17/9/26
FINALES (FERNANDO Y RUT: FERNANDO)
"Cada segundo que pasa es un milagro que no se repite." (Albert Einstein)
Fue en 2008 cuando vio por primera vez el videoclip de la canción ‘Savin’ me’ de Nickelback. A partir de entonces sintió la necesidad de comenzar con un hábito que no dejaría ya de acompañarle por mucho tiempo.
De entrada no lo compartió con nadie, pero su pequeña libreta negra iba casi
siempre con él y en cualquier momento anotaba una cifra.
No era dinero.
No eran pasos.
No eran calorías.
Eran finales.
Escribía cosas como:
"Quedan 12.000 cafés."
"Quedan 300 libros por leer."
"Quedan 30 veranos."
Sabía que los números eran inventados. Nadie podía calcularlos de verdad. Pero le ayudaban a recordar algo tan trivial como insoslayable: todo lo que hacemos tiene una última vez.
Un martes de noviembre conoció a Rut.
Coincidieron en un tren regional que avanzaba con la lentitud resignada de los trenes que cruzan pueblos olvidados. Lo hacía de vez en cuando por puro placer, no iba realmente a ninguna parte, solo quería disfrutar del trayecto sin más, pensando, desconectado, abstraído… comenzó haciéndolo muy joven en
autobuses municipales pero pronto se le hizo corto el trayecto intramuros de la ciudad y optó por sofisticar de alguna manera su excéntrica rutina cuando necesitaba especialmente cavilar.
Ella se sentó frente a él y observó cómo escribía en su libreta.
—¿Es un diario?
Fernando dudó, a medio camino entre la turbación y la sorpresa.
—Más o menos.
—¿Puedo preguntar qué escribes?
—No sé. Quizá pienses que no soy normal del todo, en el sentido convencional digo- Sonrió.
—Eso aumenta mi interés- Ella también esbozó una sonrisa.
Fernando se animó, abrió una página al azar y le pasó la libreta.
Rut leyó en silencio con atención.
"Quedan 187 abrazos a mi madre."
Levantó la vista.
—Pues tenías razón…estás algo loco, sí.
—No digas que no te previne…
—¿Por qué lo haces?
Fernando desvió la mirada hacia el paisaje a través de la ventana.
—Porque vivimos como si todo fuera infinito. Pero nada lo es. Nada.
Ella permaneció callada.
—Algún día beberás tu último café. Verás tu última puesta de sol. Harás tu último viaje… y no sabrás que es el último.
—Suena triste.
—A mí me parece valioso… o al menos me hace reflexionar… también sé que no es un ejercicio sano en absoluto…
Rut cerró la libreta con suavidad.
—Tal vez sea ambas cosas.
Aquella conversación duró apenas media hora hasta que ella se apeó.
Después vinieron otras.
Algún café.
Algún cine.
Llamadas inesperadas.
Comidas demasiado largas para ser inocuas o intrascendentes.
Empezaron a verse cada vez con más y más frecuencia.
Y, sin darse cuenta, se convirtieron en una parte clave de la vida del otro.
Una tarde del invierno ya avanzado, mientras caminaban por un parque casi vacío, Rut preguntó:
—¿También me cuentas a mí?
—¿Cómo?
—En tu libreta.
Fernando bajó la cabeza. No lo esperaba.
—Sí.
—¿Y cuántas veces quedan?
—No lo sé.
—Invéntalo también.
Fernando sonrió.
—Quizá mil conversaciones.
—Eso es bastante.
—No creo.
Rut se quedó pensativa.
—¿Sabes qué creo? Que tu problema es que miras los finales.
—¿Ah sí? ¿Y qué debería mirar?
—Que todavía quedan veces.
Fernando no respondió.
Los años pasaron.
Como pasa todo.
La libreta se llenó y fue sustituida por otra.
Después por otra.
Los padres de Fernando envejecieron.
Algunos amigos desaparecieron de su vida.
Gente conocida de su derredor expiró antes de tiempo, si es esto último puede realmente decirse…
Las cifras imaginarias de sus cuadernos comenzaron a parecer menos absurdas.
Una mañana de primavera recibió la noticia de que un antiguo compañero de trabajo con el que siempre mantuvo buena relación -sin más, aunque sí era mucho más que con el resto de compañeros- había fallecido.
Aquella noche escribió:
"Ya llegaron los finales."
Y por primera vez desde que estrenara la primera, la libreta le pareció pesada.
Cuando Rut llegó a casa, lo encontró mirando la mesa sin hacer nada, con la mirada perdida.
—¿Qué pasa?
—Creo que me he equivocado todos estos años.
