Lunes cualquiera

15/1/07

Lloraba. Lloraba mansamente, si es que se puede llorar así, pero lloraba. Lágrimas que se negaban a salir al exterior, que tomaban precisamente la dirección contraria para ir calando poco a poco y a conciencia, de desesperación y desconsuelo, cada punto del camino hacia sus entrañas.

No iba a ser otro lunes cualquiera. Aparcado al volante de su flamante Audi TT, contemplaba la impresionante mole de acero y cristal que albergaba, en una de sus plantas, la mesa y la silla que constituían lo que tanto había anhelado durante toda su vida, y a punto estuvo de conectar el limpia del parabrisas sin darse cuenta que eran sus ojos los que humedecían. Siempre llegaba con tiempo. Solía necesitar un margen de tiempo suficiente para sacar fuerzas de donde cada vez iban quedando menos para poder abrir la portezuela, tras mascullar para sus adentros la frase con la que parecía encontrar una falaz justificación a todo: “es hora de enfrentarme a mi destino”.

Marisa marcaba siempre ese momento. Verla cada día despedirse de su amiga para encaminarse, cabizbaja, desganada y ya derrotada, hacia el edificio, acostumbraba a sacarle del ensueño y meterle en el infausto papel al que había llegado y tenía que desempeñar. Y ese rol implicaba, como la mujer sabía bien, tratarla como una subordinada casual a la mayor gloria de su ‘superior jerárquico’, como rezaba en algunas notas internas de la empresa cuando se referían a los responsables de lo que quiera que fuese. Muchas veces pensaba en ella cuando se encontraba en uno de sus anhelados tiempos muertos. Se imaginaba contándoselo todo: que él no era así, que se había metido en un juego con unas reglas a seguir de las que no podía escapar, que la apreciaba, que algún día le pediría que se fuera con él a tomar unas cervezas después de la jornada. Pero no, después de cada jornada tenía que acudir al viejo bar de Emilio. Era hora de comprobar si el nudo de su corbata tenía la descomunal anchura adecuada, acorde con la de los ejecutivos allí presentes. Era hora de comentar la última humillación a la que habían sometido a sus “reporters”; debían debatir acerca de las últimas propuestas de incentivos que les habían hecho y de si quizá era hora de aceptar esa oferta tan interesante como inexistente que todos tenían, por supuesto, encima de la mesa.

No podía ser otro lunes cualquiera. Sentía que estaba llegando al límite. Eran ya demasiados domingos tirado en la cama con la mirada perdida en el techo digiriendo a duras penas la rabia de no haber podido disfrutar de un fin de semana como se suponía debían ser los fines de semana. Demasiados sábados ya desde que el alcohol hubiera dejado de llevar a cabo con éxito la labor de difuminar los oscuros pensamientos que pugnaban por aflorar en su cabeza una y otra vez, bien en forma de los números necesarios para cuadrar sus objetivos trimestrales, bien en forma de las complicaciones surgidas en la última gestión con el cliente de turno, bien en forma de las incontables horas extras que sin duda le esperaban. Hacía también ya demasiados viernes que no sentía la misma alegría que antaño cuando llegaba, por fin, el tiempo muerto, una vez comprendió que éste era tan efímero como iluso y apenas cumplía su función desconectora.

Y aquel domingo había sido especialmente crudo. Más incapaz que nunca de coordinar su mente en la búsqueda de una vana esperanza que lo liberara, más incapaz que nunca de siquiera esbozar una sonrisa, de escapar a la desazón que le producía refrendar que un día errara su camino.

No debía, empero, engañarse. Le había costado tanto llegar a convertirse en adjunto a la dirección financiera de una gran empresa, tantos esfuerzos y sacrificios de él mismo y de su familia; se había imbuido de tal manera en su papel y lo había cacareado tanto que el simple hecho de imaginarse explicando lo necio que había podido llegar a ser por forzar su vida hacia un camino que no era el suyo y que incluso le impelía a comportarse traicionando su propio carácter, se le antojaba inconcebible.

Ese día acabaría, como todos, en el bar de Emilio. Y por más que le daba vueltas a la cabeza se le hacía del todo imposible averiguar qué extraña razón o qué caprichoso designio del destino –su destino- podía haber hecho que, hace tantos años ya, entrara en el bar de Emilio, el bar de su padre, el primer espécimen de fileno neoyuppie y qué había podido ver éste en el lugar para abrir el camino a toda una pléyade de correligionarios que harían del bar una suerte de sede oficial para poner fin a sus jornadas. Quizá el encanto de lo cutre, quizá el contraste que necesitaban para sentirse de veras en un mundo real, tan distinto al suyo, etéreo. O quizá, simplemente, sólo casualidad. Pero lo que realmente le desgarraba por dentro era recordar cómo sus ojos de crío no supieron intuir, entre servicios y servicios de cañas chatos mientras ayudaba a su padre, la vacuidad de sus risas, de sus miradas, de sus vidas, detrás de sus impecables fachadas, de sus flamantes coches, y haberse dejado deslumbrar por aquel oropel hasta el punto de prometerse a sí mismo que no cejaría hasta convertirse en uno de ellos, sin entender que iba a pagar por ello un precio tal que llegaría a costarle su identidad y que cuando quisiera darse cuenta todo se le habría ido de las manos y sería demasiado tarde.

Abrió la portezuela de su Audi TT. “Es hora de enfrentarme a mi destino”, se dijo. Ignacio Hangar, 2003

1 comentario

Anónimo ha dicho...

Cada uno elige su propio destino, y ese destino tiene que ver con las oportunidades que aprovechamos o dejamos pasar.