28/2/09
Él estaba en el grupo por lo que estaba, siguiendo el rastro de una mirada o de un gesto de ella. Iba ya algo bebido cuando empezaron ese juego estúpido que tantos hielos ha roto. Cuando le llegó por tercera vez su turno, dio vueltas a la botella vacía y la parte estrecha y alargada del vidrio verde la señaló. Los demás besos habían sido apenas un inocente roce de labios o un ingenuo deslizamiento de comisuras, pero ella le besó con toda la profundidad de la que fue capaz, mientras él se dejaba llevar por la impetuosa carga del deseo acumulado desatándose y deshaciéndose en la abisal y novedosa pasión adolescente. En lugar de ver su vida pasar, vio todos los besos cinematográficos que se habían adherido a su cerebro desde pequeño.
Nos hemos abonado a su música sin concertar cita ni entrevista previa. Su sonido ha hecho que rejuvenezcamos y viajemos en el túnel del tiempo, experimentando y alucinando con su guión musical. Como ya lo hicimos con los primeros discos de Pink Floyd, “The piper at the gates of dawn”, “A saucerful of secrets” o “More”. También nos acercan a bandas contemporáneas más recientes: Beta Band, Mercury Rev o The Polyphonic Spree. El colectivo animal nos ofrece un viaje psicodélico donde aprovechan la revolución de la programación electrónica para crear mantras sonoros salpicados de folk, y esa personal combinación de voces que despiertan la euforia colectiva. Sus discos no son inmediatos, ni fáciles de recomendar a los amantes del fast music sound, suelen ganar con la escucha en cascos y en espacios abiertos, condicionantes que ayudan a la evasión temporal y espacial. Hemos mandado un fax a la Asociación de Gospel norteamericana para que incluya en su repertorio “Brothersport”. Elevará tu alma. x Simón Zico.
Todos los años hay una moto que vender. Y éste le ha tocado a Animal Collective, que ha sacado otro de esos odiosos discos que antes y después de escucharlo huele a pomposidad recalcitrante. Van de originales y han caído en gracia, cuando se limitan a ofrecer una batidora de sonidos que se pierden por un camino de pretenciosidad exasperante. No entiendo tantos halagos, la verdad. Aunque ya llevan unos años sacando discos, el lanzamiento de este álbum ha conllevado un hype de libro, a la antigua usanza: antes de salir ya era la rehostia. Pero, ¡ay amigos!, estos Animal Collective no son los de antaño, son unos Animal Collective de postal, de plástico, inofensivos y, por momentos, tan histéricos (esos ruiditos y gritos agudos que llegan verdaderamente a molestar, casi tanto como la mareante portada), como los peores Mercury Rev. Aunque sacan la cabeza dos o tres canciones (qué menos), los aburridos y empanados minutos de "Taste", "Also Frightened", "No More Runnin" y "Brothersport" demuestran que este disco no es esa Harley que nos quieren colocar sino, a lo sumo, un pedorrero ciclomotor. x Matías Galli
Son de: Londres. Formados en 2006 por el sueco Simon Balthazar.
Fanfarlo: "Reservoir" (2009).
1. Lluís Llach, Raimon o Peret.
8. Los políticos españoles: están por llegar, se confunden con los especuladores económicos o trafican con las ilusiones de sus votantes.
Las biografías de personajes del rock en el cine han tenido varias referencias a lo largo de los años. Así, hemos visto en documentales o películas (a veces no una vez, sino varias versiones) a los Sex Pistols, a Ian Curtis, a los Rolling Stones, Beatles, etc. casi siempre desde un punto de vista bastante mitómano. "Joe Strummer, the future is unwritten" es un acercamiento sincero, humano y altamente interesante para seguidores -y desconocedores- tanto del músico como de su banda más importante, The Clash. Un repaso a su vida desde su etapa familiar infantil, el suicidio de su hermano, su forma de llegar a la música, la formación de su primer grupo importante, The 101'ers, su importancia y liderazgo en la época del punk con The Clash, uno de los grupos más influyentes de la historia, su descenso a los infiernos tras la disolución del grupo y los malos años venideros en el plano personal, y finalmente su resurrección personal y musical al frente de los reivindicables The Mescaleros, hasta su muerte a la temprana edad de 50 años de un defecto congénito del corazón.
