"Al semicentenarismo con Soyuz" o "Las reflexiones de un neoquincuagenario desesperado que ni quiere ni puede creérselo"

7/8/20

‘No logro acostumbrarme aún a ser adulto’ EUDLF

Qué malo es empezar a hablar o escribir con un ‘no soy sospechoso de…’, porque se te está viendo ya el plumero de que lo estás haciendo no es otra cosa que preparar el terreno descargándote de la responsabilidad sobre lo que luego vas a soltar. Pretendiendo irte de rositas… Pero en este caso, y en lo que respecta a este abajofirmante (hispanoparlante, cabezapensante y decuerpopresente) es cierto. No me siento sospechoso por denostar ahora el paso del tiempo por mor de la llegada al semicentenarismo cuando viene de lejos mi aversión a las servidumbres de las fronteras temporales creadas artificialmente, a las que nos sometemos sumisos y autómatas sin remisión; o a la dictadura implacable del calendario gregoriano, otrora juliano.

Este mismo espacio, en el que me siento en casa, nació –artesanal y materialmente físico- hace veintitantos años como So Young, una desiderata explícita en dos palabras más allá del guiño a Suede y de que luego la denominación deviniera en Soyuz por otra clase de guiño, esta vez endógeno.

So Young, toda una declaración de intenciones y toda una demostración de consciencia de estar disfrutando de la juventud y sus placeres… (me acojo a la descripción del sustrato original de este lugar en la entrada de hace algunos años ‘Mentiras, chorradas, eufemismos y similares respecto a los no tan jóvenes’, donde se remarcaba el espíritu joven como subyacente y seña de identidad…) pero también de que, por definición, se te escurre de las manos de forma inexorable. Y empiezas a bromear sobre ello, todavía con la insolencia de ver su fin tan lejano como imposible en tu cabeza… cumples veinticinco y se te ocurre la chorrada de que te conviertes en semicincuentón, hace gracia y la vas metiendo en los números redondos subsiguientes, así a los treinta semisesentón, a los treinta y cinco semisetentón… y poco a poco se va acercando el abismo, o lo que te lo parece, y lo sabes, y está ahí ya a golpe de vista no muy lejana con apariencia de monstruo gigante y pesado que activa con parsimonia sus mecanismos para volverse hacia ti y buscarte la mirada… que rápidamente esquivas, y el leviatán detiene su ademán con tranquilidad y flema, con media sonrisa, sabiéndose vencedor eterno…

Y por mucho que lo sepas, no hay forma de prepararse para ello, igual darían veinte años de intento de mentalización que dos meses, no es posible estar preparado para mirar a la cara del abismo sentado ya en su borde.

…Con cuarenta eres semioctogenario, y el chiste ya va gustando menos… con cuarenta y cinco seminonagenario… y en este punto ya anticipas que con cincuenta serás semicentenario y, salvo consulta gorda a la RAE se acabarán los chistosos ‘semis’ lingüísticos… Y empezarás a comerte la olla de mala manera y a ver cosas raritas o acuñar nuevos términos derivados de la extrema situación. Tipo ‘espejos amigos’ y ‘espejos hostiles’. Por lo que sea hay espejos en los que te ves mejor que en otros (ojo también cuando dejen de serlo), ya sea por cuestión de luz, situación o vete a saber, pero es así, y normalmente cuando más lo necesitas te enfrentas a uno hostil, en el que no hay forma de ensayar un rictus decente al que acogerte antes de abandonarlo derrotado y exponerte de nuevo a la vida ahí fuera.

O el concepto del ‘cerebroshop’ como versión interiorizada o trasunto del convencional ‘photoshop’, cuando te ves casi indefectiblemente mejor que la media común, con cierto atractivo si cabe y está afinado el programilla dentro de tu cabeza; o cuando en First Dates ves imposible que esa persona que sale sea de tu edad porque parece del orden de entre diez y quince años mayor que tú; o cuando te hace correr a Google enloquecido para saber la edad de unos y otros sospechosos todos de ser coetáneos indignos –piensas- de tu generación (y alguno va y es hasta más joven)…

Por no hablar de pensar en el horrible momento que tiene que ser cuando llegue el día de salir una noche y ser invisible, que no te miren siquiera fugazmente ni los dogos, y de fijo, experiencia tanto más dura cuanto más visible pudieras haber sido en otro tiempo.

Y la autodefensa sigue siendo tan clave como mentirosa… para lo que apelo de nuevo a la entrada de Mentiras…., cuya esencia tampoco necesitará ser muy adaptada a versión 2.0 ó X.0. Te quieres acoger a que sigues teniendo ganas de ir a conciertos, de pasarlo bien, de estudiar cosas nuevas, de sentir la vida en definitiva y dejarse sorprender por ella si hay suerte, que a veces la hay… pero el bicho con su mecanismo pesado está ahí, y oyes cómo se pone otra vez en marcha y acaba mirándote, socarrón, divertido casi diría, siempre gana.

Aun así sigues cerrando filas y achicando espacios, muy ordenadito y disciplinado, catenaccio puro, hasta Maguregui se te aparece para aconsejarte y que si hace falta patalees, que las tarjetas están para eso… Así que coges y te acuerdas de tu abuelo y te dices convencido que él con cuarenta ya aparentaba sesenta y que eso ahora es impensable, que los treinta, cuarenta, cincuenta… de ahora son otra cosa, que las generaciones ahora son otra cosa en definitiva: los cuarenta los nuevos treinta, los cincuenta los nuevos cuarenta… y así… jajaja, no sé decir, puede que ciertamente haya diferencias notables y la evolución de los tiempos sea positiva en este sentido, pero me da que mi propio abuelo también tendería a pensar lo mismo cuando miraba a sus predecesores…

En fin, el caso es, como en el reciente y cansino estado de alarma, sentirse en permanente estado de prórroga de la prórroga de la prórroga, y que no lleguen nunca los penaltis que –dicen- son una lotería y puedes perder… que la concentración no se vaya en ningún momento (no es sencillo mantener la táctica del cerrojazo) y te dé por pensar que ya no son las cosas que has hecho en todo este tiempo, tantas y algunas hasta bonitas, sino lo que seguramente no podrás hacer ya, por mucho que también te refugies en la idea de que el DNI no debe coartarte más allá de lo físicamente impepinable.

Con todo, creo que aun con la cabeza neoquincuagenaria, podría mañana despertar, ver que no me tengo que afeitar porque no le hace falta a mi cuasiimberbe faz, coger el diccionario de latín, el libro de física, entrar a las nueve a las clases de segundo de BUP y seguir la vida tal cual otra vez, empezando por intentar enterarme en el recreo de qué puberta habla mal de mí, porque querrá decir que tengo posibilidades altísimas de éxito en la próxima fiesta.

‘El tiempo es una ilusión’ (Alberto Einstein)

x Atreyu

Con-finado

16/5/20

‘El enemigo más difícil de vencer es aquel que miras todos los días frente al espejo’.
G. Arriaga


Quiero escribir y no se me ocurre nada.

Soy consciente de que es complicado estar especialmente contento en soledad, la cual más bien propende a la melancolía y la aflicción. Pero vivo solo desde hace años así que esta coronarreclusión no debería afectarme especialmente. Ni siquiera la eventual extinción del papel higiénico. Soy más de bidé.

Pero lo hace. Una suerte de agujero negro me envuelve sutil, pero inexorable, atrayéndome hacia él.
Serán los nervios de esos vecinos que ahora parecen uña y carne cuando antes ni se saludaban, a quienes inevitablemente oigo hablar sin solución de continuidad del monotema y de lo malo que es el Gobierno -junto al aderezo del paroxismo amplificado de sus púberes en esta neocomunidadcolegio- los que me han provocado este estrés que de alguna manera debo canalizar y expiar.

Y no es fácil. Mirar en derredor no hace sino acrecentar el desasosiego.
Imposible refugiarse en radio o televisión, que hogaño acogen a una pléyade de patanes nimbados de ínfulas que parecen legitimarles para pontificar y largar toda clase de sentencias -ya comunes- a cual más lapidaria, solemne, grandilocuente o soberbia apelando al manido hito antesydespués que vivimos, o al fin de la sociedad tal cual la conocemos y demás segundas y terceras derivadas…

Curiosamente todos dando a cámara, cuando es el caso, con estanterías llenas de libros a sus espaldas en la imagen para remarcar su halo intelectualoide.

Cansado ya de jugar a encender la tele y apostar conmigo mismo cuántos segundos tarda en salir el término ‘coronavirus’ o, menos valorados en mi endógeno pasatiempo, ‘fallecimientos’ y el propio ‘confinamiento’; o también en otra versión del autojuego calcular cuántas veces repiten estas mismas palabras en un minuto, sin pasarse eso sí (algo lo de no pasarse que nunca he comprendido bien desde aquel ‘A jugar’ de Joaquín Prat, pero si lo hacen también en ‘Saber y ganar’ por algo será).

Y también hastiado de leer, escuchar y ver entrevistas preguntando a gentes de todo tipo y condición qué será lo primero que harán, o lo segundo, ‘cuandoestoacabe’… bufffff. Me da por imaginar que quizá realmente no acabe, o precisamente acabe con todo, y me produce el inquietante -o no- efecto de pensar, cada vez que me ducho, cada vez que meo, cada vez que hago la cena, cada vez que hago lo que sea, en fin, que todos llevamos encima de la cabeza un siniestro contador, o más bien descontador, que va indicando las veces que nos quedan para cada cosa…

Definitivamente tengo que ponerme a escribir para liberar oscuros pensamientos y tiznajos que flotan en este ambiente extraño y opresivo.

