Crossings (III) Encuentros (21)

10/9/08

‘Es la princesa que, de niño, yo deseé’
Nacho F. Goberna ‘Princesa’

Recurrentemente, y casi siempre coincidiendo con algún malintencionado comentario inquiriendo al respecto, me veía abocado a replantearme la razón que me llevaba a ojear con cierto detenimiento las esquelas que el periódico local publicaba a diario.

A fuer de ser sinceros, de no haber sido por las eventuales recriminaciones, probablemente no me lo hubiera planteado nunca. Sólo me limitaba a leer todas las secciones de la gaceta y ésa era simplemente una más, amén de que por algo se dice coloquialmente que el periódico te pone al día de los vivos y los muertos. Sin embargo, por orgullo, siempre trataba de buscar algún motivo de mayor peso que éste para anular los argumentos críticos, que sugerían sin ambages una suerte de morbo, cuando no una inevitable satisfacción –absurda e ilusa, desde luego- por haber burlado a Thanatos antes que otros con menos fortuna.

Hasta aquel día. Aquel día dejé de darle vueltas y, por primera vez en mi vida me planteé –siempre lo había asociado con un conformismo indolente- que podía existir un hado, fatum, destino o como le quieran llamar, que rigiera tu vida llevándola indefectiblemente hasta un punto predeterminado.

Clemente Relancio-Barroso López había fallecido en la ciudad a los sesenta y ocho años, habiendo recibido los Santos Sacramentos. La sola lectura de ese apellido compuesto, tan difícil de olvidar, hizo volar mis ojos unas líneas más abajo, donde sus numerosos apenados eran relacionados: .......sobrinas, Cristina..., ‘tocado’, Eva..., ‘tocado’, y Blanca...., ‘tocado y hundido’. Efectivamente era ella y ya no sólo el apellido, también sus hermanas me lo confirmaban a gritos. Era ella y aparecía casi un cuarto de siglo después de que una mutua e inocente –éramos unos críos- atracción física no llegara a cuajar por peregrinas razones que no vienen al caso y un par de años menos de la última vez que la viera, de la mano de un patán. Pero había algo más. Algo más que hacía que no pudiera apartar la vista de la dichosa esquela y que, incomprensiblemente –era plenamente consciente de que no tenía sentido alguno-, me estaba disparando el corazón. ‘Cristina y Juan Carlos’, ‘Eva y Marcos’, Blanca aparecía sin compañía impresa. Estaba sola. Igual que yo.

‘.........Y asistan al funeral corpore insepulto que hoy a las 19 horas tendrá lugar en la capilla número 3 del complejo funerario.....’. Ni me lo pensé, tenía que ir y hablar con ella. Por muy absurdo que pareciera todo. Como de hecho me lo empezó a aparecer cuando, pasando únicamente diez minutos de la hora señalada, la capilla indicada se encontraba completamente vacía. Era imposible que en tan poco tiempo hubiera terminado toda la movida, pero el caso era que allí no había nadie. Fue entonces, cuando ya daba media vuelta con la intención de dejar de hacer el ridículo y salir de allí, cuando la vi. Sentada en el último banco, debía de llevar observándome desde que entrara en la sala. Me sonreía mientras me acercaba muy lentamente hacia ella, a la vez que iba descubriendo la poca clemencia con la que el tiempo la había tratado. Sus rotundas y espectaculares formas de antaño apenas asomaban ya en un cuerpo algo pasado de peso y en su cara se adivinaban rastros de lo que me pareció en aquel momento un exceso de amargura acumulado.

Ya no recuerdo el tiempo que estuvimos hablando allí sentados. En seguida perdí cualquier noción de la realidad según iba redescubriendo a Blanca. Su mediocre vida, un trabajo nocturno infame, sus obsesiones, su desconfianza total en el futuro, sus inquietudes, sus recuerdos, sus fracasos, su absoluta soledad, los cinco años que llevaba publicando cada mes una falsa esquela –“tranquilo, mi supuesto tío es eso, sólo supuesto, no existe”- con la vana esperanza de que alguien procedente de su pasado acudiera a rescatarla al reclamo de una sutil, imposible, pista –“sabía que era quimérico, pero si alguien la tomaba, iba a ser definitiva”-. En fin, todo lo que le había llevado a actuar como había actuado, convencida como estaba -por mor de algún extraño e imposible de apartar, según decía, presentimiento- de que en algún momento anterior por su vida había pasado alguien que debía haberse quedado para siempre y sin embargo no lo hizo. No tenía ni idea de quién podía ser y fue sincera cuando me confesó que casi no me recordaba, si bien ahora se encontraba realmente contenta de que hubiera sido yo el que apareciera por aquella solitaria y funcional capilla. Hablaba y hablaba y no podía dejar de mirarla con infinita ternura mientras caía en la cuenta de que una vez más había cometido el mismo error y seguramente no sería la última: te empeñas en volver a buscar lugares o personas que te retrotraen a momentos o vivencias especialmente felices, relevantes, positivos al final, cuando en realidad lo que buscas es volver a ese tiempo concreto y eso, por lo menos hasta que los científicos conviertan los agujeros de gusano en túneles convenientemente señalizados, no es posible. Pero es tan difícil de asimilar que se cae en la trampa una y otra vez...

Cuando terminamos de hablar, a pesar de todo seguía sin saber si tenía algo de sentido todo aquello. Probablemente no, pero ya no había salida. La cogí de la mano y salimos del complejo funerario. Blanca no me preguntó en ningún momento a dónde íbamos a ir. En realidad no importaba. x Atreyu

‘Sus labios rojos dibujando en mí, boca con boca,
camino del alba’
Nacho F. Goberna ‘Princesa’


2 comentarios:

Anónimo ha dicho...

Todo un documento histórico el vídeo

george ha dicho...

Joder, yo conozco a unas hermanas que se llaman Cristina, Eva y Blanca!