—¿Con qué?
—Con los números.
Ella se sentó a su lado.
—¿Por qué?
—Porque en realidad solo sirven para recordar lo que vas a perder.
Rut tomó una de las viejas libretas y la abrió. Leyó varias páginas.
Sonrió.
—No.
—¿No?
—Mira esto.
Le señaló una anotación de hacía ya más de una década.
"Quedan pocas cenas con Rut, porque probablemente solo somos amigos circunstanciales, con fecha de caducidad."
Fernando soltó una risotada.
—Vaya visión de futuro.
—Exacto. Te has equivocado constantemente.
Siguió pasando hojas.
"Quedan siete viajes juntos, como mucho."
"Quedan sesenta conversaciones memorables."
"Quedan cuatro años de amistad."
Rut cerró el cuaderno.
—Tus números nunca acertaron.
—Es verdad.
—Y gracias a eso hemos vivido muchas más cosas de las que imaginabas.
Por primera vez en años, Fernando pensó que quizá la libreta era menos una herramienta pseudomatemática que una colección de errores felices.
Aquel día no escribió nada.
Y el siguiente tampoco.
Parecía haber abandonado su automatismo.
Algún tiempo después, Rut encontró una nueva libreta sobre la mesa, al lado de él.
Solo contenía una frase.
"No quiero seguir contabilizando entelequias."
—Me alegra ver esto —dijo ella.
—A mí también.
—Bienvenido al mundo normal.
—No exageremos.
Ambos rieron.
Luego siguieron viviendo.
Como vive la gente.
Sin grandes revelaciones.
Sin música de fondo.
Con días buenos y malos.
Con enfermedades menores.
Con celebraciones.
Con domingos aburridos.
Con todo lo que compone una vida real.
Hasta que llegó una tarde cualquiera.
Una tarde tan corriente que no parecía capaz de contener nada extraordinario.
Fernando y Rut estaban sentados en una terraza observando a los transeúntes. Les gustaba hacerlo, ver la vida pasar, ‘como a Pérez Reverte’ recordaba él siempre, ufano.
El sol descendía lentamente.
—¿En qué piensas? —preguntó ella.
—En que tenías razón.
—¿Otra vez?
—Sí.
—Bueno…Eso empieza a ser preocupante.
Fernando señaló a la gente que caminaba frente a ellos.
—Nadie sabe cuántas veces quedan.
—Y mejor así.
—Sí. Mejor así.
Quedaron en silencio.
Uno de esos silencios cómodos que solo aparecen después de mucho tiempo y confianza compartidos.
Entonces Rut dijo:
—Si pudieras saberlo, ¿querrías conocer tu número?
Fernando tardó en responder.
—Antes habría dicho que sí.
—¿Y ahora?
—Ahora no.
—Buena respuesta.
Fernando asintió y sonrió.
Y dejó de hablar.
Rut esperó unos segundos.
Luego unos pocos más.
Pensó que se había distraído.
—¿Fernando?
No hubo respuesta.
La sonrisa seguía allí.
Serena.
Inmóvil.
Definitiva.
Los médicos dirían después que fue instantáneo. Un fallo cardíaco imprevisible.
Nada especialmente dramático.
Un final rápido.
La clase de final que no avisa. Y que era precisamente el que él había deseado siempre. No enfermedades largas y penosas, no luengo sufrimiento ni para él ni para su gente…
Durante los días siguientes, una Rut lánguida y deshecha tuvo que ordenar la casa.
Entre todos los enseres encontró la primera libreta. Aquella que cogiera hace tanto tiempo en aquel vetusto tren.
No pudo sustraerse a hojearla.
En la última página, que nunca había visto, había una nota escrita muchos años atrás.
No seguía el patrón de las demás… no decía:
"Quedan diez años."
Ni:
"Quedan mil conversaciones."
Ni siquiera contenía un número.
Solo una frase.
Una única frase.
"El día que deje de contar será quizá porque habré comprendido que la vida no se mide por las veces que faltan, sino por las que ya ocurrieron."
Rut cerró la libreta.
Y entonces descubrió algo más.
Pegado en la contraportada había un sobre abultado. Una suerte de adenda posterior.
Dentro había varias hojas dobladas.
Trémula, las desplegó.
Era una gran lista.
No de finales.
De comienzos.
"Primer café con Rut."
"Primera carcajada en el coche."
"Primer viaje."
"Primera discusión absurda."
"Primer silencio cómodo."
"Primer verano. Quiero todos sus veranos".
Cientos de anotaciones.
Y en la última línea, escrita con tinta más reciente, leyó:
"Todavía no sé cuántas veces quedan. Pero ya sé que las importantes fueron suficientes."