Escribir algo que pueda no ya gustar a alguien sino sencillamente ser susceptible de ser leído sin sonrojo del lector eventual siempre me ha parecido un bonito reto, y por ello en muchas ocasiones ha sido el típico propósito para principios de año o a vuelta de verano. Además no soy precisamente amante de la telefonía móvil y toda su parafernalia y servidumbre tecnológica esclavizante. Me siento bien mirando la vida -un concierto, un paisaje, una cara- por la vía de mis ojos en vez de a través de una pantalla de cristal líquido, y creo sentirme aliviado sin que suene apenas el avisador del wasap, por no decir que no suena prácticamente nada.

Me autoanimo con el convencimiento de que, muy al contrario que la euforia o la aparente felicidad -siempre engañosa-, la tristeza es firme aliada de la inspiración, acaso tanto más cuanto más aguda es…

Pero no se me ocurre nada.

No hay forma. Y no es que, como en las pelis, tenga la papelera a rebosar de folios estrujados. No. Es que no tengo ni una mínima idea de donde tirar.


Miro mi móvil. Desesperado. Tampoco hay ningún mensaje. Sigue huero, vacío.

Levanto la cabeza y con la mirada perdida me pregunto si realmente el prurito de escribir es por mor de un desafío o un deseo latente, si va mucho más allá del intento de aislarme de la histeria colectiva imperante ya comentada y es sencillamente por intentar alejar la idea de ser incapaz de aceptar no recibir señales ni de conocidos ni de amigos, que quizá he perdido o en el mejor de los casos no merezco; ni tampoco, por alguna de esas causalidades que la serendipia podría deparar de vez en cuando, de la única mujer que en su día importó, pero ya lejana en el tiempo y el espacio, inaccesible, olvidada, imposible… la serendipia definitivamente no confina conmigo. El cero absoluto.

Decididamente mejor no haber parado si no es posible parar también el tiempo. Seguramente de esa forma nunca me hubiera dado cuenta de que quizá haya estado demasiado imbuido en una espiral de vanidad y orgullo, en el oropel de las apariencias banales por méritos sociales o laborales siempre dudosos, y del sinsentido material. No me hubiera dado cuenta de estar verdaderamente solo.

Dicen también los comentaristas sacros que de esto hay que sacar conclusiones que ayuden a mejorar. A la sociedad, al mundo, a uno mismo. No será así. Ni de coña. Al menos en lo que debería ser, que no detallaré para no convertirme en uno de ellos. Desesperanza convencida.

Todo para menos el tiempo. Hasta ahora no he parado y no me he dado cuenta, pero el tiempo es lo único que no para y no perdona. Le dará lo mismo. Así que puede me pare de verdad, puede que el des-contador esté llegando a término, puede que decida no desconfinarme, no volver a salir al escenario mentiroso y al rol que me ha llevado a esto y cuando sea, ya en la normalidad, en la neonormalidad, en la anormalidad o en la paranormalidad, alguien con gracia encuentre mi momia y me describa como un confinado finado, un finado confinado, un con-finado…

Quiero escribir. Sé que solo escribir alejará los fantasmas del abismo.

Pero no se me ocurre nada. x Atreyu

La Unión Postales desde el asilo (en riguroso directo)

4/9/19

La Unión. 17 de agosto de 2019. 
Plaza de España, Pedrola (Zaragoza). Entrada libre.

‘Nunca volveréis a ser tan jóvenes como ahora mismo. Aprovechad’.

La lapidaria frase, pronunciada en un momento de la noche, corresponde a Rafa Sánchez, eterno líder del grupo, alma máter, factótum y todos los términos y expresiones análogas que queramos añadir, porque seguramente Rafa Sánchez es La Unión y viceversa.

Le acompañaban tres músicos, a la guitarra (con un ventilador éste bajo sus pies que removía su luenga cabellera, pareciendo en muchos momentos una de esas parodias de anuncios de champú), bajo (Luis Bolín, el otro miembro original que sigue en la banda) y teclados. Se limitaron a cumplir sin grandes alharacas, conscientes de su papel secundario en el contexto del evento.

A Rafa se le vio algo cascadete, con un look barbado que recordaba –horror- a Arias Cañete, y por ende no muy favorecedor, y su peculiar y genial voz sonaba algo justilla. En cualquier caso hablamos de una estrella contrastada (a la que hay que agradecer que siga con ganas de hacer directos, y no solo en lugares de postín y facilones) y pese a todo defendía cada tema con suficiencia más que sobrada.

La Unión es una banda que, independientemente de que te guste más o menos, merece un respeto casi reverencial por una trayectoria tan dilatada y sostenida en el tiempo, algo al alcance de muy pocos y además con la dificultad añadida de lidiar con el éxito de una primera canción que pasó a la categoría de mito, de himno generacional, y ahí seguirá in eternum… No hace falta hacer referencia a la innumerable cantidad de grupos que lanzan un primer sencillo brutal y después languidecen sin remedio hasta el olvido. Es el síndrome del tan cacareado ahora ‘one hit wonder’ .

La Unión, como digo, siguió a lo suyo aun siendo con seguridad plenamente conscientes de que nada tendría la repercusión y trascendencia que tuvo "Lobo hombre en París", y consiguieron muchos otros éxitos indudables a lo largo de sus treinta y tantos años de vida y lo que quede.

Éxitos como "Ella es un volcán", "Más y más" (sintonía de una Vuelta ciclista a España pretérita), "Fueron los celos", "Vuelve el amor", "Maracaibo", "Vivir al este del edén"… todos fueron cayendo a lo largo de la noche, muchos de ellos cantados de forma diferente, como Rafa consideró oportuno. Tiene patente de corso para hacer lo que quiera y el público lo sabe y disfruta viendo al propio artista ser feliz en el escenario. También aprovechaba algún ínterin entre canción y canción para declamar alguna peroratilla, con más o menos sentido, pero siempre contando con el parabién incondicional de una gente entregada.

No se olvidaron sus famosas versiones del "Tainted love" de Soft Cell ("Falso amor" en su registro) o del Tren de largo recorrido de Doobie Brothers ("Sin amor"), y también "Sildavia", un tema muy especial, interpretado de forma especial, y cuya magia envolvió sutilmente los corazones presentes. (Me abstraigo de comentar la teoría que algunos defienden y que relaciona indefectiblemente esta canción con Tintín).

Para el bis dejó Lobo, cantada a dúo con toda la plaza, como no podía ser de otra manera, y con la referencia a la luna casi llena que presidía la noche, como oportuna introducción al superhit. Terminó con un tema de su útimo trabajo, ‘Tiempo’, y para finalizar lanzó otra sentencia para enamorar a la parroquia y dejar huella en su subconsciente: Todas las canciones de amor hablan de ti y de mí.

Bonito. x Atreyu

Yo cambié la historia del Festival de Benicásim

5/1/19

Me debes un verano...
Second
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Desde que este proyecto comenzara a ver la luz, hace unos cuantos años ya, inicialmente con soporte material en forma de fanzine delicatessen y devenido ahora en este moderno blog, el abajofirmante ha tenido la gran oportunidad de participar y la fortuna de compartir un espacio único para recreo y solaz mentales.

Con absoluta libertad y mejor o peor suerte, la contribución ha sido surtida y variopinta: desde firmar crónicas de conciertos o relatos cortos de ficción, ‘cascarrabiadas’ varias y listas inservibles, a traducciones de entrevistas al inglés, pasando por emocionadas y vehementes semblanzas de grupos y lugares comunes y vitalmente emblemáticos, eventuales guiones de historietas animadas...en fin, una afortunada pléyade de incursiones.

Y precisamente en relación con la mencionada tarea de ‘escritor’ (recalco las comillas) de relatos cortos, uno, por lo que sea, siempre ha estado bajo la eterna sospecha de escribir en primera persona (con independencia de que el texto haya sido formalmente así o en tercera). Vale que es entendible que cuando te lee gente que te conoce de toda la vida, puede ser inevitable que encuentren –o crean encontrar- puntos comunes en tus escritos e identificarte, con más o menos gratuidad, con lo que escribes. Pero es muy curioso; ya presentes a un protagonista gay, hables en clave de un enfermo alcohólico, de infieles crónicos, de un jefe amargado y déspota, de una mente atormentada, o de cualquier otra sujeción, el caso es que indefectiblemente eres tú...

No voy a negar que efectivamente casi siempre los gérmenes de un relato surgen de algo que te viene a la cabeza, más o menos tontorrón, y te identificas o no, y a partir de ahí tiras, en función de lo que procesas y de que el producto te parezca de alguna manera digno (las musas son para otra división), pero de ahí a ser todos tus personajes va un trecho…

Ha sido sistemáticamente un estigma del que huir, o cuando menos cansinamente tener que aclarar, cuando no justificar. Por ello, me congratulo ahora de tener la oportunidad de resarcirme de alguna manera e invitar a leer un relato abiertamente, y sin ambages, basado en vivencias reales propias -surgido de una chispa graciosa en conversación reciente y nocturna con gente del blog- lógicamente muy lejos de la petulancia o pomposidad que puede sugerir la contundencia del título, y muy cerca de la sorna, la jocosidad, la chanza y la risa, la broma en definitiva, sin olvidar, como digo, la rigurosa y total veracidad de los hechos relatados:



YO CAMBIÉ LA HISTORIA DEL FESTIVAL DE BENICÁSIM

Quizá todo fuera demasiado rápido, visto con cierta perspectiva temporal.

El tema se concibe en la entraña de lo que era la recreación de la quintaesencia de la definición de lo que se entendía por un fanzine: una publicación artesana y límpida, trasunto empírico del actual blog que el amable lector ahora degusta, seguramente con delectación.

Pasión, esmero, delicadeza, talento por arrobas en cada firma y colaboración. Seda en cada artículo, crónica, semblanza, entrevista o tira cómica.

