3/4/23
La infancia es larga, larga, larga. Más tarde viene la edad adulta que dura un segundo y al siguiente segundo la muerte resplandece, brilla.
Eras tan glotona de la vida que te la tragaste con tu
muerte dentro, como esos niños pequeños que se tragan
el hueso de un melocotón, muy rápido, antes de
que uno tenga tiempo de avisarlos.
Horas echado en una cama en una habitación, mirando
los movimientos de una cortina agitada por el viento.
¿Hay algo mejor que hacer? (...) Frente a la plenitud de esas horas
—sí, sí: plenitud— escribir está casi de más.
A veces tengo ganas de morirme como el niño tiene
ganas de abrir su regalo antes de tiempo.
Un trébol de cuatro hojas no se descubre tan a menudo,
es raro, casi un milagro. Sí, de acuerdo, pero
considero ya milagroso un trébol de especie común,
con tres hojas, no salgo de mi asombro ante estas cosas
tan banales y yo ante ellas destinado a desaparecer.
Uno puede muy bien no querer vivir y
comer carne y patatas salteadas.
Si tuviera que hacer un currículo —esa especie de
papel que se tiene que presentar a un futuro patrón,
como en otros tiempos el esclavo tenía que enseñar el
buen estado de su dentadura—, tendría partes en blanco
por todos sitios, ausencias de varios años como esa
gente que sale de la cárcel o de un estado de coma. La
mayor parte del tiempo ya no sé dónde estaba yo, y
tal vez es porque no estaba en realidad.
Debajo, está el abismo. Para no resbalar en él, me agarro
a una brizna de hierba. Desde hace cuarenta y cinco
años me agarro a ella y resiste, milagrosamente resiste.
Los quiero mucho, a mis perezosos consejeros, el que
apesadumbra y el que aburre. Sólo hago cosas en su
ausencia. Cuando vuelven, lo paro todo, me echo en
la cama y nos fumamos un cigarrillo —los tres.
Lo que encuentro es mil veces más bello que lo que
busco.
Entre los veinte y los treinta años se casaron la mayor
parte de los que conocía y los miraba con asombro.
Pensaba que para vivir con alguien, cualquiera
que fuera la persona, se requería una fuerza excepcional
de la que yo estaba desprovisto, similar a la que se
concede a los héroes de leyenda. Todavía lo pienso.
El espectáculo de la vida conyugal suscita en mí la
misma mezcolanza de admiración y de espanto como,
en la más tierna infancia, las historias de ogros y de
hadas.
No sé si me gustaría vivir con alguien como yo. Creo
que no. Gracias a Dios, no vivo conmigo.
Más que nada, me gusta que me dejen solo. Es mi
enfermedad. Mi salud proviene directamente de mi enfermedad.
Supe muy pronto lo que no quería. Correspondía a la
totalidad de lo que se me proponía como porvenir.
Un matrimonio, un trabajo. Unos objetos, unos horarios.
Los vivos que se conforman con tan poco hacen
como que viven: eso es lo que yo pensaba entonces.
Cada vez me gusta más esta vida en la que participo
cada vez menos.
Treinta frases de un libro y tenéis sobre el autor una
visión más segura que la que él mismo podrá tener
sobre sí mismo.
La escritura es la
hermana tardía de la palabra en la que un individuo,
viajando desde su soledad a la soledad del otro, puebla
el espacio entre las dos soledades con una vía láctea de palabras.
Esta mañana, ante el espejo de encima del lavabo, alguien de los años noventa, que se me parece de lejos,
se ha dado un corte en la barbilla afeitándose. El dolor,
fino, ha resucitado a otro que se hacía rasguños
en los codos y en las rodillas en la arena de las escuelas,
en los años cincuenta. Con ese, que se me parecía
mucho más, salí del cuarto de baño y con él continué
mi jornada. Al otro lo abandoné arreglándose, enjaulado
en el espejo.
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