Rut sonrió entre lágrimas.
Porque durante años había creído que Fernando llevaba una contabilidad obsesiva de las pérdidas futuras.
Y solo entonces entendió la verdad.
Nunca había estado contando el final.
Había estado aprendiendo a agradecer todo lo que había llegado antes.

FINALES (FERNANDO Y RUT: RUT)
La primera vez que vi a Fernando pensé que era un hombre triste.
No deprimido.
No derrotado.
Simplemente triste.
Como alguien que había entendido algo demasiado pronto.
Lo conocí en un tren regional y que avanzaba con la misma ilusión con la que envejecen las estaciones: sin remedio.
Yo iba leyendo una novela que no me interesaba demasiado. Él escribía en una libreta negra.
No levantó la vista en casi todo el trayecto.
Eso despertó mi curiosidad.
La gente suele mirar por la ventana, consultar el móvil o fingir que duerme.
Pero aquel hombre escribía con una concentración extraña.
Como si estuviera tomando notas para un examen que fuera a cambiarle la vida.
Cuando el tren dio un frenazo, la libreta resbaló de sus manos y cayó al suelo.
La recogí.
Sin querer leí una línea.
"Quedan aproximadamente 11.000 cafés."
Le devolví la libreta.
—¿Eso es una amenaza o una predicción?
Me miró sorprendido.
Después sonrió.
Fue la primera vez que le vi sonreír.
—Ninguna de las dos.
—Pues parece bastante específica.
—Es un cálculo.
—¿De qué?
Vaciló unos segundos.
—De cuántas cosas me quedan por hacer antes de morir.
Recuerdo que solté una carcajada.
Una carcajada sonora e inoportuna.
—¿Perdón?.
—No pasa nada. Casi todos reaccionan igual.
—¿Y cuántos años llevas haciendo eso?
—Demasiados.
—Estás loco.
—Puede ser.
Aquel fue nuestro comienzo.
No parecía especialmente prometedor.
Pero muchas historias importantes tampoco lo parecen.
Con el tiempo descubrí que la libreta era real.
Y que Fernando hablaba completamente en serio.
Calculaba cuántas cenas le quedaban con su madre.
Cuántos veranos volvería a bañarse en el mar.
Cuántos libros leería.
Cuántas veces volvería a ver caer la nieve.
Por supuesto, las cifras eran inventadas.
Pero la intención no.
Fernando estaba obsesionado con la idea de la última vez.
La última llamada.
La última excursión.
La última copa de vino.
El último cumpleaños.
Yo no entendía aquella fijación.
Ni quería entenderla.
—La vida ya es bastante complicada sin ir contando finales —le dije una tarde.
Estábamos sentados en un centro comercial frente a un lago.
Uno de esos lagos artificiales que intentan parecer naturales y fracasan con dignidad.
—Precisamente por eso hay que contarlos —respondió.
—¿Por qué?
—Porque así recuerdas que importan.
Negué con la cabeza.
—No. Así recuerdas que terminan.
—Es lo mismo.
—No lo es.
Fernando sonrió.
Yo empezaba a conocer esa sonrisa.
Era la sonrisa que aparecía cuando sabía que no estaba de acuerdo conmigo.
—Entonces explícamelo.
Señalé el agua.
—Yo no pienso en cuántas puestas de sol me quedan. Pienso en la de hoy.
Él permaneció callado.
Y durante unos segundos tuve la sensación de haber ganado aquella discusión.
Luego dijo:
—Eso es porque eres más inteligente que yo.
Y la sensación desapareció.
Nos enamoramos sin grandes alharacas.
Sin escenas memorables.
Sin tormentas oportunamente románticas.
Nos enamoramos igual que crecen los árboles.
Despacio.
Hasta que un día descubres que ya estaba ahí.
Vivimos juntos.
Viajamos.
Discutimos por estupideces, como todo el mundo.
Decidimos que ninguno sería capaz de doblar correctamente las sábanas bajeras.
Aprendimos a convivir con defectos que al principio parecían soportables y con el tiempo menos.
Y mientras todo eso ocurría, las libretas seguían acumulándose.
Una detrás de otra.
Negras.
Idénticas.
Silenciosas.
A veces me preguntaba qué escribía exactamente sobre mí.
Nunca quise leerlas.
Había cosas que pertenecían a Fernando.
Y aquella rareza era una de ellas.
Los años empezaron a pasar más deprisa.
No sé cuándo ocurre.
Debe existir una edad exacta.
Un momento invisible.
De repente los veranos parecen más cortos.