Grupos de música venerados, lugares de culto, fotos, secciones inolvidables, personajes y reportajes de la subcultura en estado puro, inocencia juvenil y genialidad a partes iguales jalonaban un espacio donde la parte dedicada a la reseña anual del FIB era de obligada y reverencial referencia, con especial cuidado y detalle, fruto ya no de una ineludible cita anual para el entorno sino de un hito anhelado y marcado a fuego en el calendario, reflejo de gustos y filias hasta un límite difícil de soñar tan al alcance de la mano.

Dedicar, como digo, un generoso espacio del fanzine a glosar las vicisitudes anuales del FIB no sólo no era sacrificio sino que podía considerarse un auténtico leit-motiv para la publicación. Si además, ello te era considerado, valorado y tomado en cuenta por la organización para acreditarte como ‘periodista’ para una futura edición, ya era lo más.

Y el caso es que, en el año 2000, era así. De otra manera entiendo que no nos lo hubiéramos ni planteado. Pero había indicios y nada que perder…
- Nos vamos a Benicásim.
La llamada era del alma y superintendente del fanzine recordado, y hogaño de este blog. Lejano en el espacio y laboralmente abducido, en principio no di crédito.
- Qué dices.
- Que sí, que sí, que el FIB ha aceptado la solicitud de acreditación y nos vamos a cubrir el evento.
Oasis, Placebo, Primal Scream, Elastica, Richard Ashcroft, Sexy Sadie… No me lo podía creer. Redactor y fotógrafo. Dos acreditaciones. Increíble, pero así era.

   

El caso es que habíamos conseguido dos acreditaciones. Ni pensamos en los roles que acompañaban a cada una que teóricamente habría que justificar y, en su caso, desempeñar. Lo importante estaba conseguido… La ilusión cegaba todo. Era imposible ver más allá de la perspectiva de disfrutar del evento desde un punto de vista privilegiado, no ser como la ‘chusma’, adjetivo con el que convinimos describir, desde el cariño, la guasa y la conciencia de que es nuestro sitio habitual, al público en general.

Backstage, glamour, famoseo, starlettes, lugar específico y restringido para la holganza y el esparcimiento, y sí, importante, ‘alpiste’ (bebida) gratis para la prensa acreditada, aunque sólo fuera cerveza…

¿Quién podía pensar en nada más? Nosotros, desde luego, no. De hecho, si a poco tiempo de emprender viaje hacia el festival no hubiera reparado en la cámara desechable de fotos que regalaban con dos botellas de JB, que era lo que lógicamente buscaba, ni me hubiera acordado de que tenía, sobre el papel, que hacer reportaje gráfico. Trampa del fatum, además, para alguien como yo, al que le gustan las fotos, pero las fotos rotas (me remito, con permiso, a la hemeroteca de la casa…). Es una señal. Un guiño del destino, me dije, convencido. Y ahí que llegué al FIB acreditado como fotógrafo con una cámara de plástico con motivos y logo de JB.
 - Coño, buena idea.
 El súper, que tampoco recordaba ‘el detalle’, aplaudió la iniciativa mientras nos preparábamos los primeros combinados para entrar en calorcillo.

Pero faltaba la prueba de fuego. O sea, entrar acreditados como tal habíamos sido considerados. Conseguir la acreditación material en el control de acceso no fue problema. De mi cuello pendía, ufano y radiante, el salvoconducto que me diferenciaba de la chusma. Y así llegamos, como si no hubiera un mañana, hasta la zona restringida, a la que ‘pertenecíamos’ de pleno derecho hasta que me decidí a ejercer mi ídem.

No me arranqué con Ian Brown pero Oasis era mucho Oasis. Lo sigue siendo ahora como para no serlo en verano de 2000… Así que algo achispadete –por así decirlo- y con el respaldo de mi colgante tomé posiciones a la entrada del foso de fotógrafos… Se me bajó el pedo ipso facto. Tipos con unas cámaras del copón me precedían en la fila. Pero no sólo camaracas, sino recambios como si fueran a cubrir un nuevo Vietnam…

En las primeras filas del público la peña se empezaba a enervar, las luces del escenario se apagaban, y, por fin, los seguratas nos dieron paso al foso…

Tragué saliva. ¿Qué hacer?. ¿Enseñar la desechable de JB como si tal cosa al lado de las Nikon o lo que fuera que llevaban los de verdad?...No. Contrito por dentro pero con cabeza alta y todo digno apreté el paso cuando me tocó el turno, sacando el pecho que sujetaba mi acreditación como fotógrafo… pero ninguna cámara. No coló. Fue un error. El controlador, que esperaba sin duda verme algo colgando (aunque fuera una Werlisa), me paró en seco. Me miró la acreditación, más tiempo del normal. - Pero, ¿y su cámara?

No quedaba otra. Y así lo hice. Metí mi mano en uno de los bolsillos del pantalón tipo coronel tapioca (que no coronel tapioca real) y saqué la cámara. O lo que fuera aquello. El caso es que tras dos segundos, eternos, al tipo no le quedó otra que dejarme pasar. Vi, en todo caso, cómo tomaba nota de alguna manera…

Lo siguiente para mí fue debatirme entre estar un poco avergonzado entre profesionales ‘de verdad’ o disfrutar del momento con los Gallagher un metro por encima de mí.

No decidí yo. Lo hizo una fan encima de los hombros de su pareja (o no), que, sin cortarse un pelo, intentaba citar a Liam para después del concierto. Genial, nadie se da cuenta de que estaba ahí  ‘de extranjis’.

La turba estaba a lo que estaba, más en primera fila, no a ver si los fotógrafos tenían cámara. Aun así, disimulaba de vez en cuando sacando el engendro y disparando, siendo plenamente consciente de que no funcionaba sin el flash, que por supuesto no tenía.… Valía la pena, desde luego. Elastica, Johnny Marr, Nada Surf, Autour de Lucie, Doves. Esperanza cero de volverlos a ver en un foso. Brutal.

Y así, tal que así, discurrió todo el festival en relación con la corresponsalía gráfica.

El verano siguiente volvimos a Benicásim y su festival. Sin acreditación. Había sido todo demasiado bonito como para ser duradero. Lo intentamos pero ya no pudo ser. Ya no coló.

Tuve tiempo, sin embargo, para acercarme al foso de fotógrafos y constatar que nadie pasaba, tras un exhaustivo control, sin tener una cámara medianamente seria. Cámaras que, seguramente hicieran fotos tan brillantes y luminosas, como impersonales y neutras. Nada que ver con lo que las entrañas de aquella cámara desechable de Justerini and Brooks dejaron guardado en su día sin más testigos que ella y la posteridad…    

Tiempo para colegir, sin margen para la duda, y sin arrogarse mayores méritos, que uno, siquiera involuntariamente, cambió de alguna manera la historia del Festival Internacional de música independiente de Benicásim. x Atreyu

   

Sólo es mirada Encuentros (46)

21/12/17

La belleza no mira, sólo es mirada.
(Albert Einstein)

Demasiado retraso. No me gusta, pero tomo el tranvía excepcionalmente. Podría evitar las sensaciones propias de este transporte en hora punta, de agobio, incomodidad y seguramente tensión al tiempo de posicionarse para evacuarlo, pero se me hace demasiado tarde. Nadie me va a decir nada si, como siempre, voy andando y llego cuando sea al trabajo, pero hay que intentar mantener cierta disciplina.

Me hago un sitio a duras penas. Maldigo por dentro la indolencia de los pubertos que acarrean sus mochilas a la espalda sin que por un momento puedan pensar en dejarlas a sus pies para no molestar al resto del pasaje. Miro en derredor. Es un ejercicio interesante. Haces de la necesidad virtud y tratas de traspasar mentes a través de la mirada. No es que sea divertido en la mañana de un día de labor, pero sí entretenido. Tratas de ver más allá, adivinar qué hay detrás de cada par de ojos. Encuentras miradas indiferentes, miradas resignadas, miradas retocadas, miradas perdidas, miradas jóvenes, miradas preocupadas… Miradas tristes, casi todas, nadie viaja por gusto en el tranvía a estas horas. Pero también encuentras miradas bellas, o miradas perturbadoras. Es especialmente curioso cuando cruzas la mirada con alguien, abandonas la casualidad –o lo que piensas que lo es- , sigues la órbita del movimiento de tu cabeza, y en el tornaviaje reencuentras en el mismo punto esa mirada.

En centésimas de segundo analizas la situación. Quizá le suenas de algo, quizá te has afeitado mal, quizá llevas peor cara de lo normal… pero el cerebro juega en casa y cuando se abre la puerta del tranvía te vas pensando que has gustado a alguien, aunque sólo sea una mentirosa e ilusoria ráfaga de infinito que tire un momento de ti. Durará lo justo que tarde en comérselo el discurrir de otro día más en Laboralia, pero mejor entrar así por la puerta del curro.

Otro día. Tomo de nuevo el tranvía, sin saber muy bien por qué. Hoy es distinto. El tornaviaje de los ojos se reencuentra y se para. Se va de nuevo y vuelve, y sigue ahí. Extraño se mire por donde se mire, nunca mejor dicho. No me siento atraído especialmente por la mirada, ni por lo que hay detrás. Me toca bajar. No lo hago. Me voy y vuelvo pero siempre la reencuentro. Me da lo mismo una parada después y apuro. Definitivamente me apeo y sigo sintiendo la mirada. Esta vez se mantendrá en la cabeza algo más de lo justo para que se lo coma Laboralia, si bien no mucho más.

Día siguiente. Voy bien de hora. Camino al lado de la parada del tranvía y éste para justo a mi paso. Vuelvo la vista y me encuentro con el día anterior y el anterior. Subo sin pensar. Recojo la mirada, que no se desvía de la mía, desde el primer instante. Mantengo el órdago a medio camino entre un sentimiento de vanidad y desconcierto. No aguanto mucho. Lo que sí sé es que lo que anda detrás de la mirada me gusta algo más. No sé cómo reaccionar. De hecho me bajo en la primera parada que me viene bien sin esperar a la siguiente, como el día precedente.

