10/8/26
Se preguntó si la
intolerancia al calor podía ser hereditaria. Recordaba a su padre fumando en
la bañera llena de cubos de hielo y lo recordaba en el mar, sumergido hasta
los ojos como un hipopótamo.
Arturo le había
enseñado, con esas maneras suyas, que la verdadera felicidad debía
parecerse al aburrimiento. Lo otro se llamaba euforia y estaba destinado a
extinguirse.
Las tormentas se parecían a la vida, porque
llegaban de golpe y nadie se daba cuenta de que venían anunciándose hasta
que el destrozo ya era irreparable. Eso, al menos, le había pasado a ella con
la vejez, que vio antes en los ojos de los demás que en los suyos propios.
¿En qué año me dijo que se fue? Entonces recordará lo que le cuento.
¿No? Tener mala memoria es un privilegio, yo sé por qué se lo digo.
La verdad no se le otorga al que la merece, sino
al que puede soportarla.
El odio no disminuye, disminuye el
recuerdo del odio.
Me resultaba
asombroso que una persona quisiera comprar algo solo porque novecientos
noventa y nueve mil personas antes que ella también quisieron hacer lo que
otro había hecho. FOMO, le llaman en inglés, Fear of Missing Out. Miedo a
ser el único que se lo pierda. Ya no se necesitaban adjetivos, ya no se
necesitaba entender por qué debería un lector comprar un libro: alcanzaba
con el miedo. Salí de la librería sin comprar ninguno; no había podido
sostener tanto interés y terminé no interesándome en nada. El asombro se
agotaba por anulación, por exceso de estímulo, igual que durante la
pandemia no significaban nada, ya, aquellas cifras: doscientos, quinientos,
mil muertos diarios.
Yo no extraño –ni siquiera siento– la ausencia de recuerdos.
¿De qué sirve acumular experiencias? ¿No basta con haberlas vivido? Es
como llenar la casa de basura, guardar papeles viejos, souvenirs que juntan
polvo. Yo no busco recordar, solo mirar el vacío de mi mente, reconocer lo
que quedó como quien hace un inventario después del desastre.
Ahora te escribo esta carta como quien arroja una cuerda al fondo de
ese pozo oscuro que es el pasado. Excepto que ahí no hay nadie a quien
rescatar.
Mirá que la memoria es como un animal asustadizo, si te acercás
demasiado se puede escapar para siempre.




























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