3/9/26
Caetano Veloso sostiene que todas las canciones son autobiográficas, hasta las que no lo son. El poso que un narrador deja en sus historias es tan inevitable como la pizca de pasado que la memoria se cuida de insertar en el presente y sin el cual desaparecerían las referencias. El mundo se volvería extático e inaccesible. A lo mejor molaba más, ahora que lo pienso.
No hay nada más frágil en este planeta que un mozalbete enamorado. En mi opinión, cualquier músico de rock que se precie haría bien en no permitirse superar la adolescencia hasta bien entrada la cincuentena. Si es que llega tan lejos, claro está.
Es sabido que la capacidad de flotación de las canciones es directamente proporcional a la cantidad de emoción que son capaces de desplazar. Qué sería de nosotros sin las canciones. Es una suerte que haya aprendido a reconocerlas hasta en el más oscuro de los abismos, porque solo así saldré airoso del naufragio.
Llega un momento en el que una banda de rock empieza a parecerse por dentro a un parvulario. Estamos ante una estructura demasiado encerrada en sí misma como para poder madurar al sol del mundo exterior. Endogamia en estado puro y una oscuridad que solo es capaz de iluminarse cuando se encienden los focos del escenario. Una entidad abisal que se ha acostumbrado a nadar en el absurdo. Peterpanismo crónico terquedad... Llámalo como quieras.
Solía llevar su tiempo dar con según qué grupos. Horas de inmersión en tiendas de discos, conversaciones hasta las tantas con otros freaks y por supuesto la inestimable ayuda del personal de las tiendas de discos, las revistas especializadas, los fanzines y algunos programas de radio y televisión. Toda esa arqueología, cuando llega a buen puerto, se transforma en amor eterno.
Una canción pop son tres minutos de gloria en las alturas listos para acudir al rescate cuando haga falta. Tus descubrimientos son tuyos y de nadie más. Para siempre.




























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