27/9/26
Sentía como si me fuera a estallar el corazón. Estallar no es lo mismo que romperse. Era como si no hubiese modo humano de contener tanta belleza. No era eso exactamente, no era solo la belleza. Más bien la sensación de encajar. Un pequeño recodo de piedras lisas, los riscos inclinados.
El olor a picea. Los anillos tenues que la pequeña trucha degollada deja en las aguas negras de un remanso. Y ni siquiera había que dar las gracias. Solo estar. Solo pescar. Solo remontar el arroyo mientras oscurece y refresca y todo forma parte de una misma cosa. De mí, en cierto modo.
¿Es posible amar tan desesperadamente que la vida resulte insoportable? No me refiero a un amor no correspondido, sino a estar metido de lleno en el amor. En medio del amor y desesperado. Porque sabes que se acabará, porque todo se acaba. Fin.
¿Y qué es lo que quiero?
Quiero ser dos personas al mismo tiempo. Para que una pueda escapar corriendo.
Algunas noches me entristecía. La fragilidad de aquella felicidad presente me entristecía tanto como cualquier pérdida del pasado. Vivíamos al borde de un precipicio tanto como en medio de la vasta llanura.
Mi poema favorito, el de Li Shangyin:
¿Cuándo llegaré a casa?
¿Cuándo llegaré a casa? No lo sé.
En las montañas, en la noche lluviosa,
el lago otoñal se ha desbordado.
Algún día volveremos a estar juntos.
Nos sentaremos junto a la ventana del oeste, con luz de velas.
Y te contaré cómo te recordaba
esta noche en la montaña tormentosa.














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