Las navidades llegan antes.
Los amigos envejecen.
Los padres se vuelven frágiles.
Y empiezan las despedidas.
La madre de Fernando murió una primavera.
Aquella noche lo encontré sentado en el salón.
Sin escribir.
Sin leer.
Sin hacer nada.
Mirando la pared.
—¿Quieres hablar?
Negó con la cabeza.
Después susurró:
—Ya sucedió.
—¿Qué?
—La última vez.
No necesitó explicar nada más.
Comprendí que estaba pensando en todas aquellas visitas que habían terminado sin anunciarse.
La última comida.
La última conversación.
La última llamada.
Ninguna había avisado de que sería la definitiva.
Entonces entendí algo que nunca había querido admitir.
Fernando tenía razón.
No sobre los números.
Los números eran absurdos.
Pero la última vez existe.
Siempre existe.
Y casi nunca la reconocemos cuando ocurre.
Unos meses después dejó de escribir.
Así, de repente.
La libreta desapareció del bolsillo de su chaqueta.
La mesa quedó vacía.
Las anotaciones cesaron.
Yo esperaba una explicación.
No llegó.
Hasta una noche.
—He tomado una decisión —me dijo.
—Eso suena peligroso.
—Voy a dejar de contar.
Creo que jamás lo vi tan tranquilo.
Como si hubiera dejado una maleta demasiado pesada en mitad del camino.
—¿Por qué?
Me observó un instante.
—Porque me he pasado la vida intentando encontrar los finales.
—¿Y?
—Creo que estaba mirando en la dirección equivocada.
Los años siguientes fueron buenos.
No perfectos.
Buenos.
Que es una palabra mucho más útil.
La felicidad auténtica se parece más a "bueno" que a "perfecto".
Hubo viajes.
Hubo hijos.
Hubo comidas interminables.
Hubo fotografías borrosas.
Hubo todo lo que cabe en una vida razonablemente afortunada.
Y una tarde de otoño ocurrió.
Sin ruido.
Sin aviso.
Sin dramatismo.
Como ocurren las cosas importantes.
Estábamos sentados en una terraza.
Tomando café.
Mirando pasar gente.
—¿En qué piensas? —pregunté.
—En que tenías razón.
—Eso cada vez me preocupa más.
Rió.
Todavía recuerdo aquel sonido.
Breve.
Cálido.
Familiar.
—No merece la pena saber cuántas veces quedan.
—Por fin aprendiste algo.
—Sí.
Guardamos silencio.
Y entonces sucedió.
Simplemente sucedió.
La sonrisa continuó en su rostro.
Pero él ya no estaba allí.
Los días posteriores son confusos.
Todo el que ha perdido a alguien lo sabe.
Las horas dejan de comportarse normalmente.
Las personas te hablan desde lejos.
El mundo sigue funcionando con una falta de consideración casi ofensiva.
Mientras ordenaba sus cosas descubrí una caja.
Dentro estaban todas las libretas.
Lustros enteros comprimidos entre tapas negras.
Las abrí por primera vez.
Busqué los números.
Las cuentas.
Las estimaciones.
Y los encontré.
Miles de ellos.
Pero descubrí algo más.
Algo que jamás me había contado.
En la parte final de cada libreta había una sección distinta.
Un apartado separado del resto.
No se titulaba "finales".
Ni "cálculos".
Ni "últimas veces".
Se titulaba simplemente: ‘Comienzos’
Lo abrí.
Leí.
"Primer café con Rut."
"Primera conversación en el tren."
"Primera risa."
"Primer viaje juntos."
"Primera noche en la casa nueva."
"Primer silencio cómodo."
"Primer verano."
Página tras página.
Años enteros.
Toda una vida.
No estaba contando pérdidas.
Estaba archivando regalos.
Y en la última libreta encontré la última anotación.
La escribió pocos días antes de morir.
Solo una frase.
Nada más.
"No sé cuántas veces quedan."
Debajo había añadido otra línea.
"Pero ya sé que las importantes fueron suficientes."
Cerré la libreta.
Y por primera vez desde su muerte sonreí.
Porque durante años creí que el hombre al que amaba tenía miedo de los finales.
Y resultó que no.
Lo que había hecho durante toda una vida era aprender a estar agradecido por los comienzos. x Atreyu
"Hay un público numeroso que busca películas que planteen preguntas y no ofrezcan respuestas. Películas que sean espejo y ventana, no solo viaje de ficción. Películas cuyo final será triste, porque si no fuera triste no sería un final." Jaume Ripoll (‘Videoclub’)





























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