A través tanto de su propia voz dando forma a sus avanzadas ideas, -incluyendo las interesantes grabaciones originales de su programa de radio para la BBC-, como de las opiniones y recuerdos de familiares, amigos y conocidos, famosos (John Cusack, Bono, Johnny Depp, Jim Jarmusch, Martin Scorsese, Steve Jones, Courtney Love, Matt Dillon entre otros) o no famosos, y de imágenes de actuaciones inéditas y conocidas, Joe Strummer se nos revela como un ídolo de lo más terrenal y un genio adelantado a su tiempo. Defensor de causas perdidas y entusiasta de la vida, su trayectoria vital transcurrió marcada por el ir y venir de su infancia (nació en Turquía, su padre era diplomático y vivió en ciudades de medio mundo) y ya de adulto por The Clash, aquel grupo que vio más allá del corsé punk e investigó por líneas musicales únicas en su época. Joe no fue ajeno a los excesos y sucumbió al empacho de la fama, pero si algo deja claro este magnífico documental de Julien Temple es que fue un músico único, de una vitalidad exultante y un apasionado del rock hasta sus últimas consecuencias. Y que su legado está extendido mucho más de lo que nos parece. x Boletus
Existen dos tipos de música comercial, la que nos imponen a golpe de inversión publicitaría -y que acabamos repitiendo como un padrenuestro sin recapacitar en cómo se ha tatuado en nuestro subconsciente-, y otra música que potencialmente tiene todos los ingredientes para gustar a todos los públicos, y en consecuencia sería muy comercial y popular, pero no dispone de esos canales masivos.
“The Rebirth of Venus” sólo tiene canciones extremadamente pegadizas, en las que ya cuenta en la composición con esos guiños irremediablemente efectivos para coquetear con el público en sus citas. No busca segundas intenciones y lo deja claro en “I love pop music”. Parece un 'grandes éxitos' de un desconocido que unos intrépidos ejecutivos discográficos han rescatado de los archivos perdidos de Abbey Road. Como el título indica tiene un claro hilo conductor: el mundo femenino, acometido desde distintos puntos de vista: “Yoko Ono”, “Boy with a Barbie”, “I’m a woman too”, “Song for the divine mother of the universe”... Y para reafirmarse en sus intenciones, en el ep de versiones adjunto, se atreve con “Woman is the nigger of the world” de John Lennon. Un ep en la edición deluxe que se viste de actualidad al contener una versión acústica del “Kids” de MGMT, ideal para el día de resaca de la original.
Nos volvimos a interesar por la música de Neil Diamond cuando supimos que Rick Rubin iba a producir el disco predecesor al que nos ocupa hoy: “12 songs”. Hemos seguido al productor desde sus inicios, y disco que controla desde la mesa es sinónimo de calidad. Reconduce carreras estancadas y, como Tarantino, concede oportunidades a las celebridades canosas. Su trabajo con Johnny Cash en la saga “American Recordings” fue impagable.
Su renacer consiste en ensalzar todo lo contrario a lo que practicó la industria con su imagen en las dos últimas décadas. Su rostro, que era el reclamo, queda en un segundo plano. En “12 songs” se pone un dibujo de él con su guitarra y en “Home Before Dark”, una foto en blanco y negro en la que apenas se le reconoce, similar a las que ilustraron los discos de Johnny Cash."Pretty Amazing Grace"
Ya no hay tiempo para las promesas. Desde el principio todo es realidad en la música pop de hoy. Jeremy Jay parece saberlo y ha empezado su carrera a lo grande, con dos discos para disfrutar en el presente al máximo, sin importar por dónde irán sus tiros en el futuro. No importa, estos ya no nos los quita nadie.