Nuevo día. Esta vez voy a tomar el tranvía con premeditación. Es la hora habitual y ahí está. Sigue todo igual. Me encuentra la mirada y no la suelta. Creo ver que habituales del tranvía se empiezan a dar cuenta y no pueden disimular ciertas muecas de complicidad, o de lo que sea, pero me doy cuenta. Y de alguna forma me incomoda. Realmente me gusta ya lo que veo, de hecho tenía que haberlo visto desde el primer día, me autorreprocho. Pero sigue siendo una situación rara e incómoda. Me bajo en la segunda de mis paradas factibles, no sin antes plantearme bajar incluso una más tarde.

Un nuevo día y no tengo dudas de ir en tranvía. Estoy, es acojonante, hasta algo nervioso. Me tranquilizo al encontrar la mirada que, casi, necesito. He pasado ya parte de la noche pensando en acercarme y decir alguna cosa. Es complicado de buena mañana acertar a decir algo a alguien desconocido que no pueda parecer una solemne tontería. Pero es que esa mirada sigue ahí, sin despegarse de mí. Realmente no me siento cómodo porque ya es un hecho que los parroquianos (sí, los viajeros son los mismos cada día) son conscientes del tema. Mi atracción se acentúa, sin darme cuenta consigue que cada mañana me abstraiga de mis circunstancias y sólo piense en esos ojos. Todo el trayecto siguen fijos en mí. Soy lógicamente incapaz de estar todo el tiempo sosteniendo la observación pero la noto constante, impasible, anormalmente atenta sólo a mí. Aguanto una parada más de la cuenta, pero sigo bajando antes que esos ojos.

No sé si es divertido. Diría que sí. Ya no sólo se trata de una situación surrealista, es que es surrealista lo que está provocando. Resulta que ya no me levanto pensando en mis cuitas de trabajo, en los problemas con mi equipo o en mi próxima presentación, mi primer pensamiento del día es ya unívoco. Definitivamente antes de salir de casa miro algo más que el lustre de mis zapatos, las arrugas de mi traje y la rectitud de mi corbata; son la largura de mis pestañas, la impresión del color de mis ojos y la profundidad de mis ojeras lo que más me ocupa al levantarme. Subo al tranvía a la altura que ya conozco. Me cuesta poco encontrar lo que busco. Esta vez ocupa un asiento, y a su lado hay una vacante. Reprimo la intención de sentarme al lado. Me lo impide una mezcla de temor a perder su mirada, hasta ahora siempre de frente, y de arrostrar el hecho de romper el hielo casi obligatoriamente. No lo hago finalmente, pero espero en el tranvía hasta que baja. Me da igual todo. Es imposible sustraerse a una situación así. De hecho da miedo volver a lo de siempre, a que tarde demasiado en pasar algo que estremezca, acabe como acabe. Se baja antes que yo, se para en el andén y me sigue mirando hasta que el avance del convoy lo hace imposible. Es ya un movimiento físico más sofisticado y, para mi confusa –o enferma- mente, cuasi definitivo.

A estas alturas no albergo dudas. Me siento hasta extraño por no haberme dejado llevar desde el principio por el influjo de semejante hechizo y misteriosa belleza. Maquino formas de prolongar un contacto que ya doy por hecho que se producirá aunque todavía no se ha consumado. Sólo pienso ya en que quiero sus veranos, sus lágrimas y su aliento cerca de mí. Y no es la primera vez que lo pienso en mi vida. Pero son percepciones -no sé si sentimientos-tan esquivas, tan improbables de materializar…
Casi no he dormido. Hoy es el día. Today is the day, me digo, solemne, tontorrón. Es mi mejor traje. No es mi mejor imagen, claramente doy mejor en casual wear pero es mi uniforme de trabajo y no tengo alternativa entre semana. Me incorporo al convoy descompuesto de los nervios, como un quinceañero, es de traca. En mi fuero interno deseo que no esté, volver a la insulsa rutina, sin sobresaltos. Pero ahí está. De nuevo sentada y con una vacante a su lado. Me gustaría haber tomado un sol y sombra, me digo, seguro que ayuda en estas situaciones. Avanzo hacia el asiento, interesante y resuelto, dentro de lo que cabe. Me siento. En el acto de toma de asiento, por primera vez en todos estos días, la mirada se ha desviado. Es crítico pero ya no hay vuelta atrás.
No puedo hablar. Saco mi pequeña agenda y arranco, desesperado, una hoja. Quiero escribir pero no encuentro el  boli, aunque sé que llevo uno.  Hablo.
-       - Hola
Nada.
Nada.
Un comentarista objetivo hubiera desaprobado el gesto. La parroquia del tranvía también lo hizo. Cada cual a su modo, todos imperceptibles para el resto del mundo menos para mí.
No hubo respuesta. Tampoco repetí la entrada. Me levanté, con la convicción de conocer lo que iba a pasar de antemano.

Era yo ahora, de pie junto a su sitio, desde arriba,  el que enfocaba la mirada fijamente en el pasado reciente buscando sin éxito sus ojos, que por lo que sea ya no estaban, ni lo estarían más. Me parecía, curiosamente a esas alturas, la belleza hecha carne y una oportunidad definitivamente perdida para algo en principio difícil de matizar. Inexplicablemente, sí,  pero una oportunidad. Quizá la última para algo no del todo definido.

Bajo del tranvía buscando el anonimato en el refugio del grupo que se apea. Avergonzado hasta lo siguiente. Estremecido por dentro por constatar la imposibilidad definitiva, cuandoquiera que vengan, ya sea a los veinte, a los cuarenta, a los sesenta o a los cien,  de controlar sentimientos atávicos, viscerales, eternos, ajenos por completo a convencionalismos mundanos.

Aligero el paso y enciendo mi móvil de trabajo en espera de una llamada liberadora que desvíe mi atención de pensamientos de inciertas consecuencias . No tarda en llegar. Buenos días, sí claro, cuéntame… x Atreyu

Quien no comprende una mirada tampoco comprenderá una larga explicación.
(Proverbio árabe)

Lo que no voy a olvidar de 2016 Un año de necrologías

26/12/16

‘Muere en extrañas circunstancias’. Extrañas, no aclaradas, misteriosas, inexplicables... da igual el matiz, el caso es que la coletilla, vinculada a la noticia del deceso de quien corresponda, me llamó la atención ya desde la primera vez que la leí, de bien crío.

Giro lingüístico sin duda con la capacidad de envolver el suceso con cierto halo romántico (hablo de Romanticismo como la corriente cultural que fue, no de Corín Tellado), arcano y enigmático, uno pensaba que, puestos a morir, podía ser incluso interesante y atractivo pasar a mejor vida de esa manera...

Y todo esto viene al caso de que, a fecha lunes veintiséis de diciembre de dos mil dieciséis, poco antes de que se cumpla la novena hora del día, escucho en la radio que George Michael ha dejado el mundo terrenal precisamente rodeado de los interrogantes varios propios de la situación suprascrita. Lo cual no quiere decir que cuando usted, amable lector, se acerque a estas líneas, ya se hayan despejado dudas al respecto y todo quede más prosaico...

Un año malo, como bien sabemos, éste que termina, salpicado por la desaparición de toda una pléyade de insignes artistas simpar que no hace falta recordar (o quizá, si se me permite, mencionar a Glenn Frey, por quedar seguramente eclipsado en esa infausta lista), por lo que muchos periodistas que harán referencia a esta extraña crueldad de 2016 en uno de tantos informes de resumen y balance del año que la dictadura del calendario gregoriano impone, se verán obligados a alargar el final por mor de esta noticia, o a cambiar la guinda al macabro texto.

Seguro que también alguien se hará eco de que el bueno de George haya ido a expirar precisamente en Navidad, lo relacionará con la inmortal ‘Last Christmas’ y aprovechará para glosar sobre la existencia de las causalidades y las casualidades, si bien no es ése el objetivo de este escrito, ni tampoco el de repasar la figura de este artista, como ya se encargarán de hacer otros hasta cansarnos estos días. Se trata únicamente de, tal como hizo una compañera en su día con Prince en este mismo lugar, obtener un pequeño desahogo visceral, de expiar en forma de despedida lo que no es sino una insignificante y nimia punzadita en el córtex, pero que, en realidad, no deja de esconder que se trata de otra evidencia más que por pequeña y tontorrona que sea no deja de llevarse algo de tu vida y de que tu tiempo se está yendo, lenta pero irremediable e inexorablemente.

Recordar Wham y sus superhits, la anécdota de la que surgió la duplicidad del ‘go go’ en ‘Wake me up before you....’, el peinao imposible de aquella época, Careless Whispers, la disolución del grupo, el I want your sex u otras letras más trascendentes como 'Older' o 'Father’s figure', la naturalidad con la que reclamaba el derecho a pasarlo bien (hablamos de sexo y drogas), sus cojones reconociendo lo que había sufrido por amor a otro hombre, el dueto con Aretha Franklin, su vis solidaria...Y dejar para otro momento sus depresiones, problemillas con la justicia, decadencia artística (lo pasé sinceramente mal viéndolo interpretar –es un decir, porque lo berreó- 'Freedom' en la clausura de Londres 2012).

En fin, lo bueno de esta gente es que es cierto lo que dicen, de alguna manera viven a través de su obra, mucho más de lo que podamos vivir los demás únicamente en un recuerdo etéreo y menos intangible que, por ejemplo, una canción.

