29/6/26
Ixabel sintió prisa por preguntarle en qué trabajaba, no sabía estar con
la gente sin conocer sus profesiones, sin entender por qué desagüe se les
derramaba la vida.
Quizá no habían estado enamorados nunca, pero Ixabel sabía que el
enamoramiento se derrite enseguida, basta con un pequeño cambio de
viento para que se transforme en un charco gris, al contrario que la voluntad
y la ternura: estas seguían ahí estación tras estación, sin celebraciones,
como el agua de grifo que no sabe a nada especial pero nos mantiene vivos.
Nunca te fíes de
alguien que lleve zapatos de cuero sin calcetines.
Vivía con Tristán, su novio. Nos enamoramos. O así lo llamábamos
entonces. Tristán y yo nos prometimos que no pasaría nada entre nosotros,
por Berta, por Andoni. Se lo contamos a Berta y Andoni. Mantuvimos la
promesa y no pasó nada. Y lo que pasó fue mucho más destructivo que lo
que no pasó: jugábamos a escondidas con una pasión que no se resolvía,
dos cuerpos jóvenes cargados de promesas y de imposibles, mucho más
excitantes y violentos que en una transacción carnal.
Siempre se le hacía raro escuchar a Gaizka hablando de ella a través de
otros. Le gustaba; allí, en el espejo de los demás, Gaizka parecía un hombre
dulce y responsable que la adoraba. Pero aquello solo existía en los relatos
ajenos. La relación se alimentaba de recuerdos, se sostenía por lealtad y
avanzaba con la energía de los maltratos leves (sufrirlos hoy, infligirlos
mañana). Elena se daba cuenta. Pero no entendía cómo era posible que no
se dieran cuenta desde fuera. Mientras tanto, los textos ajenos le ayudaban a
no perder el hilo de aquella representación colectiva.
Era fácil cuidar a una moribunda, resulta bastante más difícil
cuidar a alguien que quiere vivir.














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