1. Piedra, papel o tijera.
Fantásticos allá donde ponían el ojo, El Niño Gusano nos brindó, después de sus tres discos de estudio, un regalo en forma de doble álbum de valor incalculable, que además ejerció de inmejorable despedida y cierre de su trayectoria. Porque en este “Fantástico entre los pinos” se entretejen todas las enormes virtudes que siempre atesoró el grupo zaragozano, además de dar alguna que otra vuelta de tuerca a sus irrepetibles universos, a menudo oníricos, siempre sublimes. Versiones (de sí mismos y ajenas), caras b de singles, alguna remezcla, canciones de sus primerizas maquetas... todo lo que sus seguidores podíamos esperar de ellos para aplacar esa especie de tristeza risueña que nos invadió al saber en su día que la aventura había terminado (y nos sigue invadiendo cuando recordamos y escuchamos los discos y canciones que inventaron). Siempre nos quedará El Niño Gusano porque siempre los llevaremos dentro. x Fernando SoYoung
Esperaba mucho del tercer álbum de los neoyorquinos Asobi Seksu, la verdad. Muchísimo. Porque "Citrus" (2006) había sido un disco colorista, imaginativo, con referentes bien elevados (Cocteau Twins y Lush, entre otros) y dos o tres canciones de sobresaliente alto, sobre todo "Thursday" y "Goodbye", dos hits incontestables. Quizá por la altura de estas canciones, uno esperaba, iluso, que en "Hush" se desencadenara una cadena de temazos shoegaze pop de los que hacen temblar de gusto. Pero no. A cambio, esta colección de canciones se presenta como un catálogo aséptico, bien producido, con buen sonido, con la voz de Chuki Yikudate sonando bonita, con algunas guitarras que transmiten algo... pero poco más. Tan sólo el single previo "Me & Mary" alcanza un nivel aceptable. Porque otras, como "Layers", "Familiar Light" o "Sunshower" quieren pero no pueden transmitir esa dosis de emoción que el grupo impregnó para el futuro en "Citrus". Y hablo desde las varias oportunidades de escucha, no de la típica pasada por encima. Así que de Asobi Seksu, por el momento seguiremos revisitando aquel demoledor "Thursday".
Esperaba poco de la nueva incursión discográfica de Black Francis, el gordito relleno del rock, catapultado -con merecimiento- a los altares gracias a sus Pixies. Su nuevo proyecto se llama Grand Duchy, y lo ha formado junto a su mujer, Violet Clark. Y se nota la complicidad. Semejante rareza conyugal podía dar que pensar que a Frank se le había ido la olla, pero a tenor del resultado, pues no es así. Y no sólo eso, sino que junto a ella ha editado algunas de las canciones más interesantes que ha hecho desde hace siglos. El disco al completo no se puede decir que sea una obra redonda, ni de lejos, pero al menos la mitad de sus canciones tienen un nivel bastante decente, y pasajes concretos incluso hacen volver a creer que a este hombre aún le queda talento escondido por alguna parte de su orondo cuerpo. Grand Duchy quizá me gusten tanto porque parecen retomar la época en que terminaban los Pixies ("Trompe Le Monde") y comenzaba Frank Black en solitario con dos discos traviesos y llenos de momentos pop combinados con la furia habitual de su grupo grande ("Frank Black"" y "Teenager Of The Year"). Luego con "The Cult Of Ray", su tercer disco, empezó toda una maratón de discos anuales de los que me fui desenchufando y fui prestando menos atención paulatinamente, porque los picoteos que hacía sobre ellos no me aportaban nada de nada. Por eso esta sorpresa llamada "Petits Fours" me ha sentado tan bien al cuerpo, porque en canciones como "Ermesinde", "Come On Over To My House", "Fort Wayne", "Black Suit" y "The Long Song" he visto la luz de un Black Francis como en los auténticos buenos tiempos: ramalazos pop inmersos en guitarrazos indecentes, bandazos explosivos dentro de una misma canción y la voz del duende grande rabiando como la de un veinteañero (aunque venga todo en cuentagotas).