Adiós George. x Atreyu

Coletillas cansinas de nuevo (y no tanto) cuño Listas inservibles (82)

2/11/16

- ... NO, LO SIGUIEEEENTE 
Bueno, bueno, diría que esta neocoletilla se ha extendido de una forma ultramegaexponencial no, lo siguieeente. Pues eso, superando incluso lo que parecía casi imposible, eclipsar siquiera un poquito al abusado prefijo ‘súper’, ante el que no quedó más remedio en su día que rendirse a la propia RAE. Ya no existe el superlativo como tal, sino un nuevo concepto que va más allá, concentrado en esas dos palabras. Es casi imposible no escucharlo cada día y en muy diferentes contextos de todo tipo y condición. Ha venido para quedarse. Auténtica superestar dentro de este cansinismo coletillil.

- TE LO COMPRO (O NO) 
Queda como muy sofisticado en ciertos ámbitos informar así a tu interlocutor de que estás de acuerdo en algo con él, o análogamente en desacuerdo: ‘eso no te lo compro’. Procedente seguramente de ambientes financieros y algo pijoteras, no es difícil escucharlo ya en situaciones más informales.

- ... DE LAS ANTIGUAS (PESETAS) 
Diría también que es nula la probabilidad de escuchar algo que haga referencia a nuestra moneda corriente anterior al euro sin el uso indefectible, como prefijo imprescindible, de la inefable coletilla DE LAS ANTIGUAS...
Haría un llamamiento a algún lector del blog que se moviera con regularidad por algún país de la Unión Europea (y Monetaria) para que pudiera confirmar si, por ejemplo, en Francia hablan de los ‘antiguos francos’, o en Alemania de los ‘antiguos marcos’.

Algo parecido pasa con el.... ‘AUTODENOMINADO’ Estado Islámico. Hay que anteponer lo de autodenominado sí o sí, y mira que se le han asignado otros nombres más cortos (¿de dónde leche saldrán?) para no tener que utilizar la manida fórmula original (ISIS, DAESH...).

- POR ACTIVA Y POR PASIVA 
Ésta es de muy viejo cuño, lógicamente. Pero ha podido estar más de moda esta muleta en el actual panorama político patrio. A ver qué politiquillo de esta pésima generación de ídems que nos ha tocado vivir y sufrir no ha recurrido a la misma para dejar diáfano que no va a pactar con el uno, con el otro, o con el de acullá. Algún iluminado, seguramente convencido de que le aporta un plus de cultura y refinamiento, e indudablemente sin tener ni puta idea de lo que habla, añade ‘..y perifrástica’.

- ... Y LO SABES
Pobre Julito (Iglesias). Desconozco si todo realmente partió de él, pero el caso es que, de acuerdo a camisetas, whatsapps, memes y demás historietas, es a ‘nuestro cantante más internacional’ (giro típico cuando se le hace referencia en los medios) a quien se le achaca la expansión de esta coletilla, extrapolada ya a muchos remates de razonamientos dialogados para dejar claro que no se admite réplica.

- EN CERO COMA 
La rapidez con decimales. La expresión hablada 2.0 de la velocidad. El ‘en un momento’, ‘pero ya’, o el simpático ‘periquete’, entre muchos otros, sustituidos por la descripción de la inmediatez cronográfica. Un reflejo casi perfecto de la acuciante caducidad de todo. Probablemente surgido en las ondas hertzianas de emisoras de música ‘maximera’, amenaza con extenderse al resto de ámbitos sin remedio.

- NO SOY SOSPECHOSO DE… 
Si escuchas a alguien empezar a hablar así, ya sea frase, disquisición, perorata o diatriba, ten por seguro que va a poner a parir a algo o a alguien, y además con especial vehemencia. Si bien con la susodicha entradilla quiere recordar claramente, por razones que teóricamente deben conocer sus interlocutores sin necesidad de mayor explicación, que tiene patente de corso para decir lo que va a decir con total impunidad.

- LO QUE VIENE SIEEEENDO… 
Ésta me gusta mucho, o me gustaba. Me parecía divertido el giro, con gracia. Quizá por eso la dejo para el final. Indudablemente nacida para explicar con guasa y retranca lo que no dejan de ser obviedades evidentes y axiomáticas, valga la redundancia, detecto en los últimos tiempos, no sin cierto estupor, cuando no estupefacción, que está abriéndose paso en contextos de índole más seria. x Atreyu

T= raíz cuadrada de: (2 x (por) h (altura) / (dividido) g (gravedad)

12/6/14

‘Jump’
David Lee Roth

Lo primero que le viene a la cabeza, mientras la mirada se le pierde en el infinito, en la nada, es precisamente eso: cómo es posible que pueda llegar algo a su mente después de lo que acaba de ocurrir. Busca una explicación postrera, algo que le ayude a recuperar el equilibrio ya perdido sin remedio. Enseguida busca apoyo, desesperado, en esas cosas que de vez en cuando uno lee o ve por la tele y se hace sus composiciones de lugar: el tema debe de ser –o interpreta amablemente- rápido, definitivo y probablemente indoloro, siquiera por mor de la celeridad supuesta. Esta precisa cuestión del tiempo lo mantiene pensativo – sigue básicamente sin comprender nada- y le da por intentar hacer un cálculo cuantitativo de los últimos instantes, porque algo definitivamente no cuadra. Si debe regirse por la pléyade de voces, caras, situaciones… que ha repasado mentalmente podría hablar de varios minutos, pero aun ahora está lo suficientemente lúcido como para ser consciente de que eso es imposible. De alguna manera, puede decirse que sonríe para sus adentros mientras reflexiona sobre la paradoja del poco interés que ha tenido nunca en la Física y el hecho de ponerse, en un momento límite, terminal, como ése, a rebuscar en la trastienda de su cerebro la fórmula que relacione altura con velocidad, tiempo y gravedad (recuerda incluso que el valor de ésta se redondeaba a diez…)

Voces de otro tiempo pronunciando palabras indelebles, rostros más o menos familiares observando con fijeza, momentos pasados y anhelos ya imposibles. Todo volando a su lado, en derredor, con él. No, no era previsible de esa forma. Hubiera podido esperar quizá, simplemente, la reacción instantánea, visceral, refleja e incontrolable del instinto de supervivencia, que fuera inmediata y no dejara margen para nada más desde el segundo cero. Pero no. Y eso que realmente no ha actuado con premeditación alguna. No es más que un día cualquiera, otro más. Un impulso, una extraña atracción, una mirada al vacío, tentadora, demasiado embriagadora quizá para unos ojos enfermos de un vértigo acusado. La gravedad otra vez, la gravedad que –dicen- tiene que ver con el vértigo, la miopía aguda, la fórmula, cuál era la fórmula…

Recapitula, abunda en los detalles y supone que el sentido de la responsabilidad es lo que le ha llevado a pensar primero en su hijo, para rápidamente desechar esa inquietud (quince años, adolescente, muy de su época, tecnológicamente hiperactivo, pasota y necio en definitiva), sobrevivirá sin problema y no le van a quedar remordimientos. La mamá de ese hijo ha venido después, espléndida, desinhibida, cómplice, atrevida, sólo un segundo (en su endógeno cálculo) antes de sobrevenir conservadora, distante, diferente, abstraída, para desaparecer, brumosa, entre neurona y neurona. Lo siguiente ha sido peor, han venido las aventuras que no han podido vivirse, las canciones que olvidó cantar y los sueños que siempre han colgado de la nada sin visos de devenir reales jamás. Duro. Tanto que por un momento cree haber estado a punto de reaccionar ante la situación y preguntarse qué había hecho, intentando asirse a cualquier elemento material a la vista que pueda salvarlo. Pero has llegado con celeridad al rescate, a tiempo de volver a legitimar de algún modo su vuelo, su caída libre. Una imagen, un momento a recordar, unas sensaciones –no unos sentimientos, lo sabes- irrepetibles, suficientes para denostar todo lo que no tiene que ver con ello: sabores nuevos, perfumes embriagadores y pieles recién descubiertas, hipnosis irresistible, mentiras al oído, enajenación mental desgraciadamente sólo transitoria, promesas demenciales en la despedida, cartas posteriores inspiradas, líricas, trabajadas, diferentes, pero con intenciones premeditadamente vanas y conscientemente falaces. Nada más que palabras entre papeles, en definitiva, porque la probabilidad de repetición es –era-, si no nula, nimia, despreciable casi, y en todo caso, no contigo. Pero ya ves, ha pensado en ti precisamente ahora, cuando ya ha reconocido que no le apetece estar a la espera de otro momento mágico para sacar –ten la seguridad de que así sería- tu esencia de su piel, tu mirada de sus sueños y tu olor de sus lunes, martes y miércoles. Claudica y se rinde a la rutina que le puede.

Trabaja en la planta decimotercera de un edificio que le recuerda mucho a la Jungla de Cristal de Bruce Willis (sí, la primera), y acostumbra a subir andando por la escalera interior. Hoy, al llegar a la planta destino, quizá tampoco hubiera pasado nada nuevo si no se hubiera cruzado con uno de los que comparten con él esa planta justo antes de entrar. El susodicho no le ve porque es ciego, como el resto, pero él sí lo ve y, por lo que sea, hoy no le coge bien el cuerpo. Sabe también que no hay tampoco remedio para este tuerto en ese país y no quiere acabar como ellos, infeliz, plano y devastado, viejo por dentro y por fuera. Se asoma al hueco de la escalera, al abismo. Trece plantas, a cinco metros cada una, más tres negativas de sótano…La fórmula, la fórmula, era g la gravedad y ahora que recuerda igual también habría que tener en cuenta la resistencia al aire. ¿cinco segundos, seis?

