"Una historia del Kronen" (José Ángel Mañas) Subrayadas (216)

25/4/26

Los mejores personajes literarios son como el monstruo de Frankenstein, retazos de personas reales.

Una de mis opiniones más fijas es que las personas nos pensamos libres porque nos podemos mover, pero al final estamos tan arraigadas como las plantas.

Somos como barcos zarandeados por olas y vientos que lo más que podemos es marcar un rumbo y cruzar los dedos para que las tormentas durante la travesía no sean demasiado peligrosas.

Me dio por reflexionar sobre qué había sido de aquel veinteañero que no hacía tanto pegaba brincos en el Ghetto al son de Faith No More. Me recordé berreando con el resto de los energúmenos descamisados aquel estribillo que, a toro pasado, tenía algo de himno generacional.
—Be aggressive! Be be aggressive! B-E A-G-G-R-E-S-S-I-V-E.

Chimo Bayo siempre dice que la Ruta primigenia tenía una atmósfera positiva, hedonista. Para mí la ha idealizado porque yo en las discotecas que frecuentaba, y no digo ya el New World, Overdrive, The Omen o Epsilon, lo que veía era mal rollo, gente chunga esperando a volcar al vecino, miradas torcidas, empujones malintencionados, peleas e incluso alguna cuchillada en las zonas de aparcamiento donde siempre había bronca.

La M-600 se convirtió en el nuevo cordón umbilical que nos vinculaba a la civilización. Era una carretera y, como tal, hecha del mismo material que cárceles y sueños. Por eso las pisoteamos y veneramos por igual: asfalto y horizonte, contención y libertad, Roma y Kerouac, piedra y aventura.

Mi propio hijo pasó de tener un libro a tener un móvil en la mano y no volver, prácticamente, a tocar un libro. Si lo pensamos, es lógico. La capacidad cronófaga de esos dispositivos es absoluta. El tiempo que queda para lo demás es exiguo.

En los noventa pensé que iba a ser un icono de la independencia autorial, un Juan Palomo de la literatura, un Fugazi de las letras, ¡qué tontería más grande!

Y así habíamos llegado a la idea autonómica de España, bajo la batuta cafetera de un Adolfo Suárez que para resolver tres problemas provocó veintisiete y nos llevó al desastre actual: creo que ya nadie duda de que el Estado de las autonomías ha fracasado.

Por alguna razón, nunca he entendido la capacidad movilizadora de sentirse parte de una comunidad, esa necesidad sicológica que explotan hasta la saciedad las redes sociales.

Y mientras caía el manto violeta de la noche, concluí que yo era como uno de esos gatos callejeros buscando su sustento entre pecios consumistas. O como un intruso no invitado a una fiesta que decide no abandonarla. Un parásito, si se quiere. Pero también un superviviente nato.

Suele decirse que lo más difícil no es llegar sino mantenerse. Mentira. Lo más difícil es caer.

Últimamente me pasa que me cruzo con gente conocida, a la que no he visto en algún tiempo, y me encuentro con personas mayores, envejecidas. Y me da rabia saber que ellos piensan lo mismo.

Los noventa fueron la estética grunge, la sala Maravillas, el Festival de Benicàssim y ese Siglo XXI deliciosamente anacrónico, todavía muy roquero, de Radio 3. Los noventa fueron una época dorada para los fanzines y un pequeño templo de la palabra «independencia» con sordina, sin grandes aspavientos ni pintas estrafalarias.

0 comentarios: