"Era todo el mismo hueco" (Eider Rodríguez) Subrayadas (222)

29/6/26

Ixabel sintió prisa por preguntarle en qué trabajaba, no sabía estar con la gente sin conocer sus profesiones, sin entender por qué desagüe se les derramaba la vida.

Quizá no habían estado enamorados nunca, pero Ixabel sabía que el enamoramiento se derrite enseguida, basta con un pequeño cambio de viento para que se transforme en un charco gris, al contrario que la voluntad y la ternura: estas seguían ahí estación tras estación, sin celebraciones, como el agua de grifo que no sabe a nada especial pero nos mantiene vivos.

Nunca te fíes de alguien que lleve zapatos de cuero sin calcetines.

Vivía con Tristán, su novio. Nos enamoramos. O así lo llamábamos entonces. Tristán y yo nos prometimos que no pasaría nada entre nosotros, por Berta, por Andoni. Se lo contamos a Berta y Andoni. Mantuvimos la promesa y no pasó nada. Y lo que pasó fue mucho más destructivo que lo que no pasó: jugábamos a escondidas con una pasión que no se resolvía, dos cuerpos jóvenes cargados de promesas y de imposibles, mucho más excitantes y violentos que en una transacción carnal.

Siempre se le hacía raro escuchar a Gaizka hablando de ella a través de otros. Le gustaba; allí, en el espejo de los demás, Gaizka parecía un hombre dulce y responsable que la adoraba. Pero aquello solo existía en los relatos ajenos. La relación se alimentaba de recuerdos, se sostenía por lealtad y avanzaba con la energía de los maltratos leves (sufrirlos hoy, infligirlos mañana). Elena se daba cuenta. Pero no entendía cómo era posible que no se dieran cuenta desde fuera. Mientras tanto, los textos ajenos le ayudaban a no perder el hilo de aquella representación colectiva.

Era fácil cuidar a una moribunda, resulta bastante más difícil cuidar a alguien que quiere vivir.

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