Un profesor de la adolescencia –tontorrón a sus ojos de aquellos días lejanos y valorado en la perspectiva que da el paso de los años- decía que el tiempo en los sueños no tiene la misma medida que el tiempo real (o el que así llamamos pomposamente). No le cabe otra que asimilar extrapolada esa misma explicación al recordar de repente la fórmula y despejar la incógnita a cuatro segundos y algo, mientras mira – o cree mirar- hacia arriba, tumbado y muy quieto. Ojalá que no le vean los ciegos desde arriba, asomados ochenta metros sobre la vertical de sus decadentes ojos, con cara de haba, los idiotas, piensa, desesperado. Desesperado. Ya inerte.Ya en la eternidad. x Atreyu

"A nadie le falta una buena razón para suicidarse." Cesare Pavese


La fórmula de tiempo para caida libre es: T= raíz cuadrada de: (2 x (por) h (altura) / (dividido) g (gravedad)

Mentiras, eufemismos, chorradas y similares con respecto a los 'no tan jóvenes' Listas inservibles (58)

5/4/13

‘Envejecer no es nada; lo terrible es seguir sintiéndose joven’. Oscar Wilde

El espíritu joven, en su más amplia extensión, ha sido, es, y será, el auténtico sustrato básico, original y primigenio, el leit-motiv, el subyacente, la seña de identidad y quizá, en fin, la obsesión que guía los pasos de este blog ya ‘milenario’. No en vano su alter ego, trasunto, o como queramos denominar a su antecesor impreso, se llamaba –se llama- ‘So Young’, expresión que realmente equivale a la actual ‘Soyuz’, aunque la demencial explicación para esta identidad no venga al caso ahora mismo.

Identificarse con esta pequeña filosofía interior lógicamente lleva implícito el hecho de no asumir graciosamente –por utilizar un eufemismo- el inexorable discurrir del paso del tiempo, y cada cual hace lo que buenamente puede para enfrentarse a ese complejo peterpaniano que en mayor o menor medida pueda sufrir. Pero la tarea no es precisamente fácil –otro eufemismo-, y mucho menos imbuidos como estamos en una sociedad del culto e idolatría a lo extremadamente joven, enérgico, fresco -y seguramente también a la inmadurez- en lo que todo es efímero, todo cambia de la noche al día, todo avanza vertiginosamente y en cuanto te descuidas te das cuenta de que ya estás fuera de onda o, con apenas treinta o treinta y cinco años, resulta que si te apuntas a un torneo de un deporte cualquiera te ves encuadrado en la categoría de ‘veteranos’.

Así que puede que haya cierta paranoia, pero he aquí una pequeña lista de comentarios ante los que los ya ‘not so young’ del tipo aquí descrito (por motivos de la naturaleza del abajofirmante el punto de vista va a ser masculino) debemos ponernos en guardia, porque entre ellas puede esconderse alguna mentirijilla –mentiraza- piadosa o similar: (x Atreyu)

-‘LAS CANAS TE DAN UN TOQUE ATRACTIVO’. Vale, a alguien le pueden quedar bien, pero estoy convencido que a la inmensa mayoría le queda mejor su color original, y además, salvo casos precoces, ya son síntoma inequívoco de que la fiesta se va acabando. MENTIRA.

- ‘ERES UN MADURITO INTERESANTE’. ¿Madurito? Personalmente preferiría que me llamaran directamente antiguo, vetusto, carroza, viejuno, carca, o pureta, a madurito. No sé, parece que es como si no te quisieran ofender y, aunque vayan con buena intención, lo que consiguen es el efecto inverso. Es, claramente, EUFEMISMO.

- ‘APARENTAS MENOS AÑOS’. Buffff, con esta frase hay que tener muchísimo cuidado. Lo más natural y fácil es tender a creérselo, pero si no lo relativizas, como vuelva a salir el tema en otra ocasión y haya alguien que no piense lo mismo, te puedes venir abajo sin remisión. Es importante, en este caso, seguir una sencilla regla: el grado de vehemencia de la persona que te lo dice suele ser inversamente proporcional a su sinceridad. Básicamente MENTIRA.

- ‘LA EXPERIENCIA ES UN GRADO’. Pues sí, lo cierto es que lo es. Pero la cambio toda por veinte años menos. Venga va, quince y no hablemos más. Diez, nueve, ocho… PLACEBO

- ‘ERES MÁS SABIO’. Me remito al gran José Luis López Vázquez, que dijo textualmente:’Si el precio de la sabiduría es la vejez, prefiero ser imbécil’. Brillante. PLACEBO

- ‘TIENES UNA PERSPECTIVA NUEVA DE LAS COSAS’. ¿Perspectiva isométrica? ¿Caballera? ¿Lineal?. Entre CHORRADA y PLACEBO

- ‘LLAMAS MÁS LA ATENCIÓN CUANDO VAS CON NIÑOS PEQUEÑOS’. La primera vez que escuché esto de que aunar una imagen más juvenil que madura, con estar con algún niño pequeño te daba un plus de cara a ser más llamativo en ciertas situaciones, quise buscarle algún sentido y lo relacioné con esa búsqueda atávica e inconsciente de la figura del padre que, dicen, todas las féminas desarrollan en algún momento de su trayectoria existencial. Después, lo asocié más a eso que también dicen de lo mucho que se liga cuando sacas a pasear al perro con otros colegas de actividad. Pues eso, CHORRADA.

- ‘LA EDAD NO ESTÁ EN EL DNI’/’MIENTRAS HAGAS COSAS PROPIAS DE JÓVENES, SIEMPRE SERÁS JOVEN’. Son dos frases muy típicas también, que no se resisten un mínimo análisis y lógicamente el que las pronuncia es muy consciente de que ni él mismo se cree lo que dice ni por asomo. Esto es de todo, CHORRADA, PLACEBO Y MENTIRA.

- ‘YA TENDRÁS MENOS GANAS DE SALIR’. Bueno, desde luego, ni el cuerpo ni las circunstancias son las mismas de otro tiempo, y una juerga como debe ser tiene un retorno más durito que antes, ya sea en forma de resaca o, más duro todavía, en forma de volver a sentirte joven por una noche y darte cuenta al día siguiente que sólo ha sido una ráfaga de infinito, tan poderosa, envolvente y adictiva como la peor –o mejor- de las drogas, pero a la vez, definitiva y objetivamente fugaz y casi anacrónica, con ordinal demasiado cercano al final de la cuenta atrás como para pensar en ello más de dos segundos sin perder el frágil equilibrio emocional que te mantiene sujeto a la realidad. Volviendo a la frase de turno, y por ejemplo, mientras siga sintiendo moverse al gusano de las tripas mientras ojeo en la prensa el programa de conciertos previstos para el fin de semana, voy a decir que esto es, sin ambages, MENTIRA.

‘El drama de la vejez no consiste en ser viejo sino en haber sido joven’. Oscar Wilde

Paternalismos a recibir (otra vez) durante el año Listas inservibles (42)

16/1/12

Cada año acuden puntuales a su cita ineludible y periódica innumerables celebraciones, eventos, conmemoraciones, convenciones, acontecimientos, encuentros, fiestas, ritos, usos y costumbres, de toda índole y condición. Todos sabemos que van a llegar indefectiblemente. Son hechos que el almanaque marca por definición y conocemos perfectamente la esencia básica de cada uno de ellos. Sin embargo, siempre hay unos matices, unas particularidades, unas consecuencias, que los hace diferentes de alguna manera en comparación con su referencia de años anteriores. Recibimos la información sobre los mismos con naturalidad y curiosidad, esperando conocer cómo se han desarrollado en esta nueva ocasión, aunque la base sea casi invariable a lo largo del tiempo. El Carnaval, la Semana Santa, la Navidad, los campeonatos deportivos, las fiestas de las localidades, en fin, decenas de ejemplos.

Pero hay otra clase de informaciones que recibiremos por diferentes vías (televisión, radio, prensa escrita, internet, carteles publicitarios, bandos, panfletos…) y que van a constituir el mismo bombardeo de todos los períodos de 365 días en los que nuestro dictatorial calendario gregoriano tiene a bien dividir el tiempo. Hablo de los consejos paternalistas que nuestro papi supremo Estado y en general todos los que tienen voz pública van a trasladarnos en plan ‘colegui’ de la misma y exacta manera que llevan haciendo lustros. No digo que esté mal del todo, pero realmente ha llegado ya a un punto como que muy cansino, por no decir de algunos que no tienen ya mucho sentido. Aquí va sólo una muestra de lo que vamos a oír seguro durante el año que acabamos de estrenar, en los mismos términos que hemos oído una y mil veces:

- El cambio de hora
Llegará final de marzo y final de octubre y…’ se trata de una medida encaminada hacia el ahorro energético aparentemente consensuada y objetiva, pero que muchos especialistas están empezando a poner en duda…’, ‘…especial cuidado deben tener los ancianos y los niños ya que son estos dos colectivos quienes en mayor medida pueden ser afectados por la alteración horaria…’.
Algo exagerado todo me parece, sólo por una horilla de nada, ya sea perdida o ganada.

- Las rebajas
Pues eso, ‘…hay que fijarse en que los productos indiquen de forma expresa su precio anterior y el rebajado…’, ‘…la calidad debe ser similar a la del período no rebajado…’,’…la mercancía debe ser de la misma temporada, de otra manera se estaría actuando a modo de outlet…’.

- El calor
Cuando los rigores caniculares comiencen a hacer de las suyas, nos trasladarán las medidas preventivas a implementar so pena de quedarnos fritos en el sitio: ‘…buscar la sombra…’, ‘…hidratarse continuamente…’, ‘…no salir a la calle a mediodía…’, con mucha especial atención siempre, de nuevo, a púberes y senectos, tan desvalidos ellos. Como se ve, la obsesión con niños y ancianos de la sociedad occidental, o del bienestar, o como la queramos denominar, es tan notoria como seguramente algo hipócrita (no es el único aspecto).