En este juicio me ha tocado el papel de abogado defensor de una banda de la que nunca me sentí admirador, sino observador. Sé que posiblemente este punto de partida restará fuerza a mi declaración, pero no puedo revelarme ante el juramento con un ramalazo sensacionalista. Su tercer disco consigue aglutinar de salida todos los aditivos que sus admiradores del gremio de la pista de baile les añadían en las remezclas: escuchen “Can’t Stop Feeling” y “Lucid Dreams”. Tiene el pulso del rock ácido bailable en contraprestación y, a su favor, han dejado por el camino los ritmos histéricos y las descargas de guitarras hiperhooligans. Disfrutan creando estribillos pegadizos y repetitivos, mientras se contonean con los bajos vacilones del funk. Un postulado sonoro que intentaron, sin llegar al orgasmo, INXS y Talking Heads en los ochenta. Y como observador, me veo en la obligación de admitir que disfruto más cuando se alejan de su sello de identidad: “Send Him Away” y “Dream Again”, dejándonos ver que otro mundo alejado de la eterna adolescencia es posible. x Simón Zico
Mira que me cae bien Alex Kapranos, mira que aluciné como pocas veces en Benicássim con su concierto, y mira que tenía buena predisposición ante su nuevo álbum después de –nada menos- cuatro años. Pero, como ha pasado tantas y tantas veces en el mundo del pop (así, a vuela pluma, recuerdo a The Stone Roses o New Order) muchos años de espera no equivalen a que los grupos hayan depurado hasta la saciedad lo mejor de sí mismos para entregar un trabajo memorable. No. Más bien al contrario, parece que se hayan abandonado a la buena vida y la pereza artística que ello conlleva. Quizá por eso “Tonight: Franz Ferdinand” suena tan contundentemente vacío, con sólo un par de detalles que recuerdan lo buenos que fueron en su día estos escoceses. En la mayor parte del disco da la impresión de que se han dedicado a autoimitar el estilo de canción que les hizo grandes hace unos años, pero con poca suerte. Hay discos muy buenos sin hits, pero éste no es uno de ellos porque los minutos pasan y pasan mientras esperamos algo que nos remueva por dentro. Y lo que remueve son las ganas de cambiar a otro disco. x Matías Galli
1. Una serie de hospitales, un partido de fútbol en la tele o al cine.
Realmente no sé muy bien por qué Andrew Bird me tiene tan atrapado en sus canciones. Me refiero a por qué él y no otros que, supuestamente, están por delante suyo en esto de los solistas compositores de pop.
"Noble Beast" sigue la estela de su predecesor con minuciosidad admirable. Comienza de la mejor manera posible: "Oh No" y de nuevo esos silbidos únicos que tanto nos gusta reconocer en los discos de Andrew Bird. Canción invernal. No. Otoñal. Tampoco. ¿Primaveral?. Más bien atemporal. En "Masterswarm" entran en escena los violines, y en "Fitz & Dizzyspells" la cosa coge carrerilla para llegar tras el bosque al verde valle que es "Effigy" (fake conversations on a nonexistent telephone / like the words of a man who's spent a little too much time alone) haciendo que se acumule la nostalgia de un recuerdo tan sólo borroso. Con "Tenousness", el pájaro vuelve a la senda limpia de maleza que conduce al bosque mágico donde está más a gusto: el folk cristalino de instrumentos jugando al escondite.
Una canción de ida y vuelta, revuelta y bonita. 'Cause I, I don't want your life insurance / Home, motto, health, flood and fire insurance / Oh, just make, please make this basic inference / And speak of me in the present tense. Son palabras de "The Privateers", el verdadero diamante de "Noble Beast".