlar los nervios y el consabido miedo escénico, había terminado por convertirse en un parámetro fijo en la liturgia previa a sus actuaciones, en una situación cotidiana y recurrente cuya ausencia se hacía casi imposible de concebir, alimentada además seguramente por la positiva evolución de su grupo en el tiempo y una creciente aceptación entre público y crítica. El miedo después ya no era a los nervios, a la gente que le jaleaba, a no cumplir las expectativas, el temor envolvía la sola idea de imaginar cómo respondería sin recurrir a ese factor exógeno, cuando resultaba diáfano que con él las cosas estaban bajo control y con probada garantía de éxito. A pesar de todo, sin embargo, también había sido siempre plenamente consciente de que esa ayuda exigía un alto precio a pagar, tanto más alto cuanto más se demorara en satisfacerlo, por lo que sabía que tarde o temprano tendría que parar.

No había sido algo premeditado, pero aquella noche confluían una serie de elementos como para poder interpretar que ese momento de decir basta había llegado: hacía poco tiempo que había cumplido los cuarenta años, un hito que había mitificado desde mucho tiempo atrás, asociándolo con toda clase de hechos de índole apocalíptica y terminal, pero que, contra su propio pronóstico, de momento afrontaba sin apelar a soluciones psiquiátricas; muy pronto la banda que él comandaba llegaría a su vigésimo año de carrera; y volvía a tocar en su ciudad natal tras más de un lustro sin hacerlo. Tenía claro que si todo esto no se hubiera aunado, ni se habría planteado que ésa iba a ser la noche de su particular punto de inflexión, la primera vez que saliera sobrio a escena. Ni siquiera algo que se había posado en su cabeza y que difícilmente podía apartar de sus pensamientos, pero que él sabía que, en realidad, también había contribuido decisivamente al final a su particular resolución.


Se sintió incómodo desde que se ajustó la cincha de su guitarra acústica y levantó su cabeza para encontrarse con la gente que había acudido a su concierto. La sala era un sitio con aforo limitado, muy similar a los lugares donde solían tocar, más allá de su participación en algún eventual festival, pero a él le pareció estar en ese momento ante un estadio abarrotado. Pasó la primera canción, uno de sus mayores éxitos, como un zombi, deseando que terminara con la esperanza de ir entrando poco a poco en ambiente, en encontrarse a sí mismo, o mejor, en encontrar al que salía normalmente al escenario. Después del tercer tema, de recibir algunas miradas desconcertadas de sus compañeros -que suponía habrían subido al escenario sin alterar sus costumbres-, y de constatar que el público no se estaba enganchando, ya se había convencido de que había cometido un error de consecuencias más graves de lo que hubiera podido esperar, pero no fue hasta que se materializó lo que se había fraguado con temor en su mente poco antes de empezar a tocar, cuando la zozobra derivó en desastre. Alguien hacia la cuarta fila agitó una mano en lo que parecía un saludo y, casi involuntariamente, fijó su vista allí. Era su hija, y el que estaba a su derecha, con expresión menos sonriente, su hijo. Tenían diecisiete y dieciséis años, y aunque no lo adivinaba especialmente probable, había intuido que existía el riesgo que al que ahora se enfrentaba y para el que no se sentía en absoluto preparado todavía (ni lo estaría probablemente nunca).

No eran unas estrellas de masas pero tenían la fortuna haber encontrado desde el principio un público fiel, hacer diana con un puñado de canciones, haber acertado con las personas del mundillo en quien confiar, tenían la suerte, en definitiva, de poder vivir, si bien sin lujos, de la música. Y con lo que ello conlleva, viajes, ausencias constantes, promociones, vida nocturna, tentaciones permanentes en derredor…lo que empezó como una bonita historia desembocó en una ruptura anunciada con la madre sus hijos. La frágil y cordial relación que quedó después tampoco duró lo suficiente como para ver a sus hijos de forma diferente a los extraños que ahora tenía enfrente, entre otras cosas por no haber puesto tampoco gran empeño por su parte. Lo cual no significaba que no mantuvieran cierta relación y fueran ajenos a la profesión de su padre.

Definitivamente verlos entre el público le superó por completo. Al preocupante hecho de admitir que no era el mismo en el escenario sin su dosis narcoalcohólica se unía la constatación fehaciente de lo que se negaba a reconocer una y otra vez, que ya no era joven, que sus sueños ya no eran los mismos, que todo cambiaba lo quisiera o no, y todo eso lo veía en los ojos de sus hijos, que, desde la cuarta fila, sentía como lo fulminaban de forma inmisericorde. Un extraño pensamiento muy parecido a la nostalgia sobre lo que pudo haber sido y no fue en su relación con ellos, sobre cierto sentimiento de culpa y de irresponsabilidad como padre, le sobrevino al terminar la quinta canción.
Fue la gota que colmó el vaso de su atormentada situación y lo que hizo que, definitivamente, abandonara el escenario.

Volvió a mirar la pantalla del monitor. La sala seguía llena de gente. No podía engañarse más, y sabiendo perfectamente lo que ello significaba, abrió la botella, comenzando su ritual una vez más. Al cabo de un rato, fue a descolgar el teléfono pero no hizo falta hablar, en ese momento llamaron de nuevo a su puerta y esta vez contestó para ordenar que anunciaran que en media hora volverían al escenario. Contempló complacido a través del circuito cerrado cómo la gente recibía la noticia con entusiasmo. No distinguió a sus hijos entre los presentes. En todo caso ya le daba igual. x Atreyu



‘Te pierdes de verdad y nadie te va a encontrar, muñeco de ficción,
entraste en la oscuridad’
Bíceps, ‘Muñeco de ficción’

2 comentarios:

Miguel Sp ha dicho...

Mola, y aun mola más cuando has pasado los cuarenta, sin miedo a los cinquenta y alejándose de los sesenta.
Bravo A.treyu

Anónimo ha dicho...

Soy padre y no hace mucho me encontré a mi hija una noche de sábado, me cayeron otros 15 años mas. Entiendo este relato como mío