- Tomando el sol
Derivado de la entrada anterior, el tema de tomar el sol es un clásico. ‘…mejor no exponerse al astro rey…’, ‘… evitar en todo caso las horas centrales del día…’, ‘…utilizar crema adecuada en función de las características de la piel de cada cual, renovando su aplicación cada dos horas o después de cada baño…’, ‘…vigilar esos lunares nuevos o cuya apariencia haya mutado sospechosamente (hay hasta un test para autodiagnosticarse)…’.

- Los viajes en coche
Lo consabido, y sobre todo cuando empiezan los períodos vacacionales: ‘…a ver esa puesta a punto previa del vehículo…’, ‘…ojo con salir a la misma hora que todo el mundo…’, ‘…no bajar la guardia en esos pequeños desplazamientos efectuados desde el lugar de asueto…’.

- El abandono de la vivienda habitual por vacaciones
Nos recordarán una vez más que cuando nos vayamos a la playa no dejemos indicio alguno de nuestra ausencia. ‘…Prohibido bajar persianas completamente…’, ‘…de ningún modo desconectar la luz y que no suene ni el timbre…’,’… no grabar en el contestador del teléfono mensaje alguno que indique que estamos fuera…’,’… esas llaves del buzón que hay que dejar al vecino para que ande vigilante antes de que rebose la propaganda…’…
El colofón a esto vendrá cuando nos refresquen los símbolos, marcas, grafitis o garabatos que se deja el colectivo de cacos en las puertas o accesos a los inmuebles, así en plan corporativo para darse apoyo logístico, y que bien interpretados, constituyen toda una colección de mensajes cifrados que ríete tú de la criptografía. En fin, que cada vez que vean esta información los malos se deben descoyuntar de la risa.

- Los buenos propósitos
En enero y en septiembre, seremos conminados a hacer propósitos de enmienda varios y toda una pléyade de sugerencias intentará doblegar nuestra voluntad de manera más o menos subliminal o subrepticia para hacernos caer en alguna de las múltiples trampas preparadas.
Todo esto nos lo ilustrarán suficientemente en los medios con imágenes hasta la saciedad de gimnasios, academias de idiomas, dietas milagrosas, gente hablando de dejar de fumar…

- Alergias primaverales
La primavera llegará, la sangre nos alterará, y el polen y sus acólitos atacarán sin piedad. Además, por lo visto cada vez hay más gente afectada, así que nos prepararemos para ‘…poner filtros de aire por toda la casa…’, ‘…no salgas a la calle ni al amanecer ni al anochecer, que es cuando más concentrado está el polen…’ (o sea, que si se junta alto nivel de polen con día de calor asfixiante, no se puede salir de casa a ninguna hora de acuerdo a las conclusiones de toda la compilación de consejos), ‘…ve al médico ipso facto si te pones como un tomate florecido…’

- La cuesta de enero
Otro clasicazo. Y además te da igual que transitemos en medio de agudas crisis, como ahora, o por períodos más benignos. La cuesta de enero siempre viene anunciada a bombo y platillo y con ella algunas pequeñas medidas a tomar para matizarla, ‘…apagar luces, cerrar grifos…’, ‘…eliminar gastos superfluos, hacer listados (y más listados)…’,’ utilizar el transporte público…’

Y seguro que aún podríamos continuar. Lo comprobaremos a lo largo del año. x Atreyu

(E)PISTOLA Encuentros (45)

8/11/11

No hay disfraz que pueda largo tiempo ocultar el amor donde lo hay, ni fingirlo donde no lo hay.
François De La Rochefoucauld


(E)PISTOLA


Ya no quiero hacer el amor contigo.

Sé que, así tal cual, puede sonar básicamente brutal, pero no lo sé decir de otra manera. Me conoces bien y puedes pensar que hablo en caliente, y así es, pero esto no es algo nuevo. Si me pongo a escribirte es porque ya no puedo más. Estás dormida, te miro, y un sentimiento de tristeza infinita me impulsa finalmente a plasmar en papel lo que llevo sintiendo desde hace ya, seguramente, demasiado tiempo.

Te lo anticipan, tú mismo eres consciente de lo que hay porque la vida discurre en tu derredor y abstraerte es imposible, pero sentirlo en primera persona siempre es diferente. Como pasa con casi todo. No sé con exactitud si fue hace un año, año y medio, o dos o dos y algo. De verdad que no lo sé, da igual. El caso es que llegó un momento en que simple y llanamente ya no me apetecía hacerte el amor.

Lo nuestro, si recuerdas, fue desde el principio un auténtico flechazo, y hasta entonces jamás fui consciente de acostarme contigo sin la sensación de estar realmente haciendo el amor. Pero como te digo, no soy un iluso y hasta cierto punto estaba prevenido sobre lo que el paso del tiempo, o dicho en los términos económicos que tanto odias, la amortización de nuestro amor, podía llegar a provocar. Con todo, siempre pensé que aunque el amor -quizá deba llamarlo pasión- se fuera difuminando, no tendría problema en convertirlo en pura mecánica sexual. Me equivoqué. Si te digo que he llegado a un límite, no exagero. Estos últimos meses no recuerdo ningún encuentro íntimo entre nosotros en los que no me encontrara definitivamente ebrio. Era una buena solución, desde luego, pero imposible de sostener a largo plazo, no me puedo engañar. Sabes que he tenido ‘aventuras’ (sí, sé que es una expresión de la que nos hemos reído juntos, llamar ‘aventura’ a una infidelidad, pero ahora mismo no me sale otra forma de decirlo), te lo he contado en otras cartas como ésta y no dudo de que seas consciente del tema aunque no lo hayamos comentado jamás. Sólo era otra forma de huida, si me costaba mantener una secuencia sexual constante contigo, quizá el hecho de aderezarla de forma exógena podía ayudar a sobrellevar nuestra rutinaria inercia. Pero siempre ha sido en vano. Tampoco te voy a ocultar que en alguna ocasión he estado tentado de dejarlo todo dejándome llevar por la vorágine de una novedad, pero a fin de cuentas nunca he dejado de estar internamente convencido de que si estaba en esa tesitura era porque andaba huyendo de algo con lo que me iba a volver a encontrar tarde o temprano en caso de confirmar una precipitada decisión.

Pero ahora me rindo y no sé qué va a pasar. O quizá sólo firmo la rendición a ver precisamente qué ocurre. No tengo las cosas claras porque tal y como te estoy confesando esto no va específicamente contigo, sino con la vida y su puto protocolo, su funcionamiento, su querencia, su tendencia, o comoquiera que se antoje describir. Es por eso que ahora mismo me siento inerme (a pesar de que puedas pensar que utilizo esta epístola como si fuera una epistola) , hundido, confundido, temeroso y sobre todo, frustrado ante el convencimiento de que cualquiera de las posiciones a tomar, ya sea asumiendo las limitaciones de la vida en pareja o las correspondientes a otra vida alternativa más libertina, va a abocar indefectiblemente a una situación insatisfactoria.

Poco a poco me voy tranquilizando pero no voy a dejar de terminar la carta. Insisto en que me he sentado a escribir por un impulso nervioso, visceral, si bien la esencia del contenido de lo que lees no es fruto de un pensamiento efímero, tal como te decía al principio.
Tampoco va a ser ésta una misiva que te vaya a entregar en mano. Como todas las demás, la dejaré en el cajón sin llave y sabré que la lees, y tú también sabrás que sé que la lees. Pero me pregunto cómo reaccionarás mañana por la tarde cuando volvamos del trabajo y nos miremos a los ojos, me hago perfectamente cargo de que no es lo mismo leer a escondidas que no trago a tu madre ni a tus amigas, que el hecho de que ya no quiero hacer el amor contigo.

Sea lo que sea, ya termino, lo que siento es que la vida me lleva al abismo, y tengo claro que soy el único responsable de ello simplemente por ser incapaz de llegar a conseguir una interpretación válida y amable de la misma y soy yo mismo, a la vez, el que me estoy acercando al abismo de la vida, sin remisión.

Ya no quiero hacer el amor contigo. x Atreyu

No te olvides la toalla cuando vayas a.....¡la cancha! Cascando rabias diarias (15)

20/5/11

‘El sudor es el lubricante del éxito’. Anónimo


Pues eso, que la graciosa y ya vetusta canción de Puturrú de Fua nos da pie a adaptar su letra para reflejar lo que se nos pasa por la cabeza después de una buena temporada ya viendo algún que otro partido de tenis en la tele.

Y es que de un tiempo a esta parte no hay quien aguante. Los jugadores están más tiempo con la dichosa toalla en las manos (brazos, cara, piernas...) que con la propia herramienta de trabajo, o sea, la raqueta. No es que la pidan de vez en cuando, que podía ser comprensible en función de algún punto especialmente largo y duro, por una caída sobre la tierra batida que lógicamente te pringa entero, por un día de calor aplastante..., no, es que la piden ya por sistema al terminar cada punto. Da igual hombres, mujeres o cosas intermedias como Schiavone; la práctica está extendida hasta tal punto que es muy difícil encontrar honrosas excepciones.

Al principio, y para que quedara diáfano (ver vídeos de David Ferrer, al que bien podemos considerar claro precursor de la movida), se hacían gestos claramente explícitos al modo de girar la palma de la mano abierta delante de la cara, para que el recogepelotas de turno (no sé si habrá algún chaval ya exclusivamente para la función toallera, olvidándose de las pelotas, pero no me extrañaría un pelo) entendiera a la primera que lo que se demandaba era la toallita de marras. Ya no, es acabar el punto y una simple extensión del dedo índice hacia el fondo de turno indica sin margen para la duda que lo que se desea es la ‘pieza de felpa, algodón u otro material, por lo general rectangular, para secarse el cuerpo’, que es como la RAE define a la también
llamada ‘toballa’, por algún que otro sector de la población. Y te acabas cansando, porque si de por sí la tendencia se iba encaminando sin remedio hacia que los amiguitos tenistas apuraran cada vez más su tiempo entre punto y punto (¿verdad Nadal?), con la sesión toallil el tema acaba alargándose definitivamente más de la cuenta con el permiso tácito que parece legitimar el refrote.

