28/8/26
Oscar Wilde escribió esta frase, tan bonita, tan justa: «Los hijos empiezan queriendo a sus padres; cuando se hacen mayores, los juzgan; y a veces los perdonan».
Un jefe íbero citado por Tácito: «Cuando lo han destruido todo, los romanos llaman a eso paz»
Nicolas me explica que escribió esas memorias hace veinte años, sin ambición literaria ni deseo de publicarlas, y no para sí mismo sino para sus descendientes. Porque a él mismo, cuando mira fotos de familia, sobre todo cuando se trata de parientes lejanos, le gusta escrutar las caras de esas personas que vivieron antes que él y de las que no sabe nada, o tan poco. Le gustaría saber quiénes eran, cómo fue su vida, a qué adversidades se enfrentaron, sus amores, sus convicciones, su muerte. Lo que hizo que cada cual fuera él y no otro. Y entonces las escribió.
Aquel anciano al que le estrechaba la mano temblorosa había estrechado en su juventud la de alguien que había estrechado la de Napoleón: mi padre jamás se recuperó de ese deslumbramiento.
El odio envidioso que los boomers inspiran a las generaciones más jóvenes está justificado: tuvieron campo libre y no dejaron nada a los que venían detrás.
Creo que existe una categoría especial de libros que no son necesariamente los mejores, pero en los que nos gustaría vivir. En mi caso es 'La montaña mágica', de Thomas Mann. La he leído y releído varias veces porque, en el fondo, es mi ideal de vida, ese sanatorio donde la vida transcurre envuelta en una manta frente a las montañas.
Creo que soy un buen padre y un amigo pasable, pero en pareja, tarde o temprano, llega la debacle. No es que sea incapaz de querer, pero el hombre amable y cariñoso que puedo ser –de forma muy sincera, y a veces durante varios años– puede transformarse de la noche a la mañana en un extraño frío y hostil. La vida conmigo es una montaña rusa y arenas movedizas.
Es uno de los aspectos más terribles del alzhéimer, ese conflicto interior entre aquel que uno era y aquel en que se ha convertido o se está convirtiendo: ¿quién tiene el control, in extremis? ¿Debemos pedir a los demás, por adelantado, que sean fieles a las últimas voluntades de la persona que fuimos y que valoraba por encima de todo la dignidad y la autonomía, o debemos pedirles que sean fieles a la voluntad completamente opuesta de la persona en que nos hemos convertido, y que quiere vivir contra viento y marea, a cualquier precio?
La verdad siempre tiene un pie en el bando contrario.
Últimamente, a causa del
dolor, había renunciado a la gimnasia matutina, pero se hizo la cama hasta
la mañana del viernes 28 de julio, cuando se fue de su casa para siempre –y
siento una especie de vértigo si imagino qué le pasaría por la cabeza cuando
guardó por última vez en el armario la ropa de cama que ya no volvería a
sacar–.
Glenn
Gould decía que para cada uno de nosotros existe una proporción óptima,
muy variable, entre el tiempo que pasamos solos y el que pasamos en
compañía de nuestros iguales. En su caso, necesitaba días enteros de
soledad para purificarse de unas horas pasadas en compañía; aunque no tan
radical, yo soy más bien de la misma cuerda.
Orson Welles: «Tener o no un final feliz
depende de dónde decidas detener la historia». Para que la historia de mis
padres terminara bien, ¿dónde habría que haberla detenido? ¿En nuestra
infancia? ¿Un poco antes? ¿En Cazères, cuando salía radiante de la
habitación de él? ¿Cuando le escribía, en 1949, hace setenta y cuatro años:
«Tengo fe en nosotros»?




























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