"Tan poca vida" (Hanya Yanagihara) Subrayadas (121)

27/11/20

¿Qué era la felicidad sino un lujo, un estado imposible de alcanzar, en parte por lo difícil que resultaba expresarla? No recordaba haber sido capaz de definir la felicidad en su niñez; solo había habido miseria y miedo o ausencia de miseria y miedo, y eso último era todo lo que necesitaba o quería.

Yo nunca he sido, y sé que tú tampoco, de esas personas que creen que el amor que se siente por un hijo es superior, más significativo, trascendente y grandioso que cualquier otro. No lo sentí antes de que naciera Jacob y no lo sentí después. Pero es cierto que es un amor singular, porque no se fundamenta en la atracción física, el placer o el intelecto, sino en el miedo. Nunca has experimentado miedo hasta que tienes un hijo, y tal vez eso es lo que nos induce a creer que es grandioso, porque el miedo lo es.

Cuando tenían veinte años había períodos en que miraba a sus amigos y le invadía una alegría tan profunda y pura que deseaba que el mundo se detuviera, que ninguno de ellos truncara ese momento en que todo estaba en equilibrio y el afecto que sentía por ellos era perfecto. Pero, claro está, no era posible; todo cambiaba enseguida y el momendo se desvanecía en silencio.

En realidad los dos sabían la razón por la que seguían yendo a esas fiestas: porque se habían convertido en una de las pocas ocasiones en que estaban los cuatro juntos y eran la única oportunidad para forjar nuevos recuerdos que los cuatro pudieran compartir, para mantener viva la amistad al dejar caer puñados de leña menuda sobre un fuego que apenas ardía. Era la forma que tenían de fingir que todo seguía como siempre.

La persistente nostalgia lo deprimía y hacía que se sintiera viejo: pensaba que los años más gloriosos, en los que todo parecía pintado con colores fosforescentes, habían quedado atrás. Entonces todos eran mucho más divertidos. ¿Qué había ocurrido?
Suponía que eran los años. Y con ellos el empleo, el dinero, los hijos. Todo lo que anunciaba la muerte, lo que aseguraba la preeminencia, lo que consolaba y proporcionaba sentido y contenido. La marcha hacia delante, dictada por la biología y las convenciones, que ni la mente más irreverente era capaz de resistir.

Y si nos ponemos filosóficos, como hoy, podemos afirmar que la vida en sí misma es el axioma del conjunto vacío. Empieza en cero y termina en cero. Sabemos que ambos estados existen, pero no seremos conscientes ni de una experiencia ni de la otra: son estados que constituyen una parte necesaria de la vida aun cuando no pueden ser experimentados como vida. Asumimos el concepto de la nada, pero no podemos demostrarlo. Sin embargo debe existir. De modo que prefiero pensar que Walter, lejos de morir, ha demostrado en sí mismo el axioma del conjunto vacío, ha verificado el concepto del cero. No se me ocurre qué podría haberle hecho más feliz.

Se preocupaba porque estar vivo significaba preocuparse, porque la vida era aterradora y una incógnita. La vida le apremiaría y él tendría que tratar de responder, como los demás. Todos buscaban consuelo en algo que solo les pertenecía a ellos, algo para ahuyentar la aterradora enormidad y la inverosimilitud del mundo, el implacable paso de los minutos, de las horas, de los días.

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