12/9/26
Hay un público numeroso que busca películas que planteen preguntas y no ofrezcan respuestas. Películas que sean espejo y ventana, no solo viaje de ficción.
Películas cuyo final será triste, porque si no fuese triste no sería final.
Regresar a un film querido muchos años después es enfrentarse a surcos, arrugas y cicatrices. Son los nuestros, no los de la obra. Frente a lo que reza el cliché, conviene recordar que las películas nunca envejecen, somos nosotros quienes lo hacemos.
La videoteca era eso, un recordatorio de las películas que lo marcaron, un lugar en el que se aprendía tanto pasando la mirada por lomos y portadas como viendo las películas en sí.
Regresó a Mallorca y, con cara de niño en posesión de su regalo de reyes, sacó de la maleta, entre kilos de pasta seca y queso parmesano, una caja azul cobalto en la que se leía 'La Strada'. Giullietta Masina y Anthony Quinn, Gelsomina y Zampanò, porcelana quebrada y autodestrucción animal. Circo sin pan dirigido por un Fellini que se despedía del neorrealismo de sus colegas de promoción. Era la película favorita de mi padre.
Una serie de catastróficas decisiones sentimentales y profesionales, unidas a la venta de su casa, llevaron a George Sanders a quitarse la vida en el Gran Hotel San Jaime de Castelldefels el 25 de abril de 1972. Se despidió con una carta que bien podrían haber firmado muchos de los personajes que interpretó: 'Querido mundo, me voy porque estoy aburrido. Siento que he vivido lo suficiente. Os dejo con vuestras preocupaciones en esta dulce cloaca. Buena suerte, GEORGE'.
'No existe vida,
que, aun por un instante,
no sea inmortal.
La muerte
siempre llega con ese instante de retraso.
En vano golpea la aldaba
en la puerta invisible.
Lo ya vivido
no se lo puede llevar'.
Lo firma Wisława Szymborska.
En 1989 los videoclubs pagaban 100 € por cada película en VHS.
En 1999 los videoclubs pagaban 50 € por cada película en DVD.
En 2019 los usuarios pagaban 8 € por tener un videoclub en casa.














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