Qué tiempos, ay, los del mítico Lendl, con esas aparatosas muñequeras que le bastaban y sobraban para de vez en cuando pasárselas por la cara y enjugarse el sudor sin más zarandajas hasta que llegara el descanso preceptivo cada dos juegos. O el travieso McEnroe, que tenía más que suficiente con levantar un brazo y acercar su frente a la manga para hacer lo propio. Qué decir de la cinta en el pelo, que aparte de para sujetar el ídem, también puede servir para evitar que te chorree la frente (ver James Blake, con la cinta sobre su desértico cráneo), pero no, mola más ahora calarse un pedazo de gorra demencial en la cabeza -abstrayéndote incluso de estar eventualmente bajo techo-, que aunque provoque más transpiración, el espónsor es el espónsor, y para algo están la toalla y el ejército de toalleros que tiene que haber detrás. Que ésa es otra, porque a la marcha que van, en cada torneo tiene que haber una auténtica camionada de toallas preparada para dar curso a tanta glándula sudorípara desbocada.

En fin, que no sé cómo terminará la cosa, pero a lo mejor acabamos viendo a toda una cohorte de variopintos profesionales de la peluquería, masaje, quiromasaje, manicura, pedicura, limpieza de cutis....pululando en derredor del sufridor que continuará, eso sí, aguantando la sombrilla, no sea que le dé una insolación al jugador mientras descansa. x Atreyu

Wo wo, sha la la, ye ye ye ye

Night games II Encuentros (44)

9/5/11


Era la calle. También el portal y el piso. Estaba seguro. Había recibido la información hacía apenas tres o cuatro horas y en las circunstancias que suelen acompañar a la nocturnidad –alcohol, ruido, dispersión-, pero en ese momento no le cabía la menor duda de que pulsaba el botón adecuado. Vaciló unos segundos pero si había ido hasta allí no era el momento de echarse atrás. El sonido del timbre se le antojó, no obstante, una suerte de estruendo en el silencio de la madrugada, por lo que apenas mantuvo su dedo presionado un instante. No hubo respuesta. Le pareció muy extraño, así que volvió a llamar, esta vez de forma más contundente, abstrayéndose del fragor que provocaba aquel portero automático. Tampoco hubo respuesta.

Definitivamente algo no cuadraba. Ella se había mostrado, desde el principio, tan entregada, que ni por asomo se había planteado tener que afrontar la situación en la que en ese momento se encontraba. Todo había ido inusitadamente rápido en el bar de turno, desde la frase tonta con la que se acercó a él, pasando por los consabidos temas convencionales, hasta llegar a darle su dirección para citarle más tarde (‘no podía dejar colgadas a sus amigas en ese momento’, adujo) después de ponerlo a cien con todo tipo de comentarios de índole picante y libidinosa. No era, desde luego, la mujer de sus sueños, pero hacía mucho que había dejado de ofrecer resistencia ante la pasión que le suscitaba recorrer un nuevo cuerpo, más desde que descubriera cómo ese factor novedad compensaba con cierta facilidad eventuales carencias en el otro factor principal, el físico. Así que fue hasta allí, decidido, resuelto y con su nivel de excitación invariado en relación a cuando se despidieron, emplazados, un rato antes.

La irrupción en la calle de un vehículo le sacó de sus cavilaciones. Buscó refugio a distancia prudencial en la entrada de un garaje próximo y rápidamente descubrió que era un taxi, el cual se detenía justamente a la altura del portal conocido. Su corazón se aceleró esperando que la persona que apareciera tras la portezuela que se acababa de abrir fuera ella, a quien seguramente sus amigas habrían entretenido más de la cuenta. Pero no. El individuo que bajó fue directo al mismo portal y, tras consultar algo que sacó de un bolsillo, pulsó un timbre. Tampoco obtuvo respuesta. Insistió con idéntico resultado. Consultó de nuevo la nota de su bolsillo y salió a la calzada para escrutar los ventanales.

Desde la entrada del garaje, el primer protagonista observaba la escena atónito, sin querer aceptar lo que estaba pasando por su cabeza. Su compañero de calle paseaba nervioso levantando de vez en cuando la mirada hacia la fachada del edificio y no tardó mucho en descubrirlo en su estratégica ubicación, así que comenzó a juguetear con su móvil, simulando escribir algo. A esas alturas ya estaba convencido de que ambos estaban allí por lo mismo y no era cuestión de perder el tiempo. Si la sibilina dama les había tomado el pelo, era cuestión de aclararlo cuanto antes, así que resolvió ir al encuentro del advenedizo y confirmar las sospechas que le reconcomían por dentro. No les faltaban ni tres metros para estar cara a cara cuando, ya con las miradas encontradas, un repentino sonido de motor llamó su atención. El nuevo automóvil, otro taxi, dejó a su cliente a poca distancia de ellos, concretamente en un punto que ambos conocían bien. Paralizados, no movieron un solo músculo mientras seguían los movimientos del recién llegado, en cuya trayectoria se vieron reflejados salvo por una pequeña diferencia; justo antes de que pulsara el demandado timbre, la puerta del inmueble se abrió, y un joven despeinado y con aspecto desaliñado le saludó con educación antes de perderse calle abajo. Esta vez alguien –una voz femenina, y familiar para los tres pares de oídos que la escucharon- contestó por el interfono.
- ¿Sí?
- ¿Isabel?
- ¿Quién eres?
- Carlos, nos hemos visto antes, en el Grifo.
- Sube.
A la tenue luz de una farola, dos siluetas seguían prácticamente inmóviles, testigos mudos del último hecho acaecido en la noche. Después de un pequeño lapso, suficiente para interiorizar y comprender definitivamente todo, ya no había tiempo para rodeos:
- Es tarde, ¿cómo vas de tiempo?
- Mal.
- Yo también.
Ninguno de los dos era un pipiolo, y quizá precisamente por eso no se pidieron más explicaciones sobre las razones que les impelían a volver a casa antes del amanecer. Sabían que, con suerte y siempre dependiendo del ímpetu con el que hubiera venido el último invitado, sólo quedaría tiempo para uno de los dos. Uno de ellos sacó una moneda, que giró en el aire antes de posarse, caprichosa, en el suelo.

Desde la ventana de un tercer piso, y tras una cortina apenas desplazada, una mujer los observaba. ‘A ver si gana el de la camiseta blanca’, pensó, antes de encaminarse hacia la puerta de su piso, que alguien golpeaba con suavidad. x Atreyu

Crossings (V) Encuentros (42)

20/1/11

‘La sala se llenó, por ver tu última actuación’
Bíceps, ‘Muñeco de ficción’


Unos suaves golpes volvieron a sonar en la puerta de su camerino y, como en las anteriores ocasiones, apenas insistieron. La persona que ocupaba el habitáculo lo agradeció en silencio sin dejar de mirar en ningún momento, absorta, casi hipnotizada, el pequeño monitor de circuito cerrado de televisión que le devolvía las imágenes de lo que ocurría en la sala donde, hacía un rato, había abandonado su concierto ante el estupor del personal. Sólo de vez en cuando desviaba la mirada y sus ojos se posaban en la botella de whisky que descansaba, sin abrir, encima de la mesa, junto a varios tiros pulcramente preparados, también sin tocar. Necesitaba pensar, necesitaba digerir lo que acababa de acontecer y volver a tomar una decisión que iba –no le cabía duda- a marcar el rumbo de su vida en uno u otro sentido.

No habían pasado ni tres horas desde que, mirando fijamente su botella y aderezos, había tomado una primera e insólita decisión. No recordaba un solo día, un solo concierto, en el que no hubiera subido al escenario empujado por sus efluvios, animado por sus efectos y desbocado por sus consecuencias. Lo que había empezado, de forma tan común, como una simple ayuda para controlar los nervios y el consabido miedo escénico, había terminado por convertirse en un parámetro fijo en la liturgia previa a sus actuaciones, en una situación cotidiana y recurrente cuya ausencia se hacía casi imposible de concebir, alimentada además seguramente por la positiva evolución de su grupo en el tiempo y una creciente aceptación entre público y crítica. El miedo después ya no era a los nervios, a la gente que le jaleaba, a no cumplir las expectativas, el temor envolvía la sola idea de imaginar cómo respondería sin recurrir a ese factor exógeno, cuando resultaba diáfano que con él las cosas estaban bajo control y con probada garantía de éxito. A pesar de todo, sin embargo, también había sido siempre plenamente consciente de que esa ayuda exigía un alto precio a pagar, tanto más alto cuanto más se demorara en satisfacerlo, por lo que sabía que tarde o temprano tendría que parar.

No había sido algo premeditado, pero aquella noche confluían una serie de elementos como para poder interpretar que ese momento de decir basta había llegado: hacía poco tiempo que había cumplido los cuarenta años, un hito que había mitificado desde mucho tiempo atrás, asociándolo con toda clase de hechos de índole apocalíptica y terminal, pero que, contra su propio pronóstico, de momento afrontaba sin apelar a soluciones psiquiátricas; muy pronto la banda que él comandaba llegaría a su vigésimo año de carrera; y volvía a tocar en su ciudad natal tras más de un lustro sin hacerlo. Tenía claro que si todo esto no se hubiera aunado, ni se habría planteado que ésa iba a ser la noche de su particular punto de inflexión, la primera vez que saliera sobrio a escena. Ni siquiera algo que se había posado en su cabeza y que difícilmente podía apartar de sus pensamientos, pero que él sabía que, en realidad, también había contribuido decisivamente al final a su particular resolución.