Qué estoy haciendo aquí (Benjamín Prado) Subrayadas (232)

3/10/26

Me veo en un espejo y soy diez años mayor que yo.

Más triste es no probar: mejor temerario que timorato.

Quien conserve la vanidad tras cumplir los cincuenta es un inmaduro, así que, a partir de entonces, cuando ya no aspiras a conquistar y seducir, sino a no rendirte y a que te quieran, uno ya hace las cosas más para sí mismo, para aprender algo que no sabes, pasarlo bien y atreverte a salir de la famosa zona de confort, que es un sitio donde yo siempre me he sentido incómodo. Y además, qué demonios: a la vejez, viruelas.

Cuando mucho después, tras la muerte de mi madre, me instalé allí una temporada, los fantasmas me obligaron a irme: nos veía a toda la familia allí, bajo el emparrado, iluminados por rayos de sol verdes, comiendo y riendo como si para nosotros nunca fueran a existir la pérdida, los hospitales y los cementerios.

A veces, ser insensato es una manera de ser optimista.

«[…] Jamás me he fiado de quien no ama los libros / —en la literatura, como en las religiones, / no se teme a quien cree en otro dios / sino a los que no creen en ninguno— / y en ti encontré a una igual, un camarada. / A su modo, / la tinta es un lazo de sangre / y tú y yo, como niños que al unir sus heridas / se juran lealtad. / Nos hemos sido fieles y cuando el tiempo vino / a quitarme todas mis ilusiones, / siempre me quedó una: que siguieras ahí. […]».

De la ignorancia a la crueldad hay un paso.

Cumplir años es irse quedando sin pecados capitales.

Ya saben lo que decía el dramaturgo Enrique Jardiel Poncela: la dictadura es un sistema de gobierno en el que lo que no está prohibido es obligatorio.

Estaba atravesando una etapa difícil en lo personal, con una ruptura difícil a un lado y la ilusión de un nuevo comienzo al otro, aunque este tampoco fuera sencillo: a partir de cierta edad, es raro que se construya nada sin antes romper otra cosa. Y lo que se derrumba hace ruido y causa heridas.

«La casualidad nos da lo que nunca se nos hubiera ocurrido pedir», dice el poeta Alphonse de Lamartine. No seré yo quien le lleve la contraria.

Oscar Wilde: «Yo bebo para hacer más interesantes a los demás».

Puede que hasta echara mano de la frase de si prefería ser cabeza de ratón o cola de león, que es una de las expresiones que más detesto, junto con el lugar común de quedarse con la miel en los labios, la muletilla de calificar algo de «dantesco» o «kafkiano» y la epidemia contemporánea de que algo no está lejos o es aburrido, «sino lo siguiente».

«He cometido el peor de los pecados / que un hombre puede cometer. No he sido / feliz. Que los glaciares del olvido / me arrastren y me pierdan, despiadados». Así comienza un célebre soneto de Jorge